La Justicia, con mayúsculas

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En definitiva y de múltiples maneras, todos hemos contribuido a que las puertas de la ilegalidad se conviertan en una opción.

Qué tan enferma debe estar una sociedad para aceptar sin mayores remilgos esa artera realidad en la que una niña de dieciocho meses muere a manos de su padre y una pequeña de diez años da a luz a su bebé producto de una violación continuada por más de dos años.

Qué tan dañados debemos estar todos para, ante tales infamias, seguir aparentando que somos un país viable en el que se garantizan los mínimos derechos para todos y cada uno de sus ciudadanos.

Qué tan cínicos podemos llegar a ser para seguir dándole más importancia a un partido de fútbol o a un cantante de moda mientras se nos cae el país a pedazos.

Cada mañana las noticias nos desalientan, nos derrumban, nos desesperanzan. Y en cada nueva tragedia nos vamos acostumbrando más y más a la ignominia de haber nacido en un territorio en el que la vida no vale nada.

Mañana la muerte de Sofia Cadavid se convertirá en un nuevo número, una estadística, un registro que solo engrosará los anaqueles de una justicia paquidérmica.

¿Qué es la Justicia? Todos hablan de ella como creyéndose los depositarios de una verdad absoluta que les permite decidir qué es justo y qué no. Todos la exigen frente a los crímenes más atroces y la galería exacerbada y con inocultable morbo pide sangre a cambio de sangre, dolor en contraprestación del dolor. Sigo preguntando: ¿qué es la Justicia? ¿Es acaso todo aquello que nos inculcaron desde chicos que nos convenció de la deleznable idea de que nuestro papel en la sociedad es vengar a nuestros muertos? Nos enseñaron desde siempre que Justicia – así, con mayúsculas – era condenar a la máxima pena establecida al violador y asesino de una niña o al secuestrador y perpetrador de masacres, pero olvidaron explicarnos, tal vez porque de pronto ellos tampoco lo sabían, que la verdadera Justicia y nuestro real papel en la sociedad era detectar los síntomas que presagiaran la tragedia y evitar que se consumara la barbarie.

La ausencia de un Estado protector de sus ciudadanos y garante del cumplimiento de los derechos más fundamentales nos terminó inculcando que el grito solidario con las víctimas solo debe llegar después de consumado el delito y nunca antes, cuando aún podría ser evitable la debacle. Al parecer, el concepto de Justicia queda reducido a la primitiva y arbitraria explicación de que el victimario debe recibir idéntico dolor que la víctima. Pienso que es esa la respuesta más facilista y solo permite explicar nuestra verdadera intención detrás de nuestros hipócritas gritos de solidaridad con las víctimas. Pienso que la verdadera Justicia debería ser el manejo preventivo de las circunstancias que puedan terminar en la comisión de un delito. No creo que deba llamarse Justicia a ese escrutinio a veces improbable en el que tenemos la potestad de decidir qué actos merecen un castigo y cuales no. Quiero creer en el mejor de los casos en la justicia preventiva, en esa posibilidad que tenemos todos de evitar el daño en lugar de vengarlo. Al fin de cuentas, si tenemos el discernimiento para decidir qué actos son merecedores de castigo, deberíamos también tener la entereza y la capacidad de identificar las causas estructurales que los provocan.

Pero somos una sociedad tan enferma que creemos de una manera casi irreflexiva que cincuenta años de cárcel para un asesino y violador como Rafael Uribe Noguera encarnan el concepto de justicia ideal por el asesinato de la pequeña Yuliana Samboní. Tal vez algún día podamos entender que el beneplácito que nos produce este tipo de condenas tan solo obedece a nuestra propia sed de venganza y a ese morbo injustificado de encontrar en la mirada del victimario un dolor que solo satisface a la galería, pero que en nada resarce el dolor causado a las víctimas. Por el contrario, estas conductas solo permiten perpetuar la sempiterna espiral de violencia que nos ha acompañado por décadas y de paso nos dan la infame posibilidad de desconocer deliberadamente, incluso con mucho de cinismo, nuestra cuota de responsabilidad en la incubación de todos los monstruos a quienes pretendemos castigar. Todos, sin excepción, tenemos una cuota individual de responsabilidad por nuestra indiferencia frente a cada tragedia que enluta al país. Algunos por acción, otros por omisión, pero, en definitiva y de múltiples maneras, todos hemos contribuido a que las puertas de la ilegalidad se conviertan en una opción.

Esa falsa y vacía sensación de haber impartido justicia es, de manera contradictoria, uno de los factores que nos impide avanzar como sociedad y entender que la verdadera Justicia nace y se deriva de la prevención y no de la perpetuación alevosa de la violencia que queremos erradicar.

*David Mauricio Pérez, columnista de medios digitales y cronista. Asiduo lector de libros de historia, Twitter: @MauroPerez82

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