Le decía a una amiga que me siento como si me atropellara un camión pero, en vez de matarme, solo me dejara tres metros más adelante, donde otro camión haría lo propio. Así una y otra vez. ¿Alguien se siente igual?

Por primera vez, en cuatro años que llevo dedicado a la defensa de la paz en Colombia, he considerado parar. Colgar la toalla. Dejar la organización en la que soy voluntario, abandonar el proyecto que co-coordino y hasta esta esporádica columna que me facilita Laura. Nunca ha sido fácil, pero esta semana ha sido demasiado difícil. Preferiría quizás dedicarme a la economía naranja y ser de aquellos que no miran donde hay sangre. Ser de quienes corren para no mancharse. Quedarme del lado seguro del río.

Luego de cuatro años de trabajar por construir una paz, que nos prometieron y dijeron que era posible, para la gente de Colombia, es fácil sentirse frustrado con los resultados. Las 18 jóvenes asesinadas nos llenan de desesperanza y se unen a una depresión colectiva creciente. La violencia se vive más lejos a causa del encierro y el aislamiento incrementa la impotencia. En estos días se ha repetido que ser joven en Colombia es peligroso, lo cual es cierto. Pero, ¿qué no es peligroso en el Sagrado Corazón? Ser joven, por supuesto, pero también ser mujer, indígena o afro. Ser líder social, defensor de derechos humanos, periodista o ambientalista. Defender la vida y el territorio. Haber dejado las armas es más peligroso que hacer la guerra. Vivir por fuera de las ciudades o en los barrios populares es sentencia de muerte. Vivir en Colombia es una actividad de alto riesgo.

Esta semana he estado sumergido en una frustración permanente. Le decía a una amiga que me siento como si me atropellara un camión pero, en vez de matarme, solo me dejara tres metros más adelante, donde otro camión haría lo propio. Así una y otra vez. ¿Alguien se siente igual?

Pasamos de una romántica promesa de poder sacar la violencia de la política, el campo de la pobreza y el país del infierno. Nos desenamoramos y perdimos no una, sino dos veces. Hoy nos sentamos en las manos de la incompetencia sintiéndonos impotentes. Los vacíos que deja la esperanza se van llenando de rabia. Volvemos a ver las decenas de jóvenes, las centenas de excombatientes y, en cualquier momento, llegaremos al millar de lideresas sociales. Se nos van olvidando los números y, encerrados en casa, es cada vez más difícil gritar.

Al ver este panorama, agravado por el Covid y sus estragos, estaba decidido a dejar todo atrás. Darme por vencido, pues luego de dedicarle el 20% de mi vida a esto, no se había logrado nada y mucho se había retrocedido. Me sentía pequeño, aún condenado a esa soledad macondiana. Lejano y solitario. Ya había redactado mi carta de renuncia a Rodeemos el Diálogo Joven y había puesto sobre la mesa con mi co-coordinadora la posibilidad que tomara la coordinación del proyecto ella sola.

Luego me acordé de las palabras del padre De Roux luego del paro en noviembre: somos la generación que no está dispuesta a tolerar lo intolerable. No somos la generación que apagó el televisor cuando había masacres de 300 muertos y cuando había secuestrados durante más de diez años. Somos la generación que no aceptará un muerto más y que aprenderá a amar la vida.

Cada vez que veo a los más de 100 jóvenes que me han acompañado en encuentros de memoria. O que veo como las guardias indígenas y cimarronas en el Cauca siguen resistiendo. Cuando tomo una cerveza La Roja o un café de Planadas. Cuando veo las sonrisas de aquellas personas a quienes mataron tan mal que siguieron cantando, decido que tengo que aguantar. Que al otro lado de la frustración sigue existiendo ese país posible, que es más grande que cualquiera de nuestros gobernantes, y que no es un derecho sino una obligación.

“Si nos quedamos callados nos matan, y si hablamos también. Entonces hablamos.” dijo Cristina Bautista antes de caer. Ese recuerdo que nos trae César López en su última canción, “Hasta que amemos la vida”, esa lista de personas que perdimos y a la que ahora tenemos que adicionar 18 nombres, tiene que ser un himno. Cada vez que mencionemos un nombre, lejos de la venganza, debe ser una promesa de un país donde jamás volvamos a vivir lo que hoy nos duele. Tocará mencionarlas, entre lágrimas seguramente, y seguir gritando. Pronto podremos salir a marchar de nuevo por un rato; hasta entonces solo queda recordar.

El camino todavía es largo, pero un camino de mil millas comienza con el primer paso.

*Camilo Villarreal, estudiante de derecho en la Pontificia Universidad Javeriana. Activista por la paz. Co-coordinador Rodeemos el Diálogo Joven, donde ha desempeñado trabajos respectivos a la veeduría de la implementación, pedagogía y construcción de memoria histórica.

1 COMENTARIO

  1. Camilo te necesitamos. Necesitamos más personas como tu. No abandones el proceso. La valentía que tienes debe ser y será la que reconstruya esta sociedad que a veces, sentimos, va hacía a atrás, pero que no, no se puede. Nos negamos a seguir sintiendo y avalando la cotidianidad de la muerte y la desesperanza como himno del cada día.
    Mucho ánimo.

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