Las del otro lado

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A la memoria de todas aquellas niñas que un día se fueron a la guerra y jamás regresaron.

Hoy he vuelto del internado donde estaba visitando a mi hermana. Hace dos meses que está allí. Los motivos por el cual la enviaron a ese lugar no los voy a referir ahora; prometo que, si queda espacio para ello, lo haré. He llegado un poco cansado por lo que cambié la rutina de este domingo; desde ahora en adelante, sacrificaré un poco de tiempo para ir a verla. En el transcurso del viaje, no iba pensando en nada, solo en los amarillos pastizales que se veían a través de la ventanilla. Recuerdo mucho aquella despedida, sollozando con la maleta aun lado de la vía, su traje de lazo, la ausencia de su moño azul que en este viaje no la acompañaría; siempre se lo colocaba cuando estaba alegre y salíamos a los paseos matinales. Aun creo percibir el fuerte olor a menta que es propio de sus cabellos. Me sobresaltó cómo la estaría pasando en este nuevo ambiente – la relación con las demás compañeras -; no pude hacer otra cosa que un ligero movimiento en el asiento del tren. 

Llegué entrada la tarde, cuando el domingo va declinando – la hora ingrávida -; digo ingrávida porque es la hora donde todos los pensamientos de los que hacemos algo en la semana se encuentran; se está acabando el día y mañana hay que ir a trabajar. A mi lado iba una familia con su maldito perro que ladró todo el recorrido; tal vez iban a su paseo dominical. Bueno, eso ahora no interesa; lo que importa es referir cómo encontré a mi hermana.

Eran las dos de la tarde. El ambiente estaba cargado por un sopor intenso de siesta y cantos de cigarra. La ciudad de donde había partido ya no se veía. Era domingo, se veían rostros sombríos y alegres, por lo que respecta al colorido que había. Cada una de ellas se había colocado su mejor vestido para esperar a sus parientes; todas estaban coloridas, floridas y muy bien peinadas, excepto una, creo que era la coordinadora. Lucía una sudadera de doble pieza y ella no esperaba a nadie; su mirada para todas ellas era de una ingenua complacencia. Vi varios peinados parecidos a los de mi hermana; me acercaba, percibía su olor y no era ella. Le pregunté a una que pasaba y me dijo que no la conocía; adivinando mi ansiedad me dijo: ¿es familiar? – Sí, soy su hermano – le respondí para entrar en confianza. 

Al fin la vi aparecer; llevaba el mismo vestido azul, el vestido del viaje, el que se colocaba el día de su cumpleaños. Hoy se veía diferente, ya me había acostumbrado a verla en traje de fatiga en las fotos que furtivamente me enviaba. Caminó despacio, luego por la emoción inclinó ligeramente la cabeza y comenzó a correr hacia mí. – ¡Sí! – era mi hermana; no había duda. El saludo no fue el de camaradería que existe entre hermanos – ¡no! -. Este saludo fue efusivo, promisorio, cargado de llanto, ilusión y esperanza. En fracciones de segundos quería saber cómo estaban todos y cómo estaba la casa, mamá, papá, mis hermanos. Profirió innumerables palabras que por su emoción se hicieron ininteligibles. En mi torpeza logré musitar: “están todos bien, gracias a Dios”. Le mentí porque en la casa no todos estaban bien desde que ella había tomado la decisión de irse a la guerra.

Ya un poco calmada, se acomodó el vestido, se sentó en un viejo muro. Quería saber cómo estaba el cuarto de las muñecas, quién lo estaba ocupando; quería saber cómo estaba la tapia ruinosa que hay delante de la casa. Porque hasta ayer había escuchado que el muro de Berlín había caído y soñó que la tapia ya no estaba; tenía mucho miedo porque en ella había guardado los recuerdos de la guerra el día que se aburrió de ella.

Pasamos el resto de la tarde hablando sobre su nueva vida, el horario, todo; por un momento no pude imaginar a mi pobre hermana, levantada a las cinco de la mañana, aturdida aun por el sueño y los recuerdos de un hermoso y nostálgico domingo de visitas. No la pude imaginar en ese primer día de clases, caminando sin poder ubicarse, el ruido de las sillas desplazadas de un lado a otro. Las innumerables voces de las primeras amistades y camaraderías, otras un poco taciturnas aferradas a esa ternura insegura del mundo indiferente de los matachos tiernos de sus cuadernos y luego el posterior silencio ante el profesor anónimo y desconocido de ese primer día. 

Compartimos las viandas que mi madre solícitamente le había preparado. Ése era uno de los signos mudos de mamá, que le daba entender que, a pesar de que estuviera en ese lugar, seguía ocupando ese lugar privilegiado en su vida.

Al fin llegó la pregunta que tanto temía. Me dijo con una reveladora inocencia que solo es propia de ella: – ¿Vienes a llevarme, han mandado por mí? – “Si mis padres supieran que ya lavo la ropa, hago los oficios, si supieran ante todo que ya soy una mujer y que no soy la oveja negra como un día lo dijo el cura del pueblo”. No pude explicarle, porque en una mirada cargada de llanto, toda explicación racional es vacía, si ella algún día entendiera las razones por las que está aquí y que no podía llevarla conmigo.

Como respuesta a ello, sonó en lontananza una campana y, soltando apresuradamente mi mano, dijo: “Tengo que ir a presentar el uniforme aplanchado y los zapatos lustrados para el día de mañana”.

*Ubaldo Diaz, sacerdote. Premio APB de periodismo Pluma de Oro 2018 – 2019, Barrancabermeja. Premio Nacional de Cuento y Poesía Ciudad Floridablanca.

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