Al personal sanitario, que lucha todos los días en la primera línea de batalla.

Parafraseando el microrelato de Augusto Monterroso: “cuándo despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”; frente a mí no había dinosaurio o dragón, pero sí una bella mujer sentada frente a un computador digitando algo en el teclado y atendiendo sin mirar a un hombre de conversación agitada que la inquiría sobre una remisión. Un silencio reinaba en la sala; habían pasado diez o quince minutos desde que me “remitieron” a esa EPS con un fuerte dolor abdominal y el hombre que discutía con la bella nos miraba reiteradamente buscando aprobación. Finalmente, gruñó y fue a sentarse furioso al final de unas inmóviles sillas de color azul. La bella seguía sin mirarlo buscando lo que sería su nombre en un fichero, levantó la mirada y preguntó:

 − ¿Usted está afiliado a una EPS o IPS – el hombre sin mirarla murmuró: – “de qué sirve estar afiliado a una cosa o la otra, si todas son la misma mierda”, estas EPS han dejado más muertos que la misma guerra y en esta pandemia montaron su negocio con las clínicas y funerarias – La mujer no se inmutó. Hubo un silencio largo, triste, al escuchar la anterior afirmación; los que estábamos en ese sitio parecido a la antesala del “pabellón número seis” del cuento de Chejov nos cruzamos las miradas de manera horrorizada; la bestia encarnada en ese hombre estaba a punto de agredir a la “bella” que ahora nadie podía defender porque todos estábamos incapacitados. La señora del lado tenía su brazo encabrestado, el otro hombre que estaba al frente no sabía lo que estaba ocurriendo porque sus oídos estaban taponados por dos audífonos mirando fijamente la pared como poseído; en sus brazos y cuello exhibía varios tatuajes y pulseras de pectorales indígenas multicolores, a juzgar por su atuendo tal vez era un ayudante de brujo o iniciado en el yagé.  Las imágenes repetitivas casi que en secuencia de un canal privado de televisión mostraban a un hombre obeso que danzaba al lado de una modelo haciéndole bromas; al fondo en la misma escena, un público libreteado no paraba de reír y aplaudir. La mujer nos dijo a todos:

-si quieren , ¿les cambio de canal?, e inmediatamente hizo el zapping, a pareció como de la nada caminando a pie juntillas, el chapulín colorado con su cipote chillón sobre uno de sus hombros.

La bella o la misma que cambió de canal era una mujer de 25 años, de modales y hábitos finos, alta estatura, ojos negros y tristes, enfundada en un saco de líneas negras y amarillas parecida a la extinta abeja maya. Su cabello recogido por un adorno blanco de felpa emulando las orejas de un conejo le daban un aire de “conejita” del extinto emporio playboy. La bestia o el hombre que la seguía acosando por la remisión era un tipo de dicción de ráfaga, tenía un tic nervioso igual al del protagonista de la aclamada cinta los huérfanos de Brooklyn, siempre portaba sobre su hombro un poncho, minutos antes se había apeado de una camioneta 4 X 4 que permanencia parqueada debajo de un árbol, que varios hombres veneraban en silencio; debajo del escritorio, se consumían dos palillos de incienso y su humo inundaba la sala. La bella seguía escribiendo o “chateando” – la verdad poco me importaba – y no era mi intención averiguarlo por el fuerte dolor que me agobiaba. Por el mismo pasillo, había otras salas que tenían inscrito: “sala de partos”, “sala de neonatos”. La sala donde estábamos podría haber sido bautizada “la sala del dolor”: un niño lloraba, una mujer gemía, el hombre de la fallida remisión sentado en la misma silla evocaba algo en su memoria, refunfuñaba cerrando los ojos y los puños, el iniciado en el yagé lo miraba en silencio, dos mujeres decanas en el chisme que recién habían ingresado, para que el tiempo transcurriera, cotorreaban historias; una de ellas le contaba a la otra sin ningún pudor las infidelidades de su marido, de cómo lo había pillado. Lástima no haber tenido audífonos para no escuchar esas pendejadas; al final, cuando ya se les había agotado la munición la emprendieron  con palabras de grueso calibre contra las EPS, lo pésimo de los servicios de la salud, de la tragedia que es ir a uno de estos sitios a pedir cita médica. Perdí la noción del tiempo, me dormité un rato; al despertar, el ayudante de brujo no estaba en el mismo sitio, se había corrido un poco hacia la pantalla y, como niño, reía divirtiéndose con el programa caso “cerrado” donde una mujer entronizada en un tribunal hace las veces de jueza de la moral impartiendo justicia sobre lo divino y lo humano. Al final su sentencia inapelable es un martillazo sobre un escritorio. El hombre seguía riéndose a carcajadas que retumbaban en esa sala. Quise escapar de ahí; era un lugar de locos.

Por mi lado, pasaban enfermeras que me sonreían, pero ninguna me decía nada; al cabo de media hora apareció un hombre diminuto enfundado en un uniforme blanco parecido a un kimono y tuve la sensación de estar frente a un bonzo japonés. Por su edad parecía tener larga experiencia en su quehacer, que lo han visto y sentido todo dentro de las frías paredes de hospitales y clínicas: ya no les sorprende nada… Se comunicó conmigo por medio de un gruñido; mientras me canalizaba con una reluciente jeringa, le pregunté algo y su respuesta fue otro gruñido. De un pequeño giro empujó la camilla que chirriaba conmigo a cuesta conduciéndola no se para dónde.  En ese recorrido, vi nuevamente a la conejita de playboy de pie mirando hacia la calle completamente desierta, escuchaba desde un diminuto parlante la canción “work” de Rihanna y, al cabo de un rato, se sentó y entretenía sus dedos insertando “memos” en un filoso y agudo pisa papel donde estaban los nombres de los “clientes” que íbamos desfilando ese día. “Lastima”,  pensé, que esta mujer no hubiese sido descubierta por Hugh Hefner, el mismo tío“Hef”, como cariñosamente le llamaban sus “pupilas” enfundado en su eterna bata de seda; sin duda, hoy estaría en la portada de la revista de entretenimiento para adultos más famosa del globo o conduciendo un Porsche por Beverly Hills arrastrando tras de sí los recuerdos del lascivo tío Hef.

En ese largo recorrido sobre baldosas relucientes y paredes desnudas, había un ventanal que mostraba el pabellón número siete donde estaban los verdaderos héroes, un grupo de galenos y personal sanitario enfundados en trajes parecidos a esos de los que el hombre llevó a la luna; descansaban y tomaban fuerzas, habían combatido toda la mañana en la primera línea de batalla contra un enemigo invisible que tenía arrodillada a la humanidad, la peste del año 2020. Estos hombres y mujeres combaten todos los días; algunos de ellos han caído tras las líneas enemigas porque los enviaron a la guerra sin armas y sus armas fueron la valentía y el coraje. Ellos, un día ante el padre de la medicina Hipócrates, juraron defender la vida humana costara lo que costara, así les adeudaran 6, 7 meses de salario.

Por el mismo pasillo, había una anciana con ojos de terror como si estuviera en la antesala del infierno de Dante mirando con ansiedad la habitación 202 que en cualquier momento se abriría. Afuera, a través de la enorme puerta de cristal, la calle permanecía vacía, la camioneta 4 x4 se había ido, el sopor era intenso, un vendedor de paletas la cruzaba perezosamente. El paisaje se había coagulado. En esa desolada calle como salido de la nada emergió un hombre con cara de perturbado, armado hasta los dientes, guardia de una trasportadora de valores que custodiaba a otro que introducía fajos de billetes en un cajero electrónico. A los pocos minutos, apareció de la nada un diminuto y tímido transeúnte, que miró a todos lados, introdujo una tarjeta en el dispensador de dinero y salió apresuradamente.

No era una simple coincidencia que los que estábamos sentados en esas sillas –  la sala de una EPS – la abuela de los ojos de terror, el hombre del reclamo, las chismosas que ya se había largado y el perturbado del Yagé, cuando entró una niña en silla de ruedas conducida  por su madre, nos sonrió a todos; siguieron hacia el 203. Apareció un hombre joven que por su atuendo sería un médico. No le dijo nada a nadie, posó frente a la bella que permanecía ensimismada metida en los pentagramas de Rihanna, percatándose que estaba distraído sacó su celular androide queriendo encontrar  una respuesta, chasqueó sus dedos varias veces y musitando   dijo para sí: ¿para dónde iba yo? ¿Para dónde iba yo? – ah ya-  como encontrándose a sí mismo caminó presuroso y se perdió al final de un pasillo que decía maternidad.

Cuando fui llamado al 204 estaba sentada en una poltrona giratoria la profesional de la medicina que me atendería ese día, mientras me buscaba sin afán en el sistema, escruté con la mirada de un lado a otro la habitación, a mi espalda yacía un enorme esqueleto humano en una lámina de plástico que me miraba. Al frente pendía un afiche con una enfermera con cara de modelo y su dedo índice cruzando los labios indicando silencio.   Como   en   una   sala   de interrogatorio para los espías de la guerra fría comenzaron las preguntas de rigor: ¿nombre?… ¿edad? ¿Algún antecedente de?… La mujer seguía con el interrogatorio sin mírame, mientras el esqueleto a mi espalda seguía silencioso mirándonos a los dos.   La profesional me hizo recostar en un sillón parecido al de los sicoanalistas, me invitó a que repitiera las vocales: A- A-A-, que hiciera lo mismo una y otra vez con el número 33, luego, auscultándome de un lado a otro como a un   ladrón al que le encuentran algo…  por primera vez me miró a los ojos y sentenció: – fue una sentencia inapelable – ¡no le encuentro nada! Sin embargo, le voy a enviar acetaminofén.

Cuando cruzaba la enorme puerta de vidrio escuché a mis espaldas: ¡Mariela Martínez! La abuela de los ojos de terror se levantó de la silla impulsada por un resorte y se respondió a sí misma: ¡sí, soy yo! La ví por última vez cuando desapareció abruptamente por la puerta 202; yo había atravesado por completo la enorme puerta de vidrio que me vomitaba en medio de la calle solitaria donde el paletero seguía sonando su campanita… Con el malestar general a cuestas me senté en la acera de enfrente y vi salir a la niña de la silla de rueda que venía sonriente acompañada por su madre y, al verla, curiosamente me reconcilié nuevamente con la vida.

*Ubaldo Diaz, sacerdote. Premio APB de periodismo Pluma de Oro 2018 -2019, Barrancabermeja. Premio Nacional de Cuento y Poesía Ciudad Floridablanca.

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