¿Qué le habrá hecho creer al gobierno de Duque que, a cambio de su ayuda con los votos colombianos en la Florida, Trump nunca negociaría con Nicolás Maduro, ni avalaría el acuerdo con los “narcoterroristas”?

A mediados de octubre, los gobiernos de Israel y Líbano iniciaron un diálogo con los Estados Unidos y Naciones Unidas como mediadores. Eso significa, en plata blanca, sentarse a la mesa con Hezbollah. En otros lares, sí se habla con terroristas.

Israel y Líbano tienen en disputa un área de unos 860 kilómetros cuadrados que cada uno reclama como parte de su zona económica exclusiva. Se cree que allí se podría encontrar hidrocarburos. Los países no mantienen relaciones diplomáticas y, en teoría, se encuentran en guerra desde 1948. Los enfrentamientos se han dado a lo largo de una frontera terrestre todavía no acordada vigilada por una misión de Naciones Unidas, la UNIFIL, en cuya sede tienen lugar las reuniones bilaterales.

La delegación de Israel está compuesta de seis delegados, algunos de ellos ministros y políticos; la del Líbano, de cuatro personas con formación militar. Los libaneses rechazaron las características de la comisión israelí; pretenden presentar estas conversaciones como técnicas sin repercusiones políticas. Fungieron como facilitadores de Estados Unidos, David Schenker, el funcionario responsable de esta región en el Departamento de Estado, y John Desrocher, antiguo embajador en Argelia.

La organización terrorista Hezbollah, con el respaldo de un movimiento político, forma parte de los gobiernos libaneses desde 2005 y fue un arquitecto de la actual coalición gubernamental.

El gobierno de Trump vio en los diálogos una oportunidad de solidificar un legado en el Medio Oriente, después de la mediación de los acuerdos entre Israel, Bahrain y los Emiratos Árabes Unidos, y no dudó, aun cuando poco tiempo antes había impuesto sanciones contra un miembro del gabinete libanés y otras figuras políticas aliadas de Hezbollah. De resultar exitosos, estos contactos pueden distensionar las relaciones entre Israel y Líbano para avanzar en una negociación más ambiciosa. Sí, a veces resulta necesario dialogar con terroristas.

Esta negociación, así como las rondas de conversación con los Talibanes en Afganistán, muestra que el gobierno Trump no le teme al carácter de su interlocutor. ¿No le dio la mano a Kim Jong-Un de Corea del Norte? No se entiende qué le hizo creer al gobierno de Duque que, a cambio de su ayuda con los votos colombianos en la Florida, Trump nunca negociaría con Nicolás Maduro, ni avalaría el acuerdo con “narcoterroristas”. A estas alturas, uno esperaría que hubiesen aprendido algo de traiciones.

En cualquier caso y enhorabuena, la administración Biden privilegiará la solución negociada en el Medio Oriente y en el resto del mundo.

*Laura Gil, politóloga e internacionalista, directora de La Línea del Medio, @lauraggils

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