El viernes 13 de febrero, Luis Milciades Ballesteros se despertó a las seis de la mañana. Afuera cantaron los primeros pájaros y, a lo lejos, se escuchó el ruido de un motor fuera de borda que llegaba con los primeros pescadores. Una brisa suave con tufillo a pescado podrido provenía de la albarrada. Mónica Pedrozo, su esposa desde hacía cinco años, lo sintió revolverse en la cama. – Hoy es viernes -susurró Milciades en la penumbra mirando el haz de luz refractarse a través del cristal de la ventana. – ¡Sí!, viernes 13 -, concluyó su compañera, buscando afanosa debajo de la cama las pantuflas para incorporarse definitivamente. Se sentó frente al tocador y con un peine arregló sus últimos cabellos, se miró al espejo y sonrió para sí misma al notar las primeras arrugas en la comisura de los labios; varias hebras blancas sobresalían de su abundante cabellera. En estado de resignación, se marchó a la cocina a iniciar sus quehaceres, encendió el viejo radio del cual brotaba la melodía “Las hojas blancas” del Gran Combo de Puerto Rico; mientras trafagaba en la cocina, Luis Milciades seguía tendido bocarriba en la cama, pensativo, mirando la fecha “viernes 13” en el calendario que colgaba de la agrietada pared confeccionada en burdo ladrillo.

– ¡No te vas a levantar hoy! – le apremió su esposa desde la cocina, no recibió respuesta. Él se revolvió en la cama, frotó sus ojos con ambas manos, bostezó y lanzó un sonido gutural parecido a una fiera en cautiverio. Se levantó de golpe ante el incesante tintineo de la loza en la cocina, miró por la ventana hacia el patio contiguo esperando descubrir algo fuera de lo normal ese viernes 13 y vio, como todos los días, a su vecino reparar la atarraya. Un gallo marcaba su territorio cantando en la distancia y el resto del vecindario abría puertas y ventanas para ver pasar al cura del pueblo enfundado en su sotana desgastada caminando hacia el puerto en busca de pescado fresco. El sol de golpe inundó la habitación, obligándolo a salir por completo.

Dicen quienes lo vieron ese día que caminaba errático por la vera de la carretera. Ninguno de los “moto taxistas” que pasaban quiso recogerlo. Más tarde estaba de pie acodado en un ángulo de la barra del destartalado kiosco marcado con letras “Coca-Cola”. Ahí en ese sitio, el ambiente olía a orín, a cerveza, a perfume barato. Parecía el bebedor ausente de la pintura de Manet con la mirada fija sobre la polvorienta carretera.

Transcurrieron dos horas, cuando apareció Luis Milciades en su motocicleta marca Honda STORN 125 de color negro que hacía unos meses su padre le había comprado para que se ayudara en su oficio de transportar pasajeros. A Amancio Matos se le abrieron los ojos y se le pasó la tusa que tenía al ver al reluciente velocípedo.

Se hizo el encontradizo y le propuso:

– ¿En cuánto me llevas al otro pueblo a buscar una encomienda?

– No estoy trabajando hoy – le contestó Luis Milciades.

– Llévame y te pagaré el doble – insistió Amancio.

– ¡No, no estoy trabajando! y voy por ahí a recoger la CPU de un computador, dijo, señalando la polvorienta calle.

Dicen los que estaban presentes que una voz anónima se escuchó desde el kiosco – ¡llévelo y si él no paga, le pago yo! – Fueron las últimas palabras que se escucharon porque Luis Milciades con Amancio Matos de pasajero se perdían en la lejanía, sin regreso. Para Luis Milciades sería el último viaje de su vida. El día agonizaba cuando los vieron entrar envueltos en una nube de polvo al municipio de Regidor, Sur de Bolívar.

– ¡Espérame aquí, ahora regreso! – le dijo Amancio a Luis Milciades bajándose de la moto y saliendo presuroso hacia una de las casas que daba a un estrecho callejón; tocó con insistencia. Le abrió una anciana con aire triste y ojos de bondad.

– ¿Se encuentra Giovanni? – preguntó. – No está -, contestó la anciana. – ¡Está donde la mamá!,  remató la escurridiza mujer cerrando la puerta tras de sí.

El solicitado Giovanni era un hombre de 25 años, de rasgos aindiados, rostro huesudo, alto, de pocas palabras, de mirada esquiva. Llegaba a Regidor por temporadas, según dicen, a esconderse de las malas acciones hechas en otros lados de la geografía. Apareció de la nada y saludó a los recién llegados con un gesto de confianza; al cabo de un momento, fue a conversar en voz baja con Amancio. Luis Milciades esperaba pensativo debajo de un árbol con el velocípedo ralentizado.

– ¡Nos regresamos nuevamente por donde venimos y él va con nosotros! – dijo Amancio, señalando a Giovanni.

– ¿Y hay plata? – le interrogó Giovanni. – Por eso no se preocupe que yo hago los billetes -. Lo decía seguramente porque en la población de Río Viejo, sur de Bolívar, se le vio a Amancio en las parrandas fabricar billetes de simples papeles como por arte de magia. Se rumoraba que sabía cosas raras.

Así con la promesa de francachela y comilona, partieron hacia el municipio de Río Viejo Luis Milciades Amancio, Giovanni y la muerte de pasajeros.

La tranquilidad de los habitantes del municipio de Regidor se vio interrumpida por el ruido intimidante de más de veinte motocicletas que entraron por sus calles la noche del viernes 13, rodearon la casa de Amancio, le preguntaron a su madre por su hijo en palabras de grueso calibre. Ella contestó que no lo había visto desde por la tarde. La noche caía cuando Amancio y Giovanni pasaron como bólidos, conduciendo la moto de Luis Milciades, por la carretera que daba hasta el municipio del Banco –  Magdalena.

El día sábado 14 transcurría con normalidad entre los dos municipios vecinos. Los familiares y amigos de Luis Milciades, al ver que no aparecía, lo buscaron por todos lados. Amancio y Giovanni tampoco aparecían; en los corrillos y murmullos se comentaba que estos últimos se habían metido en serios problemas.

Esa noche pescadores que iban a su faena lanzaron sus redes y en vez de peces capturaron un cuerpo humano que iba flotando por el río, se asustaron y lo dejaron que siguiera su recorrido.

El domingo 15 que despuntaba en el alba prometía un bonito día. El sol, como enorme yema de huevo, se asomaba tímido por encima de los cerros y se posicionó de un solo golpe en el firmamento del cielo azul bolivarense. Los familiares y amigos del desaparecido seguían buscándolo; palmo a palmo, recorrían playones, potreros, carreteras, esperando encontrar algún rastro. Algunos bordearon la ribera del río; a las 10 de la mañana, enredado en una palizada en medio de las aguas se encontraron boca abajo, flotando, un cuerpo sin vida; al inspeccionarlo, comprobaron que era Luis Milciades. Tenía señales de tortura; al mejor estilo de la escuela de los paracos, le habían sacado las vísceras, llenándolo con piedras. Urdieron y cometieron el crimen con la precisión de un relojero suizo. Desde ese momento, Amancio Matos y compañía se convirtieron en objetivo de una enrarecida turba que los buscaba por cielo y tierra.

Dos hombres procedentes del municipio de Río Viejo habían trasladado su centro de operaciones al Banco Magdalena. Como dos sabuesos, les seguían cada paso a los presuntos homicidas; ya los tenían plenamente identificados.

El largo Jhonso salió lentamente del puerto hasta que tomó velocidad de 40km/h; era el recorrido que hacía los días bordeando los pueblos ribereños recogiendo la leche que los pequeños ganaderos colocan en la orilla de río. Esta vez, subía desde el Banco Magdalena para pernoctar en Regidor; Amancio Matos iba en esa “lechera”, como le dicen los pobladores; se veía despreocupado, sereno, con sus manos detrás de la nuca. Todo el mundo sabía que lo buscaban para matarlo.  Detrás de él, un sabueso sentado en la última banca no lo perdía de vista, le respiraba en la nuca; por carretera, iba su compañero. Por tierra y agua, lo seguían sigilosos sin que se diera cuenta.

Cuando salían del Banco Magdalena, el conductor del lechero le preguntó:

 – ¿Para dónde vas Amancio? –

– Voy para Santa Teresa a cobrar una plata – fue su respuesta. Santa Teresa es una población intermedia en el recorrido. – Si quieres, yo te la traigo mañana – , le dijo el motorista. – No, mejor yo voy – , concluyó Amancio.

El Jhonso seguía su curso, nadie hablaba, el motorista hacía tronar la máquina que, imponente, dividía las aguas que se rizaban de lado a lado. Amancio, despreocupado, tarareaba una canción; en su rostro no se veía ningún asomo de culpabilidad. El hombre del último puesto que le respiraba en la nuca, no le perdía detalle.

A mitad de recorrido pasaban por una porción de tierra llamada Isla Fuerte, Amancio se levantó de la silla y dijo al motorista:

– ¡Quiero quedarme aquí! Tengo que recoger algo -. El motorista hizo ademán que iba a parar buscando la orilla. Amancio se paró, pensativo, indeciso; tomó otra decisión.

¡No! Mejor entro cuando regrese mañana -. Fueron sus últimas palabras porque, en la lejanía, se avistaba el final del recorrido.

Una chalupa con hombres armados con machetes y armas de fuego había interceptado al Jhonso lechero dándole vueltas amenazantes. El inclemente sol seguía girando mientras despuntaba un ocaso con girones de nubes mandarinas parecidas a una pintura impresionista. Amancio seguía sentado ignorando su destino. El hombre del último puesto fue el primero en bajarse y uno de los que estaba en la playa corrió a interrogarle:

 – ¿Me trajo la encomienda? Sí,  ahí está, es la caja color amarillo -. El ayudante del motorista tenía una camisa del mismo color a la que vestía Amancio; cuando sintió que un hombre enorme de espalda cuadrada y ojos inyectados de ira lo levantó en vilo por la solapa, el otro le gritó: ¡ése no es, es el que está allá sentado!, señalando con su dedo acusador a Amancio.

Una bolsa de papel convertida en basura bajaba lentamente por el río; en la lejanía, se oyó crujir un trueno.

– ¡Amancio corre que te van a matar! – se escuchó una voz que salió del gentío que estaba arremolinado en el puerto. Cuando quiso reaccionar, ya era tarde. Miró hacia todos lados, buscando una salida. El corpulento hombre que, como fiera se le había abalanzado, descargó su enorme brazo sobre la humanidad del sindicado, reventando su rostro sobre el borde metálico del bote; de su sien brotó un hilillo de sangre que manchó su camisa.

Lo ataron de pies y manos y lo echaron a una chalupa rumbo a Río Viejo. La policía de Regidor ya estaba alertada sobre la chalupa donde traían al sindicado y ésta tenía que pasar por el puesto de vigilancia que ellos tenían. La vieron venir en la lejanía y le hicieron la señal de pare. Ellos hicieron caso omiso a la advertencia, un policía hizo dos tiros al aire para que se detuvieran y la chalupa siguió su recorrido, desafiante e impulsada por 200 caballos de fuerza.

 – ¡Ya lo traen! – se escuchó un grito desde el puerto de Río Viejo. Cuando lo bajaron, tenía aspecto de penitente, su camisa desgarrada, descalzo, con sus manos amarradas a la espalda, no levantaba la cabeza, su rostro ensangrentado. La muchedumbre, cada vez más numerosa, reclamaba justicia, lanzándole improperios.

Se hizo un silencio profundo cuando la policía se abrió paso a culatazos en medio de la muchedumbre para encargarse de él. Fue conducido al comando central y, a los pocos minutos, uno a uno, fueron congregándose frente del comando de la policía y exigiéndoles a los pocos agentes que se lo entregaran.

– ¡Queremos a ese asesino! – se escuchaban voces enardecidas desde el tumulto.

– ¡Queremos justicia! – La policía trataba de controlar infructuosamente a la muchedumbre que cada vez se nutría y, finalmente, irrumpió violentamente en la estación. Al no encontrarlo, la incendiaron. Amancio se encontraba escondido en el cielo raso de una de las ultimas celdas, uno de ellos hurgó con un palo y dijo: – ¡aquí está!  De ahí lo arrastraron a la plaza principal.

Una lluvia de palos, piedras y machetes llovieron sobre la humanidad de Amancio. Al cabo de unos minutos, su cabeza era un amasijo irreconocible de carne y sangre. En medio de la lapidación, el condenado profería palabras ininteligibles.

Lo arrastraron por la calle, dejándolo tirado frente a la iglesia; entrada la noche, un anónimo le colocó una sábana blanca parecida a un sudario que tapó lo quedaba de él: su nombre y apellido. Amancio Matos.

*Ubaldo Diaz, sacerdote. Premio APB de periodismo Pluma de Oro 2018 – 2019, Barrancabermeja. Premio Nacional de Cuento y Poesía Ciudad Floridablanca.

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