La Constitución del 91 en medio de la histeria

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En una sociedad donde el llamado a la cordura y la reflexión, a pensar los problemas y no apresurar conclusiones se consideran “tibios”, donde ser democrático se ve como apoyar al ‘régimen’ o como apoyar a la ‘guerrilla’, donde los réditos políticos van para quien más fuerte grita, sencillamente el diagnóstico es que estamos dominados por la histeria.

El primero de los deberes políticos en una democracia no es votar, sino defender la Constitución. El alma de nuestra sociedad es este documento que nos hace ciudadanos y sin el cual nos sumergimos en un universo de derechos y deberes que no existen, que solo surgen de imaginarios sociales:

  1. Un país en el que las garantías al uso de la fuerza que otorga se convierten en el derecho al homicidio de la policía,
  2. donde la protección al trabajo del funcionario público se aviene en acomodar la ley a su antojo,
  3. donde la representatividad del pueblo deriva en estar por encima de la ley,
  4. en el cual el derecho a la protección a la libertad de expresión, los derechos tutelares, la protesta social, se convierten en la excusa para destruir materialmente la propiedad del otro o tomar su vida,
  5. en el cual el derecho a la salud, vivienda, trabajo, empleo, educación, seguridad son la excusa que esconde una voluntad capitalista del menor esfuerzo.

Necesitamos como sociedad entender que la Constitución del 91 es una promesa esencial y, si los funcionarios del gobierno encargados de llevarla a la realidad no funcionan, entonces se rompe la confianza entre ese gobierno y el pueblo al que sirve.

En nuestro mundo, hoy en día, existe un choque de intereses entre las élites económicas y políticas que conlleva a la insatisfacción del pueblo por las promesas incumplidas y el camino resultante es el estallido social, un fenómeno global. Es justamente porque los recursos son limitados que se necesita la política; si imaginamos un mundo donde todos pueden tener todo y hacer todo según su voluntad, entonces no habría conflictos y no habría necesidad de regular el acceso a esos recursos.

Hemos vivido días “absurdos” por cuanto el llamado a la aniquilación física de los policías, a expresar el odio y la rabia convirtiéndose en delincuentes, el llamado a la criminalización de la protesta popular y a la supresión del derecho a la vida de los jóvenes y la construcción de un imaginario del terror que cree estamos en ‘el fin de los tiempos’ se convierten en los discursos que explican nuestra realidad. Lo absurdo no es que el policía dispare, que el joven destruya, que la gente se sienta frustrada, que se tenga temor; lo absurdo son los discursos que nos gobiernan desde derechas, centro e izquierdas.

En una sociedad donde el llamado a la cordura y la reflexión, a pensar los problemas y no apresurar conclusiones se consideran “tibios”, donde ser democrático se ve como apoyar al ‘régimen’ o como apoyar a la ‘guerrilla’, donde los réditos políticos van para quien más fuerte grita, quien se ‘despeluca’ o quien proponga las soluciones más absurdas, sencillamente el diagnóstico es que estamos dominados por la histeria.

Las actuaciones primitivas en las que vemos al pueblo de a pie tirándole piedra al policía de a pie, y viceversa, los linchamientos que siguen la Ley del Talión, no nos permiten pensar nada distinto al engaño que nos han orquestado al hacernos aceptar que esto es un problema del pueblo contra el pueblo. Ése es el resultado de masas sin intelectuales que los guíen o masas guiadas por la nueva variedad posmoderna de ‘intelectuales’ de Twitter o influencers de ‘Instagram’ o ‘Youtube’.

No nos engañemos pensando mucho y buscando a los ‘líderes’ de las revueltas en una conspiración global o de las guerrillas o buscando a quien ‘dio la orden’ en una jugada de la extrema derecha: fue un ciudadano de a pie mamado de un gobierno que no garantiza y, además, viola los derechos de todos, reclamando un gobierno que esté al servicio de los ciudadanos y que entienda que somos nosotros los que conformamos el Estado; fue también un sargento, un patrullero que cree que ser policía le da derecho a no cumplir las leyes, a no respetar, como si tuviera investidura constitucional para la impunidad.

Los creadores del discurso son los que me preocupan, aquellos ‘líderes’ que actúan al vaivén de encuestas, un universo en el que la solución es fácil verla en cualquier lado… pero donde pensar el problema es lo difícil. Por ejemplo, militarizar las ciudades, o destacar el carácter militar y no civil del cuerpo de policía, muestra el oportunismo político: pescar en río revuelto. No se quiere ver lo evidente: el déficit de policías, el aislamiento en su tarea, la corrupción del sistema de justicia, el hambre de derechos materiales y simbólicos de los ciudadanos; son ‘liderazgos’ que no quieren ver el problema en el incumplimiento de las promesas constitucionales por parte de este gobierno y los pasados.

Esta situación de los discursos del oportunismo que se convierten en el lenguaje de la política tensiona el Estado Social de Derecho, con el consiguiente ejercicio de manipulación que orienta cambios al interior de la sociedad que llevan al naufragio de las libertades. Éste es el sistema más importante que tenemos en términos de teoría y práctica política, el instrumento más elaborado en términos políticos y el más difícil de llevar a la realidad.

La libertad es una responsabilidad: es la responsabilidad principal que nos otorga nuestra Constitución Política. Sin embargo, estas libertades que nos otorga, si no se manejan, van en contra nuestra y, si no hay un sistema de justicia que las regule, prácticamente hemos perdido lo que nos identifica en nuestra ciudadanía.

La estigmatización, el ‘todo se vale’, el abuso del derecho a la libre expresión, la incapacidad de escuchar y creer que siempre es ‘el otro’ el responsable con la intención de crear la idea de ‘enemigos’ y ‘guerra’, ‘buenos’ y ‘malos’, como las categorías que definen nuestra sociedad, son ejercicios no de libertad sino de libertinaje –abuso en contra de la libertad del otro–, un desenfreno al no hacer uso responsable de la libertad constitucional. El único freno disponible es la vida en sociedad.

Este uso irresponsable de la libertad se origina en contar con experiencias limitadas de lo que vivimos, una realidad en la que los sentidos y significados de nuestro presente conviven y se alimentan del engaño en la trampa que se nos ofrece, argumentos que terminan soportando la dictadura, la represión, la intolerancia, la violencia. Mordemos el anzuelo por el desconocimiento, por el manoseo a la Constitución de los gobiernos de turno, por la impotencia ante la incapacidad del gobierno para hacer real la promesa de la ‘incomprendida’ Constitución del 91.

Tener una de las constituciones políticas más avanzadas del mundo en una sociedad que no se apropia de ella ha sido la oportunidad para los políticos de robarnos a costa del sueño pactado. Es necesario separar a los políticos de la administración del Estado, antes que nos dejen sin nada. Nuestro sistema constitucional demanda la existencia de una administración gubernamental despolitizada: la policía, el ejército, la salud pública, las políticas de niñez no pueden ser fortines y botines del partido de turno y sus ladrones. El Presidente, sus ministros y demás amigos no son los dueños del país; debemos volver a ser nosotros los ciudadanos todos.

*David Camargo, docente asociado Universidad Antonio Nariño, científico analista de datos, asesor en políticas públicas con doctorado en el área de reconstrucción centrado en consecuencias de la guerra sobre la propiedad de la tierra.

1 COMENTARIO

  1. Bonita exhortación… Pero considero que no hay que esforzarse en presentar la temática de manera tan neutral… Los famosos de “izquierda” no existen, son jóvenes, campesinos, opinadores populates, líderes comunales, etc. El tema es el fascismo y la apropiación del Estado por las mafias. Hay que ponerlo en el foco.

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