Los productores son quienes menos reciben por la venta de sus productos y el consumidor final es quien asume los costos más altos por adquirirlos.

Es inconcebible que el hambre continúe siendo una de las mayores problemáticas que padece la humanidad. Si bien actualmente nos enfrentamos a la pandemia del COVID-19, el hambre en el mundo es la causa de muchos de los rezagos y de las muertes que se presentan a diario.  

Este panorama no es consecuente con la meta que se tiene de bajar la pobreza extrema para el año 2030. Contrario a esto, se calcula que más de 130 millones de personas estarán afectadas por el hambre crónica en todo el mundo, una situación que tiende a empeorar en el contexto de la pandemia. Tal como lo advierte Naciones Unidas, cada día estamos más lejos de lograr disminuir la pobreza extrema.

El hambre está proporcionalmente relacionado con la pobreza; sin embargo, para combatirla no se requiere únicamente de recursos económicos. Se trata de hacer intervenciones integrales que incluyan un análisis multidimensional, de articulación institucional e intersectorial, donde se analicen factores coyunturales y estructurales para reducir la brecha de la inequidad y la falta de acceso a oportunidades.

La clave para combatir esta problemática y avanzar hacia una cifra de cero muertes por hambre es la articulación entre los diferentes entes del Estado.

Resolver la problemática del hambre en el país requiere también transformar la inequidad que se presenta entre el sector urbano y el rural, donde existen cifras alarmantes de inseguridad alimentaria, una brecha que se ha exacerbado como efecto de la pandemia. En Colombia, debemos revisar el sistema de abastecimiento agroalimentario y la incidencia que esto tiene en la alimentación de la ciudadanía. Es contradictorio que las cifras de inseguridad alimentaria en Medellín sean superiores que en área rural campesina, donde los cinco corregimientos tienen aún vocación agrícola y producen diferentes productos que comercializan en las plazas de mercado de la ciudad.  Aun así, los municipios se enferentan a la falta de apoyo técnico; no se tienen circuitos cortos de comercialización, ni acceso a financiación por lo que no resulta rentable cultivar, pues el pago que reciben a cambio de sus productos es mínimo, contrario al alto precio que deben pagar las familias como consumidores finales.

Para atender a esta situación; desde el Concejo de Medellín, hemos presentado el proyecto de acuerdo para construir la política pública que crea el sistema de abastecimiento agroalimentario en la ciudad, que busca quitarle trabas a la comercialización y dinamizar equitativamente ese relacionamiento entre los diferentes actores de la cadena: agricultor, transportador, mayorista y plaza de mercado y la familia como consumidor final. Se permitirá que los productos puedan llegar a la mesa de todos los hogares de Medellín a un precio más justo y de mejor calidad. Resolver el hambre parte también de ajustar los diferentes procesos, entre ellos, el de producción, distribución y abastecimiento.

En las actuales condiciones, los productores son quienes menos reciben por la venta de sus productos y el consumidor final es quien asume los costos más altos por adquirirlos. Esta situación a todas luces es inequitativa y aumenta las probabilidades de desnutrición y hambre en la población de menores recursos.

La situación se torna más compleja si se tiene en cuenta que el sector agrícola es el mayor empleador en el mundo y proporciona medios de vida al 40 por ciento de la población mundial actual. Es decir, este sector de la economía es considerado fuente de ingresos y empleos para los hogares rurales pobres, según análisis de la ONU.

Son muchos factores, el acceso a los alimentos depende también del nivel de educación, el entorno familiar, la vivienda y el estrato. Se calcula que más de la mitad de los hogares de Medellín presentan inseguridad alimentaria, lo que se evidencia en las comunas donde prevalece el estrato 1 y 2; por ello, este problema debe abordarse desde una mirada integral, buscando todas las vías posibles desde la educación y la generación de ingresos para que existan mayores probabilidades de superar la pobreza y, por supuesto, de saciar el hambre.  

Es de resaltar que hace pocos días se otorgó el premio Nobel de la Paz para el Programa Mundial de Alimentos de la ONU como una expresión que evidencia los grandes retos que tiene el mundo de corregir los problemas de inseguridad alimentaria, que inciden en calidad de vida de las personas.

Ante este panorama el llamado es a realizar acciones concretas que puedan proporcionar soluciones reales para la población. Mientras el hambre siga siendo una “papa caliente” que nadie quiere en sus manos, será difícil que podamos contener sus efectos, que sin duda alguna tiene gran afectación en el mundo entero.  

*Luis Bernardo Vélez Montoya, médico cirujano, de la Universidad de Antioquia, presidente del Concejo de Medellín @luisbernardov

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