Santana Flórez es un viejo que desde hace 50 años todas las madrugadas se levanta a contemplar el río. Mientras unos parten a pescar para alimentar el cuerpo, él sale a una labor sublime de alimentar el espíritu, con 85 años a cuestas, un harem de tres esposas, 18 hijos a bordo y 84 nietos. Este prolífico patricio no puede dejar de hacer este ritual todas las madrugadas porque, según él, el río se ha convertido en parte de su vida.

Una de esas tibias madrugadas permanecía sentado en el muelle escrutando el horizonte oscuro que se abría ante sus ojos azules y cansados que se quedaron petrificados en las largas noches de vigilia de pescador. Con la emoción de un niño que acaba de hacer un descubrimiento levanta el dedo índice y susurra: “va a llover”;  a los pocos minutos, las primeras gotas de lluvia acribillaron sin piedad los oxidados techos de zinc del caserío. Se había cumplido el oráculo del viejo.

En el invierno pasado, como al flautista de Hamelin, lo seguía una procesión de hombres silenciosos, cumpliendo sus instrucciones al pie de la letra y defendiendo el último bastión de muralla para que el río no los tomara por asalto.  Ese día, parecía más delgado y alto desde cuando emergió como fantasma por una calle polvorienta de uno de esos municipios ribereños desperdigados en la extensa geografía nacional y olvidados en la mente de los gobernantes de este maizal. Ese día, llevaba un par de peces colgados en las manos, seguido de un gato que le maullaba; con su caminar erguido, largos brazos, hombre y animal doblaron la esquina hasta internarse en una casa de color azul intenso donde lo esperaba una mecedora de mimbre. Ahí, sentado, sus días transcurren viendo pasar la vida por la ventana. Al lado de ese ventanal, cuelga una fotografía con un paisaje suizo de vaquitas nórdicas y nieves perpetuas, reproducción preferida por las clases sociales menos favorecidas; un desaliñado muñeco de felpa rodeado de flores artificiales adorna la mesa de sala; una puerta entornada al final del callejón deja entrever una tendereta de ropa de color donde una adolescente encorvada sobre una batea culmina la labor del día; en actitud quirúrgica, se seca las manos de rana, blancas y arrugadas por el frío del agua, da un rodeo, canturrea una canción y, exhausta, se tumba sobre una vieja poltrona y ojea con avidez un catálogo pasado de moda. Como sucede en esta clase de revistas, se ven mujeres y hombres posando como maniquíes emulando a ser felices.

Un abejorro entra como kamikaze y roza con las viejas y aperezadas aspas del ventilador de techo que, a esa hora, despide un aire gaseoso, hirviente; el abejorro inmolado sale disparado y cae a los pies de una mujer corpulenta y silenciosa de cejas depiladas con rigurosidad; legendaria guerrera de fallidas dietas y mil batallas contra el colesterol, la mujer rodea una hornilla  de un lado a otro en los quehaceres de la cocina. El viejo Santana se entretiene mirando el gato que lo seguía desde el puerto y ahora un cachorro lo mantiene a raya.

¿Qué vas a comer, viejo? – le pregunta la mujer- mientras destapa una olla humeante.

-¿Qué hay? – interroga el viejo sin mirarla y ve alejarse al resignado gato por la calle abandonada bajo la canícula de la tarde; el cachorro, luego de matonear y ahuyentar al felino se arquea y juega entre las piernas del viejo esperando su recompensa; al parecer, hoy serán cabezas de pescado.

 – Pescado – remata la mujer con los brazos en jarra en tono resignado; lo escruta con curiosidad de arriba a abajo con sus enormes ojos color café como si hubiese escuchado esa palabra por primera vez.

– ¡Bueno si eso es lo que he comido desde hace cincuenta años ¡ – Sirve pescado – , sentenció el abuelo.

Caída la tarde, Santana se sienta a mirar nostálgico hacia el río. Recuerda aquel barco majestuoso, el David Arango, famoso Titanic criollo que soltaba sus amarras en el puerto barranquillero y subía el río grande de la Magdalena hasta atracar en Girardot. En su interior, siempre transportaba orquestas y papayeras, que animaban día y noche al más rancio y alto abolengo de la sociedad barranquillera que, sin ningún pudor y consideración, disfrutaba ruidosas parrandas.

Santana salía religiosamente al puerto cada ocho días a contemplar en la lejanía las fiestas del David Arango. En su mente, ya urdía un plan para conquistar a su primera esposa.  Un día cualquiera miró hacia todos lados para cerciorarse de que nadie lo escuchara y con extrema dulzura, como si el barco fuera suyo, le hizo la siguiente confesión a su prometida – “si te vas conmigo, te prometo que viajaremos en un barco de esos” – ; ella, ruborizada, se impresionó al ver en cubierta a tantas mujeres pavonearse con hermosos y ligeros vestidos al lado de solícitos dandis.

La luna como un plato relucía sobre los techos de zinc del caserío; la vieja cerca confeccionada en alambre de púas y trozos de madera parecía un campo de concentración. Esta alambrada era testigo de las miradas furtivas y suspiros entre los dos enamorados y esa valla impenetrable separó por décadas a las dos familias; si no fuera éste un pueblo perdido en el mapa, podríamos imaginarnos el drama de los Capuletos y Montescos, solo que este idilio tuvo un final feliz.

Con la mano apoyada en una pequeña valija se acercó lentamente. Con esa lentitud, como si caminara en un sueño, sorteando la cerca de alambres, observó que la luna no sería su cómplice y seguía alumbrando. Esta vez, no sintió el desaliento en las rodillas cada vez que lo veía cerca; haciéndose un ligero santiamén, apresuró los pasos y conteniendo el aliento, comenzó a correr en la soledad de la noche, interrumpida por el taconeo de sus zapatos y los ladridos de un perro en la lejanía. Al otro lado, él la esperaba, paralizado, con el aliento contenido; con la respiración agitada, la vio venir hacia él bajo la luz amarillenta de la luna para precipitarse en sus brazos, con la ilusión de que en los próximos días abordarían el David Arango. Con el oído pegado a la pared, Santana escuchaba el tropel de los pasos de un regimiento de hombres que lo buscaban para vengar la honra mancillada de la joven. Ya era tarde; el matrimonio se había consumado en la casa de una matrona alcahueta.

Días después, Santana Flórez escuchaba atónito y estupefacto por radio Sutatenza que el David Arango se había incendiado en el puerto de Magangué. No podía creerlo, no lo hundió el agua como al Titanic, pero sí una olvidadiza empleada que dejó una plancha caliente sobre una sábana, la cual provocó un voraz incendio que lo consumió lentamente y con ello los sueños de la niña Ceci y el joven Santana.

 “Eso fue hace mucho tiempo” – se incorpora el viejo, mientras afuera la tarde va cayendo de forma inexorable. Como en una nebulosa, aparecen en su memoria el nombre de barcos que antaño surcaban el río grande de la Magdalena: Guadalupe, Monserrate…

“El río se ha sedimentado porque las ruedas hidráulicas que impulsaban los barcos ya no remueven las aguas” – una avezada teoría del viejo Santana -. “El río se está secando, el río se está muriendo y los barcos no volverán”, remata el abuelo mientras sale al muelle todas las madrugadas con la ilusión de ver aparecer en medio de la bruma, como el capitán Jack Sparrow al Perla Negra, el fantasma del David Arango. Ahora solo ve avanzar río arriba enormes planchones acorazados parecidos a unos portaaviones, pertenecientes a una multinacional suiza de transporte fluvial.

-¿A cuál de las tres quiso más? – le interrumpe la mujer con un plato humeante en la mano lleno de pescados, carcomida por la curiosidad, como queriendo escuchar esa respuesta hace 37 años; hace una pausa, coloca el plato en la mesa, le baja volumen a la telenovela de turno.

Santana queda pensativo; sus ojos brillan; entrecruza las manos como un niño al que le acaban de pillar una travesura e invitando los recuerdos a su memoria de viejo vagabundo, rebuscó la frase apropiada y soltó la carcajada: a todas.

*Ubaldo Diaz, sacerdote, premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB 2018- 2019, Barrancabermeja – Santander.

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