Con el neoliberalismo acercándose a un final ineludible, el “capitalismo digital” dirige hoy el pulso económico del mundo.

Al ser consultado en una entrevista reciente sobre la actual crisis pandémica de escala global, Jürgen Habermas, el principal filósofo político contemporáneo, afirmó: “(…) nunca hubo tanto conocimiento sobre nuestra ignorancia ni sobre la presión de tener que actuar en medio de la incertidumbre… la inseguridad existencial es global y simultánea (…)”.

En dicho sentido, hacer una valoración sobre las consecuencias sociales, políticas o económicas de la actual coyuntura se encuentra incluso fuera del alcance de los más renombrados expertos.  Prudencia y ponderación son el mandato del momento, sobre todo cuando se trata de hacer pronósticos para lo que habrá de ser el mundo en la era “post-corona”.

Sin embargo, desde antes del inicio de la crisis desatada por el coronavirus, una tendencia hacia un cambio estructural en el orden económico mundial ya lucía de antemano irreversible.  Primero, en la costa occidental de los Estados Unidos, y más tarde en China, en las últimas dos décadas surgieron nuevos conglomerados tecnológicos capaces de acumular grandes beneficios financieros con la creación de sus propios sistemas digitales, de manipular la política y de hacer replantear las estructuras económicas tradicionales poniendo en jaque también a los sistemas regulatorios que garantizan la libre competencia en todo el mundo.  Es así como la “incertidumbre existencial global”, que caracteriza a la actual coyuntura pandémica en los términos de Habermas, terminó por acelerar la transformación que se venía observando en el sistema capitalista.  Con el neoliberalismo acercándose a un final ineludible, es el llamado “capitalismo digital” el que dirige hoy el pulso económico del mundo.

Al capitalismo digital se le reconoce especialmente por la formación de monopolios que difieren de los monopolios tradicionales.  Mientras Google, Amazon, Facebook y Apple tratan de evitar aprovecharse del hecho de controlar el comportamiento de la demanda en los mercados que logran dominar, se han venido asegurando al mismo tiempo la forma de poder constituirse en mercados por sí mismos.  Para dicho fin, utilizan su propia infraestructura tecnológica, a través de la cual los productores externos deben proveer suministros bajo el rígido acceso y control de precios que solo los propios gigantes están en condiciones de imponer. 

Se trata del surgimiento de “mercados de propiedad privada” en donde la utilidad se genera a través de comisiones y honorarios por participar y/o acceder a ellos.  Es lo que deben pagar, por ejemplo, los productores de las aplicaciones para poder ser alojados en los sistemas operativos en manos de un puñado de mega-corporaciones.  Los beneficios de los grandes conglomerados, entonces, no provienen de la producción entendida como creación de valor sino se generan a través de las rentas generadas por ser ellos mismos los propietarios del mercado.  De esta forma, los gigantes digitales tienden a dejar de ser “empresas” en sentido estricto, dado que sus utilidades dependen cada vez más de su capacidad para crear mercados propios que generen rentas, infraestructuras digitales en donde tienen lugar todo tipo de transacciones.  La economía podría dejar de funcionar principalmente mediante la explotación de la escasez, basándose ahora más bien en la gestión monopolística de mercados de abundancia (Staab 2019).

Así, en el capitalismo digital, las empresas no tienden a convertirse en monopolios como suele suceder con los productores racionales, sino a crear mercados de propiedad privada.  Su dinámica no es motivada por la lógica de la iniciativa privada empresarial, sino por cálculos de naturaleza rentística.  Más que transformarse, el capitalismo se radicaliza con su digitalización, pues las utilidades se desplazan desde los productores hacia los propietarios de mercados privados, quienes ya no crean valor, sino que lo extraen (Mazzucato 2019). 

Con los mercados de propiedad privada se puede ver el regreso de una idea que dominó la era del capitalismo temprano y pre-liberal europeo.  Base del mercantilismo de aquel tiempo fue el entendimiento del comercio mundial como un “juego de suma cero”, en donde lograr un balance comercial positivo era el objetivo principal del Estado mercantilista de la época.  Cierta prosperidad era solo alcanzable en la medida en que se lograran ventajas en exceso y a costa de la contraparte.  No es casualidad que los saldos positivos en los balances comerciales se tuvieran que lograr a través de la imposición de medios violentos, factor que identificó la política imperialista de los Estados europeos.  Un ejemplo del funcionamiento de dicho sistema es el monopolio comercial con el que contaba la “Compañía Británica de las Indias Orientales”, subvencionado estatalmente y garantizado por la corona.

Es precisamente allí, en el rol del Estado, en donde yace la diferencia del mercantilismo clásico con los sistemas de mercados de propiedad privada del capitalismo digital.  Al ser uno de sus beneficiarios (al menos parcialmente), era el Estado que incentivaba los monopolios comerciales.  Se trataba del otorgamiento de un privilegio, resultado de la “gracia y misericordia” de reyes absolutistas.  Por su parte, los mercados en manos privadas de la era digital actual se enfrentan al Estado evitando tener que asumir las cargas tributarias como cualquier empresa comercial, mientras logran multiplicar sus utilidades logrando convertirse en algunas de las empresas de mayor valor a nivel mundial.  En el mercantilismo clásico, el Estado lograba lucrarse obteniendo parcialmente utilidades; en la era del capitalismo digital, el Estado debe conformarse con ser uno de los principales perdedores.

Un ejemplo muy actual en el que se refleja el “Estado perdedor” es el proceso que se adelanta en la Unión Europea en contra de Apple, en donde la Comisión Europea busca recuperar 13 mil millones de euros dejados de pagar al Estado irlandés.  Dichas pretensiones fueron rechazadas en primera instancia mediante decisión dada a conocer el 15 de julio de 2020 por parte del Tribunal General de la Unión Europea.

Hoy, marginado el rol del Estado luego del apogeo neoliberal de las últimas décadas, surge un mercantilismo privatizador que tiende a crear sociedades rentísticas.  Si el neoliberalismo fue la conquista de cada vez nuevos espacios por parte del mercado, el capitalismo digital es la conquista del mercado mismo con un único ganador garantizado – un puñado de gigantes empresas privadas -.  Esta involución significa, en la práctica, que la época neoliberal puede haber terminado.  La idea esencial del (neo)liberalismo, según la cual todas las partes participantes pueden aspirar a la obtención de utilidades en un mercado organizado de transacciones económicas, ha dejado de ser constitutiva en el capitalismo digital (Staab 2019). 

Aunque los gigantes digitales reclaman para sí el triunfo de la libertad económica y la innovación, su avance de la mano de algoritmos con imagen de “plataforma” representa con frecuencia los mismos riesgos para la “economía de libre mercado” que ellos dicen querer evitar con su desarrollo: creación de monopolios (mercados privados), abuso de posición dominante y manipulación de precios.  Su auge ha significado un retroceso inocultable en materia de garantías para la libre competencia económica.

En el marco de la celebración de sus noventa años, el propio Habermas afirmaba en marzo de 2019 que el origen de las incertidumbres de la sociedad actual debería buscarse en el “aceleramiento del cambio tecnológico, entendido como la digitalización del mundo laboral y de la vida cotidiana”.  Ello ha desencadenado todo tipo de fenómenos sociales y políticos complejos, que difícilmente pueden desligarse del triunfo de partidos políticos radicales en varias partes del mundo y del auge del populismo, llegándose a percibir incluso una sensación de regresión política.

Dicho diagnóstico coincide con la transformación de las estructuras económicas y el auge (¿irreversible?) del capitalismo digital extractivo y mercantilista en todo el mundo.  Bienvenidos a la “La Gran Regresión”.[1]

*Fernando Ortega, Abogado y docente universitario, hizo parte del “Masterclass 2019” del Instituto Max Planck de Derecho Público e Internacional en Heidelberg (Alemania). Cuenta con una Maestría en Derecho Financiero Alemán y Europeo en la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz y es actualmente candidato a Doctor en Derecho a través de una beca del DAAD en la misma universidad, @FerOrtegaC


[1] Bibliografía recomendada: Mariana Mazzucato: “El Valor de las Cosas. Quien produce y quien gana en la economía global“, Edit. Taurus, Barcelona 2019; Philipp Staab: „Digitaler Kapitalismus“, Edit. Suhrkamp, Berlin 2019.

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