Cipriano

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Cipriano
Marta Orrantia
Random House
222 páginas

Cipriano es un hombre viejo. No lo dice simplemente su edad, porque la vejez no vive en la cédula: lo dice su escepticismo amargo, su cansancio vital, esa certeza de la poca cantidad de tiempo que queda y, a la vez, de que el estrecho futuro será largo, vano, pesado.

Está solo, muy solo: enviudó hace un tiempo y a Juana, su hija y el amor de su vida, la acaba de perder por segunda vez. La primera fue cuando ella había cerrado tras de sí la puerta de su casa, dolida y furiosa, y nunca había más había vuelto a verle; desde entonces, la grieta entre los dos había crecido hasta formar un cañón en el que germinaron el silencio y el orgullo. Pero esta segunda vez la pérdida era irremediable: Juana acaba de morir en un accidente de aviación.

Desde este punto arranca la historia de Cipriano, la tercera novela de la escritora y periodista colombiana Marta Orrantia: en la soledad y la sensación de pérdida de un viejo egoísta. El punto de llegada, en cambio, no es tan desolador, porque como escribió García Márquez, “es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites”: la noticia del accidente aéreo en el que muere Juana trae para el viejo Cipriano un descubrimiento que lo obligará a ventilar secretos que, de otro modo, hubiesen continuado su proceso de descomposición natural. Y es que, a pesar de todo, Cipriano afronta una realidad de la que no puede apartarse: aunque muchos de quienes lo acompañaron en su vida han muerto, a pesar de que algunos de sus seres amados hayan perdido el contacto con la realidad y de que otros tantos se hayan perdido en el tiempo y la distancia, él sigue vivo. Y estar vivo es enfrentarse con la memoria.

Cipriano es una novela corta y se lee en dos o tres sentadas. Lo impresionante es que en tan poco espacio queden tan bien dibujados los varios personajes que tiene el libro. Además, Orrantia utiliza un idioma certero, fino y efectivo y delicadamente logra llevar de la mano al lector a abrir con Cipriano los baúles de su corazón y a descubrir, como el pobre viejo, que pocos errores justifican la fractura de los lazos de sangre.

Como una percepción personal, confieso que en un principio sentí que faltaron más detalles de la historia y que Orrantia pudo darnos más; pensaba yo que había logrado unos magníficos personajes, capturado el tono, el lenguaje, el ritmo de la historia y, sin embargo, nos despidió rápido. Una segunda mirada me hizo revisar esa idea y entender que, quizás, lo que la autora quería contarnos había quedado completamente dicho en esas 222 páginas: la confrontación de Cipriano con su propio egoísmo; la paradoja de que, a pesar de su inveterada misoginia, son las mujeres las que tienen las claves de su pasado y presente; el problema del tiempo para los viejos; la certeza de la soledad y la importancia de la memoria. Por otro lado, si Marta Orrantia no entregó todas las respuestas, es porque la vida misma nunca las da completas y, en cambio, ofrece constantemente enigmas irresolubles.

En una carta que escribió la autora desde Roma para las primeras personas que recibimos un ejemplar de su novela impresa, Orrantia hace una afirmación muy inquietante; dice: “Ahora que los viejos están forzados a quedarse en cuarentena, me parece muy diciente que éste pueda salir para mostrarnos la importancia de las canas, de la memoria, que muchas veces los jóvenes olvidan”. ¡Completamente de acuerdo! En esta cuarentena he visto a muchos dirigentes asumir que proteger la vida de los mayores es hacerlos sentir que no tienen capacidad para enfrentarla, o peor, hacerles creer que lo mejor que pueden hacer es encerrarse y caminar el poco tiempo que les queda en silencio, tedio y vacuidad. No es justo dejar a viejos como Cipriano encerrados con su soledad, especialmente cuando su memoria ofrece claves para nuestras vidas.

* Mauricio Arroyave, periodista, lector caprichoso y frustrado librero, @mauroarroyave

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