El último misionero de Burgos

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El presente relato fue galardonado con mejor crónica con el Premio Pluma de Oro de periodismo APB. Concurso celebrado en la ciudad de Barrancabermeja el 29 de noviembre de 2018.

La primera vez que lo vi estaba sentado frente a un sagrario, permanecía absorto en silencio de autista y su sotana blanca, raída e impecable caía sobre sus zapatos muy bien lustrados de niño aplicado; no queriendo interrumpir, me acerqué a pie juntillas y le pregunté:

-“¿Está rezando?”- Con serenidad volvió la mirada y lo negó con la cabeza; me respondió en un perfecto gallego: “eu estou meditando” – (ahora estoy meditando) -. Siguió en la misma posición, ensimismado, indiferente a lo que sucedía a su alrededor. Esa actitud aumentaba su soledad, la soledad y silencio que caracteriza a los contemplativos; afuera, en la calle, un carro pasó raudo y el interminable ruido de la campanilla del paletero que pasaba a la una de la tarde no dejaba de repicar. El sol se había instalado por completo en el firmamento; con 91 años a cuestas, caminaba casi que arrastrando los pies por las polvorientas calles de Achí – Bolívar, municipio al cual retornaba después de 50 años a recoger sus pasos, según dijo. Ese día lucía sobre su cabeza un sombrero ancho que le defendía parte de su mejilla de asceta de la canícula de la tarde. A esa edad no es ninguna pretensión lucir algo para los demás; delante de él, abriéndose paso en medio del barullo de la gente, iba un joven empujando una carreta con todas sus pertenencias: una caja de cartón y una pequeña maleta. Él lo seguía religiosamente en la distancia.

El barco subía majestuoso, imponente, su proa cual cuchillo filoso cortaba el agua de lado a lado. Era imposible no ver su gran insignia “el Heraldo”; con sus 500 caballos de fuerza, subía a todo vapor por las aguas del río grande de la Magdalena; zarpó una madrugada del puerto de Barranquilla. Su destino era el territorio de la Mojana, seguir río arriba, desviar su curso y avanzar por el Cauca hasta un punto llamado Coyongal. Corría el año de 1952 y, en la emblemática embarcación, se había embarcado la campaña evangélica y protestante de la cual jamás se haya tenido memoria en la historia de Colombia. Hombres y mujeres de varias nacionalidades – Panamá, Puerto Rico, Surinam – copaban el barco, personas que se habían tomado muy en serio las 95 tesis de Martín Lutero con su reforma protestante, embriagados por la doctrina Calvinista que hacía cuatro siglos inundaba parte de Europa. Su objetivo final era el proselitismo protestante en la zona de la Mojana bolivarense y sucreña. Al otro lado del mundo, ese mismo año, en Burgos España, se habían embarcado cinco misioneros. Su misión era continuar el trabajo iniciado por los primeros prohombres provenientes de España en la década de 1922, petición hecha por la Madre Laura Montoya, hoy elevada a los altares, o mejor la primera santa colombiana, al arzobispo de Cartagena de la época monseñor Pedro Adán Brioschi. En esa primera encomienda desembarcaron sacerdotes como el legendario padre José Gabaldá, famoso porque una mañana con un grupo de campesinos, a falta de agua y la agobiante sequía en la región salieron, de la población de Majagual – Sucre y se internaron en medio de una vorágine que casi los devora. Con el rumor de la Sierpe y la leyenda de la marquesita respirándoles en la nuca caminaron días enteros por un territorio inhóspito plagado de serpientes y pantanos, abriéndose paso en medio de la manigua. Después de varios días de recorrido, avistaron el río Cauca; cuenta la memoria que este sacerdote arrojó una totuma a la corriente de agua, siguieron su curso y, cuando el artesanal instrumento se detuvo en un recodo del rio, pernoctaron e instalaron una pequeña tienda. Ahí instalaron su centro de operaciones. Su idea quijotesca, emulando a Aureliano en Macondo, era unir el río Cauca con Caño Mojana, la ciénaga mojanita, bordeando el municipio de Sucre – Sucre y desembocar al río San Jorge. A punta de palas, picos y mucho coraje iniciaron el sueño de lograr la navegabilidad y pesca todos los meses del año, lo lograron, abrieron un enorme boquete por donde entró parte del río. Esta megaobra de ingeniería artesanal se llamaría después “la boca del cura”, la cual llevaría el agua a todas las poblaciones cercanas incluyendo el municipio de Majagual. Hoy día no es ni sombra de lo que era; la ganadería y los efectos del cambio climático lo secaron por completo, lo liquidaron.

Sentado en una terraza, mientras miraba el ocaso de la tarde dijo: “El río se llevó todo, hasta los muertos”. Fue su frase melancólica, permaneció en silencio, meditando cada palabra. Las imágenes que se le venían a la mente se convertían en frases anudadas en su garganta. Evocaba al río Cauca devorar todo lo que encontraba a su paso, “cada día se llevaba algo nuevo” – decía – ; “la iglesia, la casa de las monjas, el cementerio y todo lo que se atravesara, el río recupera lo que le han quitado” – sentenció -. En la lejanía, el sol se había guardado por completo; de ahí se paró y me enseñó fotos vencidas por el tiempo: “aquí fue donde se empezaron a construir las primeras escuelas”. Señaló un pequeño mapa con su dedo índice el cual marcaba varios nombres: Bermudas, México, Guacamayo, Buenavista, Montecristo. “Ése era el nombre de las primeras escuelas que construí en la zona”; en una de esas fotos, un grupo de niños y adultos de la época (año 1954) posaban al lado de un hombre joven de rasgos europeos, enfundado en una sotana blanca. “La única forma de hacerle frente a esa campaña de proselitismo evangélico protestante y la ignorancia de la época, era construyendo escuelas, muchas escuelas, por medio de la educación”- precisó -.

Ha pasado medio siglo desde que se construyeron esas escuelas. El tiempo se ha detenido, se ha congelado; el abandono estatal sigue como el primer día, nunca se ha ido. Varios niños miran por una ventana forjada en hierro, un grupo de cerdos famélicos cruzan la plaza principal, el sopor es intenso, un moscardón revolotea el aula de clases donde una valiente maestra enseña el teorema de Pitágoras debajo de un techo de zinc agujereado y la inclemencia de 38 grados centígrados. El misionero se lamenta que esto aún siga sucediendo; no le interesa una interpretación de la realidad. Se levanta de donde hoy estamos hablando: Cereté – Córdoba, algunas familias pudientes lo han acogido… A él se le puede aplicar lo de Jesús en el Evangelio de San Mateo 19:29: “Todo el que haya dejado casa, hermanos, padre, hacienda por mí y el evangelio recibirá el ciento por uno en esta vida y, en la otra, la vida eterna’’. Sigue caminado y se interna en una pequeña capilla que ha construido a sus casi 100 años, una capilla cuya fachada es la réplica de la que aún permanece en Vigo España donde fue bautizado. Al fondo de ese pequeño sitio de oración, un grupo de personas lo acoge cariñosamente: “llegó el padre Gume”. Él es Gumersindo Domínguez Alonzo, el último misionero de Burgos.

*Ubaldo Diaz, sacerdote. Premio APB de periodismo Pluma de Oro 2018 – 2019, Barrancabermeja. Premio Nacional de Cuento y Poesía Ciudad Floridablanca.

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