Ni los consejos de la oportunista Iglesia para unirnos en familia, ni los consejos de los famosos artistas del jet-set para que transmutemos las emociones negativas en emociones positivas serán suficientes para contener este perverso engendro individualista en que nos convirtió esta sociedad tecno-científica, avara y consumista.

Que no se crea que en este encierro, que en este confinamiento del coronavirus o peste contemporánea, volvimos a la familia, al “hogar, dulce hogar” o a las largas charlas y chismes de los primos y tíos. Que no se crea que volvimos al calor de la pomarosa, al sexo desenfrenado y a los desayunos alegres de los domingos. Nada. Por el contrario, cada uno de la familia llegó corriendo, acelerado a conectarse a su dispositivo: al celular y al portátil.

No nos daremos cuenta que ya no habitamos “el tiempo duración” en el que tejíamos la narración y el gesto; no nos daremos cuenta que no fue posible “el tiempo del ocio” porque estuvimos ocupados y porque “el tiempo velocidad”, ese del que habla Paul Virilio, nos invadió con su virtualidad y su capacidad de mantenernos inconexos, individualizados.

Hoy, a diferencia del poema de K. O’Meara al referirse a la peste de 1.800, el mundo no se encontró: no rezamos juntos, ni mucho menos nos refugiamos en el oráculo de Delfos – socrático – a practicar la mayéutica en torno al “cuidado de sí”.

Ahora bien, demasiados habitantes de calle y muchos otros – rebuscadores, desempleados que viven colgados del tiempo transgresor del capital – , han sido condenados al hacinamiento de sus casas, si es que tienen, a aguantar hambre. Esos millones de ciudadanos no se están distrayendo con los productos de la tecne y la virtualidad y mucho menos hablarán con tranquilidad sobre los efectos globales de la economía y los suprapoderes con relación al aire y los bienes primarios; no, estas multitudes se mirarán a los ojos y ya sabrán qué hacer…lo más seguro es que muchos morirán antes de que se declare terminado el tiempo de la cuarentena. Parece que esas multitudes, sumadas a los ancianos vulnerables, han sido el blanco de la peste del siglo XXI (el coronavirus) y no los protegidos de los ahora improvisados “Estados de Bienestar”, tal como lo proclama la reiterada publicidad neo-keynesiana de los politiqueros y los estadistas. La muerte de una parte de esta multitud será proporcional a la mentira del discurso “proteccionista” y, si no morirá por la peste, los matarán la hambruna y la total desesperanza.

¿Qué significa que, en este contexto de crisis del mundo capitalista neo-liberal, buena parte de las mayorías pobres y/o precarizadas en Colombia y los países que se dicen “en crecimiento”, no pueda ni siquiera comer un alimento y posiblemente muera durante la cuarentena y los otros, los que se salvarán, sean aquellos que se aislaron en sus ocupaciones virtuales e individualistas dentro de sus casas?

Pues bien, hoy el capitalismo se enfrenta a su doble excrecencia: el consumo desaforado y articulado a la tecno-ciencia y la pobrería mundial.

Hoy, la buena y la regular vida material está articulada a la comunicación virtual. No es posible tener un techo y no tener una computadora. Según un informe de la Unión Internacional de las Telecomunicaciones del 2018, más de la mitad del mundo está conectada a Internet, es decir, cerca de 4.000 mil millones de personas y el uso de la telefonía móvil pasó a finales de 2019 al 82.3% de la población mundial.

No es que necesariamente poseer un celular o tener una computadora sea sinónimo de tener un alto o mediano estatus social, pues buena parte de esta población – incluidos profesionales – igual son desempleados, “independientes”, tienen malos contratos o viven del rebusque. Existe una franja que va desde los que tienen vivienda y están conectados hasta los desheredados sin casa cuya mayoría no sabe qué es vivir en red que está marcada por el signo de la inseguridad económica y social.

Se trata de una multitud excluida, precarizada, como bien lo planetara Toni Negri, que va de los conectados a su propia individualidad a través de la Internet hasta los que habitan el rebusque en las calles y difícilmente ven la comida. Justamente, parte de esa multitud reunida por la cuarentena en sus casas estará muy lejana de “la familia”; al contrario, se verá atacada por los virus emocionales: el del stress, la ansiedad, la angustia, el fastidio del encierro y el otro. Veremos la crueldad de un aislamiento humano que no será solidario con los semejantes; emergerán los egoísmos, los fastidios, las malas expresiones y se sacarán los “trapitos al sol” hasta llegar a una especie de paroxismo familiar en el que implosionará“el todo individualista”, conquistado – con agudeza – en la sociedad de consumo y de pobreza, pero amplificado por el encierro. Las noticias hablarán de al menos 30 millones más de desempleos en el mundo y de una crisis económica peor que la del 1929; en fin, con estos anuncios terminaremos de crispar nuestra existencia y, en el demoníaco encierro de la cuarentena, nos mostraremos como la especie más peligrosa y asquerosa que hemos sido durante 10 mil años en este planeta.

No solamente seremos un improvisado y cachón “Estado de Bienestar”, seremos una masa de individuos confinados, “muy sinceros” con nuestras emociones en shock. Viviremos una intimidad familiar en estado latente de ser atacados, lo más parecido al “Estado Leviatán” del que hablara Tomas Hobbes.

De modo que ni los consejos de la oportunista Iglesia para unirnos en familia, ni los consejos de los famosos artistas del jet-set para que transmutemos las emociones negativas en emociones positivas, serán suficientes para contener este perverso engendro individualista en que nos convirtió esta sociedad tecno-científica, avara y consumista.

Si en esta virulencia transitamos en lo económico por el simulacro de “Estado de Bienestar”, mientras en la familia y lo social somos explícitamente “el Leviatán”, es porque queda comprobado con el acontecimiento que el tiempo no es lineal y que las rupturas que se quisieran ver no siempre aparecen, y, por tanto, no es aconsejable convertirse en padre del utopismo o en tutor de la futurologìa. En todo caso, los que sí andan sueltos son los duendes que todo lo esconden, mientras nosotros seguimos esperanzados que las cosas volverán a sus lugares, donde siempre nos han dicho deben estar.

*Luis Alberto Rojas, filósofo, docente universitario en Medellin, escritor e investigador social.

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