En el Ejército confiábamos

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No se entiende que a los contradictores de la JEP no les duela esa Patria que reclaman superior.

Tal y como han exigido sus más encarnizados e impacientes contradictores, la Jurisdicción Especial para la Paz – JEP – empieza a dar pruebas irrefutables de que su trabajo avanza con firmeza y buen juicio. Pero, como ya es apenas lógico, esos mismos contradictores reaccionan con drama selectivo, como si los muy positivos avances que anuncia la JEP fueran una mala noticia.

La imputación del antiguo secretariado de las FARC con los delitos de “toma de rehenes y graves privaciones de la libertad” ha sido calificada por medios de comunicación y autoridades del derecho penal como uno de los avances más relevantes de la justicia en Colombia en lo que tiene que ver con el conflicto armado. Pero, como resulta apenas lógico, los contradictores de la JEP, muy atentos al populismo semántico, resolvieron que esa imputación quitaba importancia a los hechos por no llamarles secuestro y no reconocieron que la imputación de la Sala de Reconocimiento de Verdad es aún más severa que la del simple secuestro.

El trabajo de la JEP no se limita a lo que tiene que ver con las FARC. Además del secuestro, investiga otros crímenes cometidos en razón al conflicto armado. Entre esos está el conocido con el mote macabro de falsos positivos. En el desarrollo de ese caso, la JEP presentó un avance trascendental la semana pasada al establecer la estrategia de priorización para investigar, juzgar y sancionar a los máximos responsables de ese crimen y anunció, luego de un contraste juicioso de pruebas, testimonios y documentos, que el número de casos triplicaba los que reconocía la Fiscalía. Una buena noticia, pero, como era apenas de esperarse, los contradictores cuestionaron los datos y el trabajo de la JEP.

Pareciera que, en la lógica de los contradictores de la JEP, ésta no hace un trabajo serio y juicioso. Pero no por las razones que reclaman en público. No por el interés supremo de eso que llaman Patria, que es en lo que justifican el miedo que reparten y que aúpan para continuar con un proyecto político decadente y violento.

Es una lógica francamente indescifrable. No se entiende que a los contradictores de la JEP no les duela esa Patria que reclaman superior, que no les duela “nuestro glorioso Ejército” y que ni siquiera se permitan una reflexión sobre el dolor causado por el conflicto. No es creíble el alboroto que hacen por cuenta de la defensa de “la Patria” si no exigen de las instituciones el más hondo compromiso con la vida e integridad de todos los ciudadanos.

Los señores del secretariado de las FARC han aportado su versión, sometidos a un tribunal de justicia que los sancionará por haber determinado delitos de guerra. Son personas sobre las que la sociedad no esperaba un comportamiento ejemplar: en Colombia hay consenso sobre su responsabilidad y rechazo generalizado sobre sus métodos y sus formas. De eso no hay duda.

Desconcierta que las personas a las que el Estado les confió el uso de las armas, las personas sobre las que reposaba la confianza de la sociedad para, mal que bien, protegerla de la amenaza de secuestradores y terroristas –de la amenaza del conflicto al fin de cuentas–, no reciban un rechazo frontal cuando esa confianza se convierte en una simple herramienta para ganar reconocimiento a punta de terror. Sorprende, y mucho, que esa acción letal de las armas del Estado no merezca un cuestionamiento de los detractores de la JEP, y aún más, que aparezcan voces que justifican que un ser humano puede ser engañado para asesinarlo y presentarlo como un trofeo de guerra.

*Felipe González, comunicador social y periodista.

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