No es porque el virus que lleva casi 18 millones de contagiados y deja más de 683.000 muertes haya hecho tránsito a la población humana en China y su origen se asocie a un mercado en la provincia de Wuhan.

No es porque el virus sea chino en el sentido que lo describe Trump, en una evidente manifestación xenofóbica, para capitalizar una pandemia en medio de una rivalidad de superpoderes.

No es porque el virus haya podido salir del Instituto de Virología de Wuhan, donde se estudian los coronavirus que afectan murciélagos, con pobres estándares de bioseguridad, lo que hace posible que los organismos puedan escaparse y desatar epidemias, como lo advirtió un cable del Departamento de Estado revelado en el Washington Post, ya que esto ha sido prácticamente descartado y, además, existe consenso científico en torno al origen natural del Covid-19 que no muestra evidencias de bioingeniería humana.

No es porque China no haya hecho lo suficiente para detener los contagios porque demostró que sí lo hizo cuando puso a unas 760 millones de personas en cuarentena, construyó hospitales en cuestión de días y logró contener el virus en casi todo el país.

Pero la culpa sí es de China.

Lo es porque, el 30 de diciembre, cuando el Dr Li Wenliang advirtió a sus colegas sobre un tipo de neumonía  atípica en un grupo en WeChat, la versión china de WhatsApp, y les recomendó utilizar equipo protector, fue llamado a una oficina estatal de seguridad, acusado de diseminar información falsa y alterar el orden público y obligado a firmar una retractación.

Lo es porque, al negar el brote viral, demoró el inicio de las intervenciones no farmacéuticas,  lo  que le podría haber evitado el 67% de los casos, según un estudio de científicos de la Universidad de Southampton.

Lo es porque el gobierno chino sabía del contagio persona a persona desde diciembre, permaneció callado e incluso incidió para que la Organización Mundial de la Salud – OMS – afirmara, el 14 de enero, que la transmisión humana no estaba confirmada.

Lo es porque, durante enero, Beijing negó la autorización para que una misión investigativa de la OMS entrara al país a estudiar los medios de transmisión y solo lo permitió a final del mes, una demora con consecuencias cuando los contagios se cuentan de manera exponencial.

Lo es porque se impuso para que las autoridades de Taiwán y Hong Kong que sí habían corroborado las vías de contagio y comunicado las conclusiones de manera oficial a la OMS no fueran escuchadas por su Director General, Tedros Adhanom Ghebreyesus, un funcionario que debe su elección a los votos que le consiguió China en África y Asia.

Lo es porque impidió que el Comité Sanitario Internacional de la OMS declarara “la emergencia de salud pública de importancia internacional” el 21 de enero  ante lo cual el Dr. Adhanom afirmó que se trataba de una situación localizada sin riesgos para el resto del mundo y, solo el 30 de enero, ante los estragos del virus en más de seis países asiáticos y su llegada a Estados Unidos, no pudo detener la declaración de la emergencia.

Lo es porque violó sus obligaciones como miembro de la OMS, manteniendo el alcance del brote viral en secreto, reteniendo información que estaba obligada a entregar bajo el Reglamento Sanitario Internacional y hasta demorando una semana la entrega del genoma del virus que los científicos chinos habían logrado decodificar.

Lo es porque, al ocultar información, ayudó a que, solo en enero, el contagio se hubiese podido multiplicar por un factor entre 100 y 200 en el mundo y obstaculizó la preparación oportuna de los países, ya que la toma decisiones una o dos semanas antes podría haber disminuido contagios de manera sustancial, en particular en lo que tiene ver con el cierre de aeropuertos.

Lo es porque ha publicado deepfakes sobre el coronavirus como el que muestra a italianos aplaudiendo a cooperantes chinos o cantando en sus balcones el himno chino, cuando en realidad entonaban la tarantela o lo que fuera, dado que los italianos sí dan conciertos desde sus terrazas, o peor, ha dado eco a los trolls rusos repletos de desinformación sobre el coronavirus.

Lo es porque ahora pretende mostrarse como un poder benevolente regalando tapabocas, ventiladores y medicamentos mientras los países receptores no ven alternativa más allá de recibir, callar y agradecer porque el mundo en vías de desarrollo no está en capacidad de hacer reclamos a un superpoder, mucho menos en medio de una pandemia y, aún menos, en la ausencia de liderazgo de Estados Unidos.

La culpa es de China porque no actuó como un miembro responsable de la comunidad internacional y la perversidad de Donald Trump que ha convertido a la Casa Blanca en un vector de desinformación no sirve de excusa.

*Laura Gil, politóloga e internacionalista, directora de La Línea del Medio, @lauraggils

1 COMENTARIO

  1. Los culpables somos todos
    Por desobedientes por tanta maldad y pecado por tener la tierra contaminada destruida
    La avaricia solo busca su bien comun EN lugar de hacer las cosas como DIOS QUIERE

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