El desastre en el sur del Atlántico, un día hace diez años

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Sacado de Al Poniente

Quizá hubo muchos desaciertos en el manejo de la tragedia, pero me queda la tranquilidad de que hicimos nuestro mejor esfuerzo.

Sacado de Al Poniente

Tenía mi vida tranquila, acababa de ser papá por segunda vez y gozaba de estabilidad laboral, pero un suceso devastador había ocurrido en el Departamento del Atlántico. Las aguas del Canal del Dique habían irrumpido violentamente en el territorio, dejando a su paso devastación y dolor. Más de 110 mil personas, se estimaban como damnificadas en el sur del Departamento. El fin del mundo parecía haber hecho una monstruosa aparición para muchos conciudadanos. La esperanza se esfumaba ante la contundencia de los hechos.

Sabía que era momento de volver a “prestar el servicio”, esta vez no desde los cuarteles militares, sino desde nuestra capacidad de ayuda ciudadana. Decidí dejar mi estadio de confort y me puse a disposición del entonces gobernador, Eduardo Verano, quien desde mi época universitaria conocía mi vocación de servicio. Me propuso ser el encargado de la oficina de participación comunitaria y convivencia departamental. Durante mi corta posesión, que se dio los primeros días de enero de 2011, se acercó para repetirme con energía y voz baja, mirándome a los ojos y con cadencia en su mano derecha empuñada, “Sur, Sur, Sur”.

Desde entonces, el sur del Atlántico sería mi prioridad. Encontré a una gobernación consciente del reto histórico que el fenómeno de la Niña entregaba y, de inmediato, nos situamos en la tarea de no ser inferiores a los requerimientos.

Fue un tiempo en el que experimenté lo que era entregarlo todo por una causa, el sentimiento se fusionaba, sentía como propia a cada familia damnificada. Se hacía inevitable pensar que los niños, las madres, los padres, los hermanos, los abuelos eran también los míos.

Asumir el encargo de organizar la participación comunitaria en un departamento convulsionado por los embates de la naturaleza era sin duda una tarea especial; se trataba del mayor despliegue de participación ciudadana organizada, que se ha podido vivir en el Atlántico y quizá en nuestro país.

Emergió entonces el heroico temple de nuestra raza. La fuerza para levantarnos no fue de unos cuantos; se trató de una lucha colectiva que generó mayor arraigo y la comprensión de la importancia de tener liderazgos con idoneidad y verdadera vocación social.

La organización comunitaria jugó un papel clave durante la tragedia, pero asimismo, se debe mencionar el grato florecimiento de nuevos líderes, personas que sin antecedentes de liderazgo social, sobresalieron como voceros de sus comunidades. Hubo alcaldes ejemplares, también los que desaparecieron, y otros que hicieron negocios con la tragedia, pero en todo caso, siempre se mantuvo presente un puñado de líderes en cada uno de los pueblos del sur, que asumió con determinación, responsabilidad y estoicismo la necesidad de superar la mala hora de sus territorios.

Propiciábamos encuentros comunitarios con el gobernador y sus secretarios de despacho todo el tiempo. La idea era que no se sintieran solos y, en la medida de las posibilidades, ir resolviendo las situaciones apremiantes que se iban suscitando. No obstante, se presentaron inumerables y comprensibles protestas, y bloqueos de carreteras. La tragedia era lo suficientemente colosal como para que la capacidad de reacción institucional flaqueara en algunos casos.

Quizá hubo muchos desaciertos en el manejo de la tragedia, pero me queda la tranquilidad de que hicimos nuestro mejor esfuerzo. No tuvimos una sola pérdida humana como consecuencia del desastre y, apoyados en el asistencialismo del gobierno central, se brindó constante ayuda humanitaria.

Nadie en nuestro país estaba preparado para algo así. De hecho, los instructivos que el Gobierno Nacional desarrolló, a través de Colombia Humanitaria para superar este tipo de crisis, los hizo con nosotros, sobre la marcha, en la Gobernación del Atlántico.

Las lecciones de este suceso son innumerables. A partir de entonces se han hecho importantes inversiones en el sur del Atlántico; sin embargo la gente sigue con necesidades básicas insatisfechas. El 30 de noviembre de 2011, un año después de la emergencia, en una misa de acción de gracias en la que también estaba el gobernador, un habitante de Santa Lucía pidió el micrófono y manifestó: “Yo sí le doy gracias a Dios por esta tragedia porque, por fin y gracias a ella, nuestros gobernantes fijaron sus ojos en el sur del departamento del Atlántico”. No esperemos más tragedias para dignificar la vida de los habitantes del departamento del Atlántico. Sepamos entender sus necesidades y generar las oportunidades que ellos requieren para salir adelante.

*Rodney Castro Gullo, Gerente general de la Sociedad Portuaria Bocas de Ceniza S.A, abogado de la Universidad Libre de Colombia. @rodneycastrog

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