El pelaíto que no duró nada.
Víctor Gaviria
Seix Barral
95 páginas

La vida tuya no valía mucho, por lo menos no para los otros, y vos lo sabías. Le importabas a tu familia, en especial tu hermano mayor, pero a pocos más. Lo que pasaba es que los tuyos tampoco sabían qué hacer con la vida: a veces no había ni con qué comer, el trabajo escaseaba y era mal pago y si no sabían cómo diligenciar su cuento mucho menos podrían ayudarte, entre otras cosas porque nunca tuvieron oportunidades para ofrecerte. Con el tiempo vos también te convenciste de que no tenías mucho valor para la sociedad. Por eso, te dejaste matar.

Aun así, un día quisiste ganarte un nombre en el barrio. A los trece años empezaste a ‘probar finura’, es decir, a reclamar un espacio con esa masculinidad distorsionada que exige ocultar las grietas del alma. Y entonces construiste con sangre un mito alrededor tuyo, te mostraste temerario, indolente, poderoso. Aprendiste a odiar y ya eras odiado. Conocías la muerte, le habías visto la cara porque vos mismo habías matado y muchos otros habían caído frente a vos.

La ciudad con sus luces te volteaba la espalda, te detestaba: “¡Quédate en tu cloaca allá arriba en las comunas, porque aquí no cabés!”, gritaba. Y terminaste atrapado con los iguales a vos en ese mundo donde las lealtades son pocas, la moral es un lujo y había que arriesgar la vida cada vez que querías llevarte algo al estómago, ponerte unos ‘pisos’ nuevos en los pies o simplemente ‘güeler’. Es que mirá que así de paradójica era la vida tuya: te jugabas el pellejo para comprar el veneno con el que estabas ayudando a la muerte a encontrarte.

Pocos sabían el nombre tuyo, porque era lo único que valía para vos. Era el último bastión de tu identidad. Eras Alexander Gallego, lo que pasó fue que Víctor Gaviria cambió el nombre tuyo para este libro y te bautizó Fáber Idrián Mendoza Ocampo, a quien todos conocían como ‘el trapia’ —apócope de ‘El trapiadora’—. Como sea, ahora que te mataron, tu hermano mayor habla de vos como ‘el pelaíto’, porque eso eras: un pelaíto, un niño, ‘mi hermanito’. Fuiste un niño cuando te hiciste adulto y un niño cuando la muerte te encontró ya viejo.

‘El pelaíto que no duró nada’ es otra de las piezas maestras con las que el mundo supo que en las vulnerables altas comunas de Medellín, las de la pobreza, la rabia y el abandono, las que el narcotráfico atrapó en su telaraña de sangre, había unas identidades desgarradas que reclamaban una mirada y un nombre.

Esta pequeña novela está construida como una confesión, como un relato que quedaría en el olvido —así como tantos— si no fuera porque el hermano mayor de ‘El Trapia’ se la contó el día del velorio a un tipo sensible como Víctor Gaviria, el cineasta, poeta y escritor colombiano. De ahí su lenguaje callejero, con esa musicalidad y esas formas crípticas para el foráneo: esta historia no se podría contar con otro sonido que no sea el propio, con su lógica audiovisual, juguetona y vertiginosa. ‘El pelaíto que no duró nada’ sirvió de inspiración para esa película fundamental para la narrativa colombiana que fue ‘Rodrigo D, no futuro’.

Hoy, treinta años después de su primera publicación, Seix Barral la rescata con una edición de lujo y con uno de los prólogos más lindos que he leído nunca, escrito por Laura Mora. No me hablen de nihilismo sin haber leído este relato necesario, tampoco de neorrealismo. No me hablen de poesía urbana sin conocer esta joya, dura como un zafiro, cortante como el diamante y bella como el nada pretencioso pedrusco que brilla cuando está bañado por el agua cristalina de un arroyo.

El pelaíto que no duró nada es el libro que hoy dejo en la biblioteca de La Línea del Medio.

*Mauricio Arroyave, periodista, lector caprichoso y frustrado librero, @mauroarroyave. Canal de Youtube El Ojo Nuclear.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here