Hablar de poder y de quienes lo ostentan, lo disfrutan y buscan mantenerse en él puede terminar en un largo tratado de teoría política o un sencillo resumen de los comportamientos y actitudes de los hombres. Una de las personas que conoció y escribió sobre el tema fue Nicolás Maquiavelo, político italiano en la República de Florencia. Fue secretario de la segunda cancillería encargada de los asuntos exteriores y guerra de la República, estuvo en misiones diplomáticas ante el emperador, el rey francés y la Santa Sede y, en su obra “El Príncipe”, señaló prácticas con gran elocuencia histórica. Este escrito, finalizado en 1513 y publicado 19 años después en 1532, se consideró inmoral y fue prohibido por la iglesia.

Nada ha cambiado; el mundo se mueve por las ambiciones de sus gobernantes. Más de cinco siglos pasaron y “El Príncipe” sigue vigente, con una introducción y exaltación al propio torturador de Maquiavelo, “al magnífico Lorenzo de Medicis”, a quien va dirigida su obra, quizá buscando el favor de esta familia. Maquiavelo buscó abrirse paso en su carrera, pagando un precio alto al ser acusado de conspirador, torturado por los Medicis, una familia de banqueros de la burguesía, influyentes en la política italiana.

Maquiavelo fue sincero y plasmó lo que muchos personajes rebosantes de autoridad no quieren decir, pero ejercitan ocultamente. Dio a conocer lo mejor y lo peor del ser humano. En su exposición e interpretación de los hombres, su libro está lleno de referencias históricas; él no inventó estas prácticas, pero sí las escribió. El adjetivo “maquiavélico” de inmediato lleva a pensar en quien carece de principios éticos.

Miremos algunas frases:

Así está escrito:

“A los hombres conviene o atraerlos por las buenas o anularlos, porque de las ofensas leves se vengan, pero de las graves, no”. (Los principados mixtos – Capítulo III Pág. 11)

“En cuanto al ejercicio mental, el príncipe debe leer las historias y meditar en ellas las acciones de los hombres más excelentes: ver cómo han actuado en la guerra, examinar las razones de sus victorias y de sus pérdidas, a fin de evitar éstas e imitar aquellas”. (Obligaciones del príncipe para con la milicia – Capítulo XIV Pág. 71)

“El príncipe no debe cuidar de que se le llame cruel si se trata de mantener fieles y unidos a los súbditos, pues con pocos actos de benignidad será más piadoso que tantos otros que, por exceso de piedad, dejan crecer los desórdenes, con su secuela de asesinatos y latrocinios”. (La crueldad y la piedad ¿Es mejor ser amado o temido? – Capítulo XVII Pág. 77)

“Hay dos modos de combatir: el uno, mediante las leyes; el otro, por la fuerza. El primero es propio del hombre; el segundo, de las bestias. Pero, como a veces, el primero no basta, conviene recurrir al segundo”. (Fidelidad del príncipe a la palabra dada – Capítulo XVIII Pág. 81)

“Gran cuidado del príncipe debe ser no proferir palabra que no esté impregnada de las citadas cualidades y que quienes lo vean y oigan hallen todo piedad, todo lealtad e integridad, todo humildad y religión; lo que más necesita aparentar es esta última virtud de la religión, porque los hombres en general juzgan más por lo que ven que por lo que tocan; todos ven, pocos sienten”. (Fidelidad del príncipe a la palabra dada – Capítulo XVIII Pág. 83)

“Cuando veas que el ministro piensa más en sí mismo que en ti y que, en todos sus actos no busca sino su propio bien, puedes decir que no es un buen servidor, ni podrás nunca fiarte de él porque quien gobierna el Estado de un príncipe nunca debe pensar en sí mismo, sino en su señor”. (Los secretarios de los príncipes – Capitulo XXII Pág. 109)

Estas citas describen que los hombres son manipuladores, peligrosos, mentirosos y traicioneros, una verdad que escandaliza, detallando prácticas y medios para conservar el poder, con la frialdad del príncipe y su política sin principios, dentro de una visión real y despiadada.

Más allá de la riqueza literaria del texto, esta sencilla exposición del pensamiento político sobre el arte de gobernar da cuenta de un universo diverso de los personajes que vemos a diario e intentamos conocer, con su corazón mal intencionado y difícil de desentrañar, “Esta es la política y te la enseño”, diría Maquiavelo.  

*Sandra Castillo, abogada, @sandra_doly

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