Correspondencia de Andrés Caicedo 1970 – 1973

Correspondencia de Andrés Caicedo 1974 – 1977

Edición a cargo de Luis Ospina y Sandro Romero Rey

Seix Barral

La vida se empeña en extenderse más allá de la muerte: da muchas batallas, aunque a la larga termine por perder la guerra. Hilamos las hebras de la memoria y nos aferramos a ellas, básicamente porque las ausencias denuncian el vacío de lo que de nosotros se pierde cuando otros se van. Hablo de la silla en la que se sentaba él, de aquella taza preferida de ella, del reloj de su cuarto, el recuerdo de aquel gesto suyo o del estruendo de su risa. Todos esos recuerdos son invaluables, pero no es arriesgado decir que las fotografías y las cartas escritas por quien se ha ido son los objetos más elocuentes.

A propósito, una carta es una felicidad de la que se están perdiendo las nuevas generaciones; tienen un valor del que sólo puede hablar quien las ha recibido en papel, no en el inodoro, incoloro e insaboro formato digital. Las cartas escritas a mano, o con la ayuda de la arqueológica máquina de escribir, son documentos incunables, ejemplares únicos. Hasta el polvo acumulado en ellas, el manchón de tinta o una hoja rasgada les dan una particularidad irremplazable; por otro lado, ese carácter sagrado que tiene la correspondencia produce en el lector ajeno cierta intromisión íntima que lo pone en una sintonía misteriosa con el remitente y el destinatario.

Estoy hablando de cartas porque de cartas son los dos libros que hoy dejo la Biblioteca de La Línea del Medio: se trata de un contenido inédito de ese genio prematuramente desaparecido que era Andrés Caicedo (Cali. 1951 – 1977). Ambos volúmenes se llaman Correspondencia; el primero recopila las cartas escritas desde 1970 hasta 1973 y el segundo, desde 1974 hasta 1977, año de su suicidio. Las ediciones estuvieron a cargo de Sandro Romero Rey y del también ausente, Luis Ospina (Cali. 1949 – 2019). Como verán, estamos ante una obra doblemente póstuma.

El interés por Andrés Caicedo ha ido creciendo con los años, entre otras cosas por el empeño que pusieron amigos como Romero Rey, Ospina y algunos familiares para que su obra no se perdiera en el olvido que tuvo que padecer el escritor. Sólo una minúscula parte de su obra fue publicada en vida de Caicedo. Más tarde, y con los múltiples esfuerzos de amigos y editores, el nombre de Caicedo empezó a cobrar fuerza desde los albores del nuevo siglo: empezó a publicarse y reeditarse su obra, se hicieron muy buenos documentales sobre su vida, además de varias traducciones de sus cuentos y novelas. Otro de los hitos importantes en la difusión internacional de la obra del escritor caleño fue la publicación de Mi cuerpo es una celda (Norma, Bogotá, 2008), una suerte de autobiografía póstuma construida por el chileno Alberto Fuguet.

Andrés Caicedo escribió quién sabe cuántas cartas en su vida. Después de muchos intentos, oposición de una parte de la familia y dificultades varias, por fin tenemos con nosotros, impresa y organizada, la gran parte de la correspondencia de Caicedo. Al parecer, consideraba sus cartas no sólo como un simple vehículo de comunicación con otros, sino parte fundamental de su trabajo. A través de ellas, podemos asomarnos al artista, al cinéfilo, al fan de los Rolling Stones y la salsa, al hijo, al hermano, al amigo, al amante y, dolorosamente, al muchacho que veía caerse encima suyo el muro de la desesperación y la autodestrucción. Las cartas están presentadas en estricto orden cronológico y conservan fielmente la manera como fueron escritas, incluso con algunos problemas gramaticales.

Como escribieron Ospina y Romero en el prólogo del libro, “en su correspondencia está todo: el teatro, la crítica de cine, el cineclubismo, la ciudad de Cali, las drogas, los amigos y parientes vistos como si fuesen exquisitos interlocutores, Bogotá, el amor loco, los hospitales psiquiátricos, el rechazo al mundo intelectual colombiano, la esperanza del reconocimiento internacional, su humor descachalandrado, su tristeza, su poder para enfrentarse al orden, su destino fatal”.

Al abrir estos dos libros y leer la correspondencia de Andrés Caicedo, no sólo visitamos al joven solitario, talentoso y vulnerable que la escribió, sino que dialogamos íntimamente con ese creador cuya obra, viva, nos sigue hablando después de su muerte.   

*Mauricio Arroyave, periodista, lector caprichoso y frustrado librero, @mauroarroyave. Canal de Youtube El Ojo Nuclear.

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