La cuestión ambiental, la debilidad institucional y la crisis de la meritocracia

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A partir del diálogo entre Yuval Noah Harari y Michael J. Sandel, Juan Alfredo Pinto reflexiona sobre un mundo que colapsa. 

Yuval Noah Harari volvió a la carga en el cierre del 2020. Lo hizo en el Foro Telos 2020. El gran valor que se debilita día tras día es la confianza, precisamente en medio de la construcción de un mundo donde es preciso confiar en interlocutores que no conocemos en detalle y en instituciones impersonales con las que interactuamos en red. Por su parte, Michael Sandel, filósofo de grandes audiencias, reafirmó su pensamiento acerca de que la idolatría al mérito en las sociedades de nuestro tiempo, lejos de materializar el ideal democrático, viene agudizando la desigualdad y los resentimientos. Los dos planteamientos parecieran un cóctel explosivo reteñido de desconfianza

El Foro Telos 2020, organizado por la Fundación Telefónica, se celebró el pasado 21 de noviembre y contó, en modalidad virtual, con un grupo de pensadores, académicos y líderes de diversos sectores, convocados bajo el título Un mundo en construcción: 10 personalidades y una mirada transversal en busca de un nuevo modelo social. Es un evento donde el credo tecnológico predomina como corresponde a la intención de sus auspiciadores, quienes se reconocen como tecno-optimistas o como se les denomina: tecno-fideistas. Harari presentó la versión de su libro Sapiens como una historia gráfica con el subtítulo El nacimiento de la humanidad. El libro, bajo esta modalidad editorial, es un aporte a la propedéutica de la historia, por cuanto la imagen revela por definición aspectos que son discrecionales cuando el texto es escrito.

El Foro Telos  también contó con la presencia de Michael J Sandel (1953), premio Príncipe de Asturias. Su curso sobre justicia es el más concurrido en Harvard y su esfuerzo por extender el debate sobre filosofía política a muchos ciudadanos, especialmente jóvenes, lo ha llevado a completar los aforos de la catedral de St. Paul en Londres, el estadio al aire libre de Seúl y la ópera de Sydney. Su libro La Tiranía del Mérito ha pateado el tablero cargado de elogios sobre la meritocracia al advertir que su idealización ha creado una división profunda entre vencedores y derrotados.

Apenas una semana después del Foro Telos, los dos pensadores coincidieron en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, dentro de un ambiente diferente, más controversial, como corresponde a la naturaleza del certamen, en el cual adelantaron un sugestivo diálogo bajo el título Los dilemas de un mundo que colapsa.

El tema de la desconfianza es crítico. Los líderes a escala global, al carecer de explicaciones serias y comprensibles para los ciudadanos, caen en fantasías nostálgicas dentro de lo que denominamos retrotopía (ver mi libro Ádeiocracia, HIPERliderazgos), emiten plazos que deben ajustar y prometen tiempos mejores cuando las situaciones tienden a empeorar en muchos planos. En lugar de preparar a la gente para el futuro, sacan las viejas recetas que no conmueven a los ciudadanos en sufrimiento. Por eso, los discursos nacionalistas y de religiosidad liviana cautivan por un corto tiempo, mas luego causan desazón y hartazgo. No toda la gente entiende la importancia de comprender las epidemias y, antes que promesas de cambios radicales, dice Harari, desean estabilidad, seguridad y hallar significado para sus vidas. Afirma que el ancla de los libros sagrados de los diferentes credos no es respuesta ante los problemas climáticos, la expulsión del mercado laboral, los problemas de la ingeniería genética o el control social vía inteligencia artificial. Los políticos en un buen porcentaje no pueden explicar lo climático, las modificaciones de la ingeniería genética, y sus seguidores en alto número no pueden comprender tales explicaciones si las hay. Ese desfase promesero, ligado con la corrupción, socavó la confianza. Mucha gente habla de reinventarse pero, en opinión de Harari, ésta es una expresión que puede calzar mejor a los niños. La dinámica de las competencias requeridas para los nuevos empleos es muy intensa. Según su pronóstico, los empleos destruidos durante los dos últimos años serán llenados por jóvenes con otras competencias entre el 2021 y el 2025. Las plazas laborales que aparezcan hasta 2025 van a modificarse o acabarse en 2031. Durante el siglo XX, hubo confluencias parciales entre las vertientes de la dinámica laboral pero no se produjo un gran avance en el conocimiento extendido y útil. En este siglo se requiere un salto mayor; ahora los ciclos de sube y baja laborales estarán cargados de repechos y anfractuosidades. La brecha demanda mucha gente adaptándose, pero, a los humanos eso nos toma tiempo. Esa brecha dará lugar a variadas formas de totalitarismo, según su apreciación. La respuesta sería la cooperación pero ésta luce muy pequeña frente a las necesidades. No hay incrementos de magnitud en la cooperación económica, tampoco en la cooperación científica. No hay un plan global.

Aceptar e interpretar este escenario con realismo, con un nuevo realismo, debe hacerse con otros modelos políticos. Es preciso superar las contradicciones entre globalismo y nacionalismo, entre solidaridad global y unificación por lealtad nacional. Los recursos biométricos al servicio del poder son temibles. El profesor de Jerusalén es categórico. No sólo saben qué haces, qué piensas, también cómo sientes y cuál puede ser tu potencial para la bondad, o para la maldad. Nos queda recibir esto que vivimos como una llamada despertadora.

Harari es optimista acerca de que la pandemia del Covid-19 será superada. Penosamente no será uniforme tal proceso de superación. Pero se cuenta ahora con la tecnología para que el mundo se mueva en modo recuperación en lo que a Covid 19 respecta. Su gran preocupación debiera ser la de todos: es el asunto climático. Las tragedias climáticas en ciernes son mucho más graves e impactantes. Y el proceso de pérdida de confianza trae consigo la debilidad institucional del sector ambiental. Sus previsiones en este campo son angustiosas. 

El caso de Colombia es un ejemplo que expresa de forma nítida esta problemática. Tenemos un sistema ambiental que, en términos de desarrollo institucional, puede estar en un nivel intermedio. Empero, nuestras corporaciones y toda la estructura de preservación, control, restauración y corrección estratégica, incluidas las organizaciones de la sociedad civil, son muy débiles. A esa democracia de cascarón, vacía, a la cual sobrevivimos en medio de un posacuerdo frágil afectado por el narcotráfico y la criminalidad residual, se suman la inoperancia, la violencia contra ambientalistas, el bajo impacto y la incapacidad para actuar contra las legiones criminales de depredadores de variado orden, capacidad destructora, tramitología obstructiva para la implementación de las decisiones judiciales y líderes complacientes. Hay equipos técnicos solventes, aunque dominantemente citadinos y en ciertas regiones, el sistema no ha escapado a la corrupción. Abundan las declaraciones emocionales, los discursos “clorofílicos”, mientras los problemas se multiplican. Es la ádeiocracia ambiental. Nuestro cuerpo institucional no ha logrado elevar el conocimiento medio de la población sobre la cuestión ambiental y el agotamiento o deterioro de nuestros recursos se manifiesta en la pérdida de ríos, escorrentías y cuerpos de agua, el bajo nivel de la cobertura en el tratamiento de aguas servidas, la deforestación, la minería ilegal, el asedio criminal sobre la vida salvaje, una primitiva gestión de residuos y una economía circular que más parece un hula hula roto. Tenemos un código pionero y un diseño institucional de cierto mérito, pero la gestión deja mucho que desear  y la ciudadanía no logra apropiar la preceptiva, ni siente cariño y respeto por esa  institucionalidad sin enjundia. Hay una extendida sensación de impunidad ambiental que redobla la desconfianza.

Estaba presenciando en directo el diálogo de los profesores Yuval Noah Harari y Michael J Sandel en Guadalajara en la FIL Guadalajara. Se produjo la interacción entre los dos cuando alguien preguntó cómo se percibía el liderazgo global en esta materia. Tal vez fue Sandel el que dijo: Si estuviéramos en una reunión de líderes internacionales, tendríamos la sensación de que no hay ningún adulto en la sala.

En opinión de Sandel, el éxito populista de derecha corresponde con el fracaso de los partidos políticos tradicionales y, particularmente, es un síntoma de graves fallas de las políticas de democracia progresiva o social. El progresismo democrático ha fracasado en su tarea histórica de proveer un contrapeso a la concentración del poder económico.  El profesor Sandel considera que tales fuerzas aceptaron acríticamente el libreto que empezó con el reaganomics, una fe ciega en el mercado y en la concentración de la riqueza y la renta, en la desregulación financiera y en la liberalización laboral. La izquierda no tuvo la capacidad de fraguar propuestas políticas diferentes más allá de lo testimonial. Vendieron el ideal del mérito como respuesta al libertinaje económico, una ruta para la individualización de las precauciones: “what you earn depends what you learn”, “lo que ganes depende de lo que aprendas, ve a la universidad y obtén un título”.

Y se idealizó la meritocracia, incluso peor, se confundió el ideal con el ídolo. En el caso de Colombia, muchos jóvenes esquilmaron a sus familias para obtener el título; millones dejaron carreras truncas, pero sobre todo,  millones siguieron sin acceso a la educación de calidad o, por problemas estructurales, apenas si pudieron continuar haciendo lo que ya realizaban. Hubo desempleo profesional en diferentes campos, luego creciente desempleo juvenil y femenino, y, tras el Covid, legiones de jóvenes NiNi, aquellos que ni estudian, ni trabajan.

Los partidos progresistas no rechazaron el irreal paradigma. Apenas usaron la escofina para limar las asperezas. Se sabía que la educación crea oportunidades y achica distancias. Pero muy pocos advirtieron lo que la realidad transformó en evidencia. La educación, separada de las variables estructurales, no es suficiente para mover la rueda del desarrollo. El mensaje intrínseco de la hipótesis meritocrática era humillante. Si fracasas, es tu culpa. Sandel es severo: los resultados no se dieron y la irritación fue mayor; a la desigualdad en el ingreso se sumó la desigualdad en el honor y la estima. Los economistas que fabricaron la hipótesis del logro unipersonal por encima de todo pasaron de agache y la desconfianza se tomó la política. Ahora nos corresponde, en medio de la fragilidad pospandémica, dar estatus legal a las políticas compensatorias. La desigualdad no es sólo económica. Debemos edificar una economía de la valoración, una economía del honor y de la dignidad.

Fuerzas progresistas que no interpelaron la meritocracia, según Sandel, lo hicieron mejor en las batallas contra el racismo, por la equidad entre géneros, contra la misoginia y la xenofobia.

Los partidos auténticamente democráticos deben plantear soluciones a los excesos del capitalismo y nuevos métodos son necesarios para educar en favor de la sostenibilidad, en la comprensión de los asuntos climáticos, en la apreciación del patrimonio natural. El nacionalismo, afirma Sandel, es una peste cuando aglutina para odiar. Las dictaduras promueven la guerra, no la democracia. El populista crea división entre la gente real y sus seguidores; es la polarización. El populismo divide, no une. Los autócratas no construyen solidaridad o comunidad. El demócrata auténtico es gestor del bien común. Reanimar una vida cívica, dice Sandel, significa control democrático a las élites. ¡Cuánto recordé mi libro “Interpelación a las élites” (Editorial Oveja Negra )! Ya en la conclusión del diálogo, Sandel Harari exhortaron a la concurrencia global y a los presentes en el Foro de Guadalajara, a trabajar por una comunicación accesible e incluyente. Como académicos, honraron su respeto por la ciencia, pero expresaron su preocupación por su orientación tecnocrática. Con la exaltación del mérito, los tecnócratas instauraron lo que Martha Nussbaum denomina, la tiranía de los MBA. Se tornaron arrogantes y los autócratas acogieron la frase “yo creo en la ciencia” como discurso político, como un garrote:

La ignorancia o la superstición son obstáculos, pero, no siempre es así. Cuando alguien rechaza el tapabocas, no es pura ignorancia o un planteamiento de base científica diferente. Es desconfianza en las élites, dijo un Sandel, cargado de ironía; los tecnócratas y los economistas desacreditaron el conocimiento científico en la fase de auge neoliberal. Y no han pagado la factura.

*Juan Alfredo Pinto, escritor, economista, miembro de la coalición Rizoma y exembajador en India y Turquía www.juanalfredopinto.com @juanalfredopin1

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