No se puede olvidar que la epopeya del Libertador está inconclusa y viva y debe mil veces, desde el norte y el sur, desde el oriente y el occidente, volver a ser contada.

                                       “Cruzar los Andes sería una locura – le insiste José Antonio Páez a Simón Bolívar en los llanos de Apure Venezuela en 1819 -. Ya no vamos por el depredador Morillo, general, – le responde Bolívar -, vamos por la Gran Colombia”.  De “Bolívar: una lucha admirable”  

Netflix que la estrenó la titula “Bolívar, una lucha admirable” y Caracol que la produjo la llama “Bolívar, el hombre, el amante, el libertador”. Hay que advertir que se trata de una novela histórica y no de una biografía y la novela como tal se da sus licencias. Aunque como género literario es sinónimo de ficción, la novela es ante todo arte, es memoria, es creación. Es una mezcla entre realidad y ficción. La novela de Caracol es una historia actuada y también es una historia narrada. Se debe a un guión y se debe también a la actuación. Está basada en las “Memorias del general O’Leary” (1880) y seguramente en las “Cartas del Libertador”, compiladas y publicadas por Vicente Lecuna (1929/1940), y a lo mejor también apoyada en el “Diario de Bucaramanga” (1912/2009) del francés y edecán del libertador, Luis Perú de Lacroix. La serie pudo estar inspirada en el “Bolívar” (1983) del colombiano Indalecio Liévano Aguirre, en la “Acción y utopía del hombre de las dificultades” (1977) del venezolano Miguel Acosta Saignes, en “El régimen de Santander en la gran Colombia” (1966) del norteamericano David Bushnell y en “El general en su laberinto” (1989) del cataquero y Nobel Gabriel García Márquez. Parte de la vida amorosa del Libertador pudo haber salido de las cien primeras páginas de la narrativa de William Ospina, “En busca de Bolívar” (2010), o de las cartas, novelas y biografías de Manuela Sáenz y Aizpuru. En fin, ésta es una novela que, con sus falencias y, sobre todo, con sus aciertos, reconstruye y se construye en el terreno de la historia. Y es la historia, siempre controvertida de los hechos y de las fuentes, la que en esta serie habla.  

Gracias a la descalificación apresurada, sin haberla visto, del presidente de Venezuela Nicolás Maduro y a sus posteriores disculpas, acompañadas del reconocimiento a los creadores y a los protagonistas de la serie, el Bolívar de Caracol y Netflix gozó de una publicidad inusitada. Nos enteramos, entonces, que éste ha sido el proyecto más ambicioso de la televisión colombiana en toda su historia. Que consta de sesenta capítulos que duran en promedio 55 minutos cada uno. Que participaron en el rodaje unos seiscientos actores de primera línea y un número no determinado de extras. Que más del 80% de las escenas fueron filmadas en exteriores. Que los protagonistas se contrataron en al menos siete países – Venezuela, Ecuador, Perú, México, Inglaterra, República Dominicana y Colombia – e incluso que quien hace el papel de esposo de Manuela Sáenz, Mr. Thorne, Tim Janssen, es colombo-alemán. Se nota en la serie la presencia, dada por la historia, de los franceses.  

Que el Bolívar niño, Maximiliano Gómez Silva, es colombiano, y que el Bolívar joven, José Ramón Barreto, y el adulto, Luis Gerónimo Abreu; como lo es también Irene Esser, quien hace el rol de esposa del Libertador, son venezolanos. Que Shany Nadan, la Manuela Sáenz y Aizpuru adulta, es ecuatoriana y que quien hace el papel de la Sáenz adolescente, María José Vargas, y de la Sáenz niña, Isabella Sierra Ibagón, son colombianas. Más allá del papel del Bolívar adulto, para mí la última trilogía, la de las Manuelas, estuvo mejor lograda que la trilogía de los Bolívares. En fin, la serie – aunque no sé si incluye actores bolivianos -, trata de ser, como fue la gesta emancipadora, un proyecto bolivariano y multinacional. Ése, hay que decirlo, fue un acierto, como acierto fue el sinnúmero de actores secundarios, en su mayoría extraordinarios. Que los personajes de Páez, Córdoba, O’Leary, Sucre, Urdaneta, Rondón, María Antonia, Hipólita, Matea, Jonatas, Dionisio, José Palacios, Pepita, el pintor Aponte y su esposa Rocío, entre muchos otros, estuvieron bien escogidos y bien representados. Que Álvaro Bayona, en el papel de Carlos Palacios, el tío avaro, malgeniado y malo de Bolívar, le imprimió fuerza a toda la trama de la esclavitud, de la vida hacendaria y de los conflictos del abolengo mantuano venezolano. Que Pablo Clemente, el primo y loco esposo de María Antonia, la hermana mayor del Libertador, interpretado por Erick Joel Rodríguez, así como el actor que personificó al “sereno” de la pueblerina ciudad de Bogotá, cuyo nombre no pude encontrar en el reparto, la sacaron del estadio. Que la personificación de Francisco de Paula Santander, hecha por el dominicano Hans Martínez, fue extraordinaria. Que me alegró ver a los excelentes actores, y viejos conocidos, Hernando Forero (Policarpo), del grupo de teatro La Candelaria, y Alfonso Ortiz, que se formó en el mismo grupo y en las mismas tablas. Que muchos otros nombres de personajes se me escapan, como el sastre que conspiraba por la independencia al lado de Simón Rodríguez, interpretado este último por Ernesto Benjumea. Que no se pueden omitir tampoco los personajes de Marcela, que hace de la emancipación su causa, ni de don Gervasio, el verdugo redimido, representado por Kepa Amuchastegui. Que hay también que mencionar a don Julio, víctima y victimario del amor traicionado y del reconocimiento militar incomprendido, siempre aplazado. 

Que el Simón Bolívar de cabello largo de Luis Gerónimo Abreu y la Manuela Sáenz y Aizpuru de Shany Nadan, hay que decirlo, no parecían en la serie simples copias, sino muchas veces, los originales y verdaderos protagonistas de la epopeya emancipadora. Que con frecuencia no se notaba a Abreu interpretando a Bolívar, sino que se veía al espíritu del Libertador encarnado en Abreu.  

Hay que anotar también que la novela, por el lenguaje desabrochado utilizado, semejaba a ratos un viaje raro, no anclado en el pasado, sino en la actualidad. Que el recurso a las cartas y a las memorias de Bolívar y O’Leary, de Manuela Sáenz y seguramente de Luis Perú de Lacroix le imprimieron un ritmo poético a momentos claves del relato. Que, a pesar de todo, hubo omisiones históricas sensibles en la trama. El fusilamiento de Manuel Piar, la batalla de Carabobo, el Congreso Anfictiónico de Panamá, brillaron, entre otros sucesos, por su ausencia. Que en este último el conflicto entre Bolívar y Santander se intensifica y el Libertador avizora las intensiones imperialistas, es decir, monroistas del gobierno de Washington en América. Que olvidar que “los americanos del norte parecen destinados por la providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad” fue injustificable. Se podrá, entonces, decir que se trata de una novela histórica donde cabe la ficción y la omisión y que, como toda novela, ésta tiene su música, una música que puede convocar al baile a un tipo determinado de dioses, de hechos y de diablos. En ello, a lo mejor, los encargados de escribir la saga pueden o no tener razón. 

Hay que reconocer que la serie logra conectar al televidente con la trama y que, en el relato propiamente histórico, hay más grano que paja. Que la figura del libertador no sufre mella y que no hay que olvidar que la novela histórica, más que con la fuente primaria, juega, como también lo hace la historia, con la intuición. Es allí donde uno entiende el arte y la maestría de la guionista Juana Uribe y de su equipo de investigadores, historiadores y psicólogos. Es en el contexto de la inmensidad de este rodaje que se comprende lo que ella dijo el día del lanzamiento de la serie en Bogotá: “ésta fue mi campaña libertadora”. Una campaña donde las mujeres y sus problemas de emancipación no pasan desapercibidos y donde las tramas del amor, del hambre, de la esclavitud, del patriarcado, de la guerra, y del poder son proporcionales y están atadas al papel actoral e histórico que ocuparon y ocupan las mujeres, tanto en la actualidad, como en la gesta libertadora. Hay que reconocer que por tratarse de una plataforma estadounidense como Netflix o de una productora colombiana tan comprometida con intereses oligárquicos como Caracol una serie sobre Bolívar no dejaría de causar suspicacias. Al verla, a mí la propuesta televisiva me gustó. Tanto los directores escénicos Luis Alberto Restrepo, Andrés Beltrán y Jaime Rayo, y de arte, Guarnizo & Lizarralde, así como los historiadores Camilo Uribe e Isabel Arroyo y la multitud de trabajadores silenciosos que tuvieron que ver con esta producción merecen todos su reconocimiento. Aunque la serie pinta desde el comienzo como novela rosa, no lo es. Más que centrarse en batallas de cama, en infidelidades, en la orfandad de un niño, o en los encuentros y desencuentros del amor, es la inquebrantable lucha de Bolívar por la libertad y la independencia de Colombia lo que a lo largo de la novela se destaca. No en vano “el que se enamora pierde” advertía Bolívar insistentemente a lo largo de la saga, citando a su primer maestro Simón Rodríguez.

Es por eso que “Bolívar – y agrego yo, Manuela Sáenz y Aizpuru, como lo sentenció el héroe y poeta cubano José Martí -, tiene [n] que hacer en América todavía”. No se puede olvidar que la epopeya del Libertador está inconclusa y viva y debe mil veces, desde el norte y el sur, desde el oriente y el occidente, volver a ser contada, y contrario a lo que pensaba su maestro, fue gracias al amor – quién lo creyera – que, en la serie y en la historia, el Libertador nunca perdió.

Nota: La conmemoración del bicentanario de la independencia no ha pasado, es continental, y, en América latina, va hasta diciembre de 2024, año en que se cumplen los docientos años de la última batalla de la gesta libertadora, la batalla de Ayacucho (9 de diciembre de 1824).  

*León Arled Flórez, historiador colombo-canadiense.

1 COMENTARIO

  1. Hermano, los q tuvimos la oportunidad de verla por tu recomendación, quedamos tocados por la valía y fuerza de sus personajes, la gesta libertadora nos muestra de lo q es capaz un pueblo oprimido y en las circunstancias actuales, el ejemplo Bolivariano cobra especial vigencia. Gracias.

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