Avance del nuevo libro de Juan Alfredo Pinto como colaboración especial para La Línea del Medio.

Mientras Donald Trump inicia la fase álgida de su campaña reeleccionista cercado por el mal manejo del coronavirus, convertido en una especie de cow boy supremacista que trata de mantener la influencia mundial a través de su poderío nuclear, militar, informacional y financiero, XI Jinping, asediado por la menor confianza del mundo en el supuesto heredero del “Gran Timonel”, estimula el culto a su personalidad, se erige en gobernante vitalicio y lidera procesos de asociación que proclaman una influencia independiente y pacifista, la cual no logra disipar las dudas basadas en la teoría política del desarrollo de las fuerzas productivas, sobre el surgimiento de un nuevo ciclo neocolonial.

Es el final del año  2019, bicentenario de la batalla que selló nuestra independencia de España. Me encuentro justamente en Cartagena de Murcia, la bella ciudad de la Costa Cálida, aquel bastión republicano de la guerra civil, fortaleza española ante la invasión napoleónica y enclave levantino un tanto ajeno a los procesos de conquista de América pero protagonista de variadas resistencias civiles que nos dan cuenta de una enorme longanimidad, condición común con nuestra Cartagena de Indias, inigualable en su belleza y diversidad. Las dos Cartagenas son ciudades turísticas, puertos de cruceros y dueñas de patrimonios históricos reconocidos. Mis cavilaciones rondan justamente los significados actuales de categorías como la independencia, la interdependencia, la colonización mental y los riesgos de una nueva conflagración mundial a cargo de las superpotencias, ante los cuales la estructura multilateral, siempre a salvo por su mérito histórico y filosófico, aparece como una tabla de salvación porosa y quebradiza.

A lo largo de los últimos 60 años hemos presenciado algunas de las mayores transformaciones de la historia: Asistimos al surgimiento de la bipolaridad y presenciamos la guerra fría, tomamos parte directa o indirecta en la insurrección anti colonial y observamos el surgimiento de múltiples países, fuimos actores con mayor o menor protagonismo del desarrollo del movimiento anti imperialista que surgiera en América Latina bajo la influencia de la revolución cubana, en Colombia crecimos , vivimos y confiamos no morir bajo un conflicto de medio siglo cuyos estertores aún nos maltratan, asistimos a la forja del campo socialista bajo la influencia soviética y al distanciamiento y ulterior ruptura entre China y la URSS, fuimos testigos de la llegada del hombre a la luna y presenciamos el auge de los Estados Unidos mas también vivimos el festival de Woodstock y Paris 68, entonamos todas las canciones de los Beatles y conocimos la derrota norteamericana en Vietnam, padecimos el auge de las dictaduras en nuestro continente y el fracaso de los experimentos revolucionarios, presenciamos los avances transformadores de los países asiáticos y las mejoras significativas pero insuficientes de América Latina, fuimos testigos de los excesos de la revolución cultural china, presenciamos las honras fúnebres de Mao, la entrevista y aproximación de China y Estados Unidos a cargo  del propio Mao y de Richard Nixon con sus sigilosos artífices Henry Kissinger y Zhou Enlai, la caída de la “banda de los cuatro” y el ascenso de Deng Xiao Ping que desató en China la más grande transformación material de nación alguna. Concurrimos al auge del glasnost, la perestroika y a la desintegración del mayor estado federal de la historia con sus 22 millones cuatrocientos mil kilómetros cuadrados y a la reunificación alemana, la caída del muro y al enorme proceso de privatización del patrimonio popular de la RDA a cargo de la Treuhandanstalt, hemos sido parte de la llamada globalización con sus crisis periódicas y compartimos las consecuencias de la oscilación político y económica de los modelos neoliberal y neokeynessiano en los países en desarrollo con sus expresiones públicas manifiestas en ciclos de fragmentación y polarización y un pobre resultado en cuanto a la distribución del ingreso y la equidad entre géneros. El desarrollo de las fuerzas productivas ha sido el hilo conductor de las transformaciones culturales y productivas de gran incidencia en las sucesivas revoluciones industriales en las que participamos, siendo enormes los logros en cuanto a la acumulación , el desarrollo de las energías,  las formas productivas, las comunicaciones, el transporte, la urbanización, la bioeconomía y la mundialización de la vida social. Todos estos desarrollos van aparejados con ciclópeos desastres y fracasos. La crisis ambiental, el cambio climático, las migraciones compulsivas, las guerras, la desigualdad y la concentración, la depredación cultural , el consumismo, la no cohesión,  el hartazgo y las patologías propias de la contaminación y la fatiga psíquica, nos dejan ver al cabo de estas seis décadas que hemos producido un gran desajuste en la dupla formada por el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. La hipertrofia del primer componente ha desbaratado el segundo y las tecnologías emergentes como la inteligencia artificial, el big data, la manipulación vital y el déficit en la evolución política, parecieran estar llevándonos al límite de los desafíos.

La situación de los Estados  Unidos marca una coyuntura especial. Durante la administración a cargo de Obama la visión de la comunidad internacional sobre la primera economía del mundo mostró un mejoramiento. No así, la apreciación de la ciudadanía norteamericana sobre su propio país. La economía mejoró levemente y el gasto social se incrementó, sin embargo, la sensación de un debiitamiento del poder norteameticano  en el mundo se expandió y la evaluación de estrategias como la denominada “primavera árabe” arrojó un saldo negativo. El ambiente resultó propicio para la llegada de Trump y su victoria contra casi todos los pronósticos. Discurso nacionalista, restricción a la inmigración, barreras comerciales, revisión de tratados, cese de la aceptación de un escenario multilateral cargado de críticas y demandas a norteamérica, un discurso patriotero y valentón y un aire de desfachatez, robaron los afectos al norteamericano medio y permitieron a Trump superar obstáculos, reintegrar franjas del mercado interno a sus empresas, obtener reacciones al alza en el empleo y el crecimiento y salir fortalecido del intento de juicio por los demócratas y empezar a perfilar una victoria electoral para alcanzar la reelección. Los críticos de Trump admiten a regañadientes que contrario al uso general es uno de los presidentes que ha cumplido lo que prometió. Tal comportamiento es tan extraño, en esta fase de declinación democrática, que termina por convertirse en un problema al transmitir percepciones de sesgo autocrático. Empero, lo que marcó el punto de inflexión en la apreciación ciudadana sobre Trump ha sido la llegada del coronavirus y su funesto manejo. Resistirse a aceptar la evidencia del fenómeno, con independencia del suministro con retardo de la información y la discriminación en la aplicación interna/externa de las alertas por China, así como de la no discreta obsecuencia de la OMS, han develado su costosa porfía y tornado complicado el proceso polītico. El tiempo, ese administrador poco objetivo de la justicia histórica, irá emitiendo juicios que moldearán opiniones y desatarán variadas confrontaciones. La nación más poderosa del mundo acumula un mayor número de muertes por el Covid 19 que por todos los conflictos en los cuales participó durante los últimos cincuenta años. El impacto económico ha sido brutal particularmene en términos de empleo. El vaticinio sobre el próximo debate electoral es muy incierto. Los candidatos parecen dejar en evidencia la crisis en el liderazgo norteamericano. La persecusión a inmigrantes desdice del credo mayor de la nación norteamericana y los rebrotes de racismo e impunidad han agrietado la imagen presidencial.

Veamos la escena internacional a la luz de la teoría de las fuerzas productivas cuyo desarrollo no corre con la misma dinámica entre el factor humano y en lo referente al desarrollo de los medios de producción. El PCCH y sus economistas han sido rigurosos en la aplicación del método marxista de análisis del modo de producción. El movimiento de las cuatro modernizaciones no era otra cosa que la identificación de grandes obstáculos al desarrollo de las fuerzas productivas, barreras tales como la obsolescencia tecnológica de los medios de producción industrial y agrícola, el menor desarrollo de la infraestructura, un pobre y poco diversificado desarrollo del capital humano, la simulación en baja productividad por los trabajadores sin incentivos al crecimiento y mejor desempeño, los mecanismos de distribución comercial totalmente anacrónicos al igual que los procesos de innovación , investigación y desarrollo de los servicios, el aislamiento respecto a la economía internacional, el menor avance de la industria militar, la expansión demográfica y el inmovilismo socio laboral. Lo que no se modificó fue la estructura del  poder una vez cumplida la purga de los ortodoxos. La nueva cúpula sabía que el viraje económico se alcanzaría más rápidamente dentro del esquema vertical mono partidista y que el encaramiento ante fenómenos como la corrupción, la superpoblación y la degradación ambiental, los cuales llegarían como parte de la avalancha pro mercado, sería posible con menor riesgo de inestabilidad y un buen manejo del “centralismo democrático”, la comunicación monofónica y la satisfacción colectiva medicada.

Los logros materiales de China en lo económico, tecnológico y en los indicadores paramétricos del nivel de vida durante los últimos 40 años son abrumadores. No hay país en la historia que pueda mostrar tal evolución. Disminución del analfabetismo  en más de 60 puntos, aumento del 70% en escolaridad, reducción de la mortalidad infantil , aumento de la expectativa de vida, eliminación de la pobreza para más de 700 millones de personas y aporte de un 28% al crecimiento global. Primer exportador mundial de mercancías incluidos productos con componentes tecnológicos, un crecimiento promedio del 9.4% anual. Curiosamente, aunque los órdenes de magnitud no son comparables, casi el único país que muestra transformaciones similares es Taiwán. Son admirables los logros de este capitalismo unipartidista con severo control político. Los chinos han sido por milenios grandes comerciantes. Poco les importó el retardo en su admisión  en  la OMC y su vacilación para reconocerlos como economía de mercado. Aún no los sonroja que el mundo sonría cuando les escucha autocalificándose como país en vía de desarrollo. Si se trata de las definiciones clásicas China no es una economía de mercado, si se observa su voracidad es un jugador osado, combativo,  con capacidad de transgresión y reiterativa prédica auto absolutoria. No se trata de juzgar, su meta es desarrollar a todo dar sus fuerzas productivas y para ello, al menos hasta ahora, les ha valido el control de los precios internos, los tipos de interés, la tasa de cambio, un modelo de supervisión fuertemente restrictivo de la banca o de Internet, una planificación central bajo la orientación del Partido Comunista.

Lo que reduce progresivamente el reconocimiento a China es su modelo político. No es un problema de diferencia con occidente o de idealización de la democracia tan cargada de deformaciones en la geografía política global. Es un asunto relacionado con el peso de la evidencia. Tras la especie difundida según la cual no es posible manejar una nación de 1450 millones de habitantes dentro de un sistema plural o hetero direccional, se esconde el aserto más cercano a la verdad: es imposible manejar una nación que se acerca a los mil quinientos millones de habitantes, con muchas nacionalidades y formas de pensamiento, bajo el esquema de un partido único, un líder único, un modo de producción único, una comunicación unilateral, una educación monodireccional, como es imposible pretender la elevación espiritual y filosófica de una sociedad sin libertad de expresión, movilización, creencia, que inhibe el flujo de propuestas sobre la estructura de poder, la organización del estado, la forma de ejercer el gobierno, la estructura familiar y la reproducción. Si queremos reconocer los legados del marxismo, uno de gran importancia es la crítica filosófica y política.

Cuando en Occidente se hace la invocación de los principios tutelares de la democracia en la antigüedad clásica, se prescinde de la crítica evolutiva de la democracia y de la libertad económica, creando formas distorsivas y vacíos en el sistema político tal como lo expuse en el primer capítulo de este libro. Cuando a nombre de las ideas comunistas se hace la invocación del interés colectivo y el bienestar basados en el desarrollo de las fuerzas productivas visto desde las ciencias pero excluyendo la filosofía y la política o evaluado en términos de suministro de servicios sociales y mejora física de lo económico o del acceso a las prácticas artísticas o deportivas de la población, se ignoran aspectos esenciales de lo humano, de lo vital, de lo trascendente y aparecen en cualquier sistema las justificaciones  para la permanencia inmutable en el poder por sus detentadores.

Igual se miente en Occidente exaltando el ideal democrático cuando el mundo corporativo manipula el avance de la ciencia, las prácticas de consumo, los certámenes electorales, la composición de las estructuras productivas y de los insumos que concurren a la matriz insumo-producto, al igual que el flujo de información y  capitales, muchos mercados mundiales, el sector financiero y la esfera internacional de las comunicaciones. Con sutiles diferencias se maneja la dialéctica del poder y la forma de gobierno en los países poderosos que se declaran poseedores de otras visiones y valores diferentes a los occidentales. Opresión de minorías, relaciones neocoloniales, endeudamiento condicionado, manipulación informativa, intervención sobre libertades individuales, direccionamiento sobre la comunidad científica, falso respeto a la hipótesis religiosa , persecusión sistemática a la divergencia e irresponsabilidad ambiental encubierta. Unos y otros mienten. No importa si lo hacen citando los principios de la revolución francesa, los pensadores greco romanos, los libros sagrados o las retóricas moralistas conservatizantes, tampoco si lo hacen invocando a Confucio o a las enseñanzas de Tucídides en torno a la guerra del Peloponeso, a las tradiciones orientales o al revisionismo dentro de las ideas socialistas. La capacidad autocrítica no aparece en el liderazgo mundial. Lo que surge es el reencauche de los nacionalismos militares y económicos, la autorreferencialidad, el poder de círculos concéntricos, las presencias mesiánicas y caudillistas, pertrechadas en la cuestión nacional, en esa mezcla de complacencia y autoridad vertical que comporta casi toda tiranía.

La puesta a prueba de un liderazgo inferior al ciclo histórico, es la incapacidad para encarar los grandes problemas y la exclusión planetaria. Con la honrosa excepción de Angela Merkel, el único ejemplo del ejercicio del gobierno con conocimiento, capacidad decisoria ante problemas como las migraciones y la reorientación hacia la sostenibilidad, prudencia, lealtad a los principios , flexibilidad en los métodos y honestidad, estamos en un mundo de grandes problemas y pequeños líderes. Es lo que escribo con la expresión mixta HIPERliderazgo. Cuáles son esos grandes temas ante los cuales los mandatarios de países muy representativos no dan la talla y carecen de capacidad autocrítica, eluden el abordaje de reformas concertadas y se muestran reacios a favorecer la reorganización de las instituciones multilaterales. De qué manera la hipertrofia de sus poderes internos los ha llevado a perder la correlación con el sentido de la historia de un mundo que no les cree, cae en el hartazgo y la desesperanza y vive desoyendo en plena sociedad de las comunicaciones, ignorando en medio de la sociedad del conocimiento, temiendo a pesar de que los jefes le ofrecen seguridad, dentro de un ambiente contaminado pese al desarrollo tecnológico, fatigado pese a la innovación o por causa de ella. Cuál puede ser el rumbo  de un mundo que pregona la globalización como un acuerdo de concurrencia solidaria, competitiva, y termina convertido en un gran casino de apuestas individuales de naciones poderosas. Una enumeración básica de los problemas que han excedido hasta el presente las capacidades de estos HIPERlíderes incluiría entre otros los siguientes asuntos:

  • La incapacidad para regular el uso de la analítica de datos y sus mecanismos de información. El mundo ha conocido las restricciones a la autodeterminación de las naciones pero siempre ha resistido la intervención ajena en la determinacion individual. Tal aventura, por sutil y sofisticada que se pretenda, es autoliquidadora. La regulación es pertinente para salvaguardar la libertad y sus límites.
  • La expansión expresa o velada de los arsenales nucleares y de las armas de largo alcance en regiones altamente pobladas y en países de alta complejidad histórico-política. El lento progreso en materia de desarme y el indolente mercado de todo tipo de armas son vergonzosos. El asunto nuclear coloca al mundo ante el gran interrogante, las próximas décadas pondrán a prueba la fuerza disuasiva de las retaguardias nucleares o el uso devastador de su capacidad destructora especialmente por los poderes batiéndose en retirada.
  • La conculcación de la libertad individual es un gran peligro. La relación entre libertad y seguridad siempre tiene desajustes y salvo contadas excepciones no conoce de equilibrios perfectos. Lo que ocurre actualmente es que estamos permitiendo un clima en el cual parece justificarse la eliminación de las libertades en favor de la seguridad, como si fuera admisible dejar la vida y hurtar la libertad, clásica definición de tiranía.
  • Ante las advertencias de personalidades con amplia audiencia como el magnate Bill Gates sobre la aparición recurrente de pandemias y su impacto devastador, los líderes mundiales hicieron oídos sordos. Las pandemias son transversales mas no sus consecuencias. Un liderazgo que asigna prioridades equivocadas construye un mundo escindido donde el derecho a vivir es pleno para una minoría y contingente para la mayoría de los seres humanos.
  • La rebelión religiosa frente al mercantilismo y el consumismo por una parte, y la supersticion como mecanismo de alienación transformado en fuente de rentas de gran magnitud por la otra, no han sido tratados con altura por los líderes contemporáneos que han preferido una suerte de connivencia para el control social, con retroceso para el secularismo y para la libertad de cultos. La libertad de cultos debe protegerse y la limosna regularse a la manera alemana.  La caridad es mucho más que la limosna. Tratar de cercar a las religiones es tan perjudicial como utilizarlas para fines políticos, dos prácticas frecuentes del HIPERliderazgo.
  • La incapacidad de reformar y transformar el sistema de Naciones Unidas y la arquitectura financiera global.  Tratar de aquilatar la posición propia es admisible si en paralelo se aboga por un sistema representativo de realidades sin artificiosos privilegios y con gravitación sobre los grandes problemas.
  • La cuestion ambiental y el cambio climático.  la mayor disrupción que puede sobrevenir es la proveniente de una o varias tragedias ambientales y y/o climáticas que hagan inviable la forma de vida centrada en la produccion y el consumo insostenibles. El cambio climático está en la boca de todos los líderes y en las manos de nadie.
  • La generalización del desarraigo ético y la corrupción de grandes proporciones en la vida social. En este libro se ha señalado como un problema capital la lumpenización de la sociedad en América Latina. La impunidad global , el desbalance en la punición y la sanción moral, nos hablan de una lumpenización global que no es ajena a los líderes. Los casos del narcotráfico, la trata de personas y el mercenarismo son ilustrativos.

Hemos pasado revista a los liderazgos de mayor influjo en Latinoamérica, a su proceso de desarraigo ético y lumpenización. Hemos explicado  los fracasos del populismo de izquierda y el desempeño salpicado de inconsistencias de lo que, suponía la crónica política, iba a ser un ciclo rectificador de gobiernos de derecha. La voz del grafitero hace síntesis en la pared bogotana: “la izquierda resultó siniestra al gobernar y la derecha poco diestra”. No comprende el paladín callejero que los modelos superados y sus discursos ideologistas ya no merecen su noble consideración. Sus reconquistas serán reediciones de fracasos. El caso doloroso es el de AMLO. Su persistencia en la aspiración presidencial hacía creer en una persona madura hecha a los asuntos del estado y a su evolución. Su discurso no revela una gran carga ideológica. Su ideología mas bien suele recalar en una predilección por algo diferente a lo popular que es el resentimmiento pobrista. Lo popular es la expresión respetable del pueblo en la vida social, la muestra cierta de su presencia física, cultural, económica y política. Quien no comprende que la solidaridad requiere solvencia y cree que exacerbando sentimientos contra el empresario logra avances distributivos, sólo  consigue retrocesos. Se debe en ocasiones aplicar una política fiscal severa que exija esfuerzos a quienes pueden realizarlos. De hecho en este libro he propuesto, en diversos apartes, la promulgación en Colombia de una ley de compensación de cargas que permita la inclusión activa de muchos ciudadanos en la economía de mercado más allá de la bancarización. Y he colocado como ejemplo políticas públicas de titulación de propiedad muy exitosas. Pero hacer del acto de gobernar una profusión demagógica es despreciar al pueblo y manipularlo, todo lo contrario a servirlo. El manejo del Covid 19 no se reduce a un par de errores, es una sarta de equivocaciones que han conducido al debilitamiento del sistema de protección social.

La crisis del liderazgo es intercontinental y muestra una fase degenerativa del sistema democrático y de las estructuras verticales de gobierno que sólo pueden superarse si los ciudadanos toman conciencia de ello y se hacen partícipes de procesos de diferenciaciòn y afirmación políticas que, tal cual lo pregonara Luis Carlos Galán hasta su muerte, “no se subordinen a los métodos y transformen las costumbres políticas”. Dos liderazgos de alta influencia y significación regentan la responsabilidad ejecutiva en India y Rusia.  He visitado recientemente Rusia y pude constatar el respaldo popular del cual goza Vladimir Putin.  Ha sabido interpretar y reforzar los sentimientos patrióticos del pueblo ruso y pese a ciertas dificultades económicas el país muestra avances sociales y un dinamismo notable en términos del desarrollo local y de los bienes públicos forjados en el ciclo socialista que Putin durante los últimos tiempos ha evitado denigrar e incluso ha exaltado. Tal infraestructura está en proceso de recuperación  y modernización. El relato ruso sobre su historia nacional ha dejado de ser una sucesión de condenas y absoluciones. La reivindicación de lo histórico-cultural  y político es un diferenciador en el caso de Rusia respecto de otras naciones poderosas. Esos grandes vectores en la formación de la nación rusa: la presencia del cristianismo desde el año 988, el alfabeto cirílico, el ícono y la herencia bizantina, el indiscutible influjo de Pedro I en el siglo XVIII, la revolución bolchevique y la decisiva participación en las guerras, son hitos y motivos de la nación rusa para explicarse aún en nuestros días. La distorsión que afecta al liderazgo ruso tiene que ver con el estrecho círculo decisorio, las extendidas formas de corrupción, la hipertrofia de lo militar, la opresión de minorías y un intervencionismo con visos de nostalgia y pretensión sobre las exrepúblicas soviéticas y el medio oriente. El acompañamiento a regímenes como el sirio o al ilegítimo gobierno de Maduro habla de una solidaridad sin consideración ética que se ejerce obteniendo réditos económicos como en una suerte de neocolonialismo ventajista y primitivo.

Tuve la suerte de conocer a Narendra Modi y compartir algunas veces con el, como Chief Minister de Gujarat. Su victoria y su reelección fueron el resultado de su gran gestión como gobernante de ese estado y de la declinación política y ética del Partido del Congreso antes que del soporte del BJP que siempre ha practicado los métodos clientelistas de subordinación alienada. Modi es un gran trabajador del servicio público y como líder político es un buen intérprete de la potencialidad del sector privado en la tarea del desarrollo. Entre las grandes naciones India viene marcando la pauta del crecimiento aunque ha perdido dinamismo en los dos últimos años. La distorsión que afecta su consistencia y lo que podría ser su aportación histórica tiene que ver con una cierta incapacidad de quebrar la tendencia al crecimiento concentrador, mejorando más significativamente la distribución y la inclusión. Las brechas sociales son tan profundas en India que no es concebible un gobierno apenas satisfecho con un cierto progreso social. Para marcar la diferencia es preciso escalar la mejora social y lograr puntos de inflexión irreversibles. Y para resaltar la diferencia con el liderazgo medianejo que predomina globalmente, es preciso avanzar en la lucha contra el castismo y el comunalismo, los dos mayores obstáculos para el progreso de la India y mantener los equilibrios garantistas de la diversidad y el secularismo, valores superiores de la Constitución india.

Los golpes de realidad derriban a los líderes sin retaguadia moral y con cimentación arenisca. La gestación de otro tipo de líderes que sustituya a los césares de la decadencia es responsabilidad ciudadana. Los relevos pueden ocurrir pero el mundo requiere que la ciudadanía salga de la perplejidad y de la desesperanza para gestar una generación de líderes a la altura de los problemas planetarios, sobria, densa y con gran basamento espiritual.

*Juan Alfredo Pinto, economista y exembajador en India y Turquía @juanalfredopin1

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