Lo cierto al final de la jornada es que Colombia sale a las calles a exigir aquello que siempre le ha sido negado.

Pensaba escribir que, si Iván Duque fuera menos soberbio y más demócrata, habría podido evitar los desmanes de este 22 de noviembre, pero caigo en cuenta que ni siquiera es el presidente a cargo de este país que se le salió de las manos.

Iván Duque es ajeno a la realidad del país que dice gobernar y demuestra en cada palabra que no ha entendido nada y que está desconectado del pueblo a quien dirige.
En sus discursos, parece un niño asustado que tiene que pedir permiso a su acudiente hasta para nombrar un embajador o un ministro, pero en sus actos y decisiones demuestra su talante autoritario y déspota, deformando una realidad que sólo los adeptos a su ideología sectaria se niegan a aceptar.
En contubernio con algunos medios de comunicación, el gobierno se ha encargado de resaltar por encima de todas las cosas positivas de este paro nacional pacífico el vandalismo y los desmanes de unos pocos que han empañado el propósito de la marcha y pone de manifiesto su intención de oprimir el gatillo a la menor oportunidad.

Se niega, por mandato de su superior, a aceptar la contundencia de los reclamos de los millones de marchantes de estas jornadas y desoye la realidad de quienes sienten el rigor de las políticas nefastas de su gobierno. Prefiere tomar el atajo más mezquino e infame al intentar convencer a quienes le oyen que los vándalos somos todos, que somos unos delincuentes saqueadores, desestabilizadores del sistema y que nuestra intención es acabar y destruir un país que ya estaba destruido. Se equivoca al pensar que nuestro interés es derrocar a un presidente, lo cual es imposible, ya que para ello se necesitaría que hubiera uno, y usted señor Duque, jamás ha ejercido la presidencia de Colombia.


La marcha de este 21 de noviembre demuestra que somos un pueblo hastiado de su arrogancia y de su ineptitud. Somos una masa que ha sabido protestar en paz y se ha volcado a las calles a conquistar sus derechos y perdimos el miedo a convertirnos en un río humano que ha despertado del letargo y que se niega a morir en el intento. Somos también una población que condena enérgicamente a quienes han vandalizado la protesta por fines políticos y, a través de nuestra pacífica forma de protesta, desvirtuamos cualquier desmán que haya ocurrido en ella.

Este régimen autocrático en cuerpo ajeno está empeñado en regresar a Colombia varias décadas atrás. Después de tanta sangre derramada a través de los años, volvemos a los tiempos de toque de queda y a los amargos días del Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala. Volvemos a los tiempos de los falsos positivos y la nefasta seguridad democrática, que sólo ha servido para perpetuar la guerra y el sufrimiento de un país que se ha quedado ya sin sangre y lágrimas para derramar y que ve con impotencia como se consuma un genocidio indígena y de líderes sociales sin que las autoridades actúen de manera contundente y definitiva.

Hoy, Colombia se levanta, no sólo en contra de este gobierno solapado y acéfalo, sino en contra de toda una historia de vejámenes y humillaciones. Por su parte, el gobierno sigue sin reconocer un ápice de las demandas de las masas y prefiere militarizar las calles infundiendo el pánico y creando un ambiente de zozobra y temor entre los habitantes. Gracias a las redes sociales existe evidencia que deberá ser comprobada a la mayor brevedad que demostrarían los excesos y abusos de las autoridades, cuya misión es la de proteger a la población. De ser ciertas, estaremos caminando por los oscuros e inexorables senderos del desprestigio de las autoridades y, por extensión, estaremos ad portas de una falta de credibilidad, e incluso, de respeto hacia las instituciones encargadas de preservar el orden.

Lo cierto al final de la jornada es que Colombia sale a las calles a exigir aquello que siempre le ha sido negado y que, a pesar de los actos vandálicos, que deben ser reprochados, la verdadera lucha empieza hoy y ahora.

*David Mauricio Pérez, columnista de medios digitales y cronista. Asiduo lector de libros de historia, Twitter: @MauroPerez82 Facebook: David Mauricio Pérez

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