Son muchas las cicatrices, el daño pervive y, finalmente, somos los hijos de la guerra.

Nos habituamos tanto a su contexto que la discusión de fondo más importante en el imaginario colectivo de nuestro país sigue siendo la de elegir entre los representantes de quienes fungieron como actores del conflicto.

Esa disputa también se traslada a las ramas del poder, la independencia de cada esfera es un sofisma y todo tiene que ver con todo. La fresa del pastel la ponen las conexiones de medios de comunicación y estratégicos contactos con la mafia.

Lo anterior desdibuja la imagen, credibilidad y honorabilidad de dichos sectores, lo que explica que muy pocos jóvenes sueñen con ser gobernantes, congresistas, o jueces. La turbulencia de lo que se vive en esos escenarios es perturbadora.

Nadie quiere pasar por experiencias como las vividas por las familias de referentes políticos de hoy – Galán, Lara, Uribe, Petro, Cepeda y Cristo, entre otros -, quienes por la razón que sea y de diferentes maneras, han padecido los estragos de la guerra. No imagino un escenario en donde perder a mis padres, alejarme de mis seres amados o pasar un día en la cárcel, pueda ser una opción.

Eso, quizá de forma colateral, les ha ayudado a lograr votos; sin embargo la pelea más intensa que deben librar es la de dejar atrás el dolor, un dolor que la cara de sus rivales le recuerda cada día. Aunque algunos han hecho evidente su apuesta por la ruta de la paz y el postconflicto, otros siguen obstinados en no superar la atmósfera de la confrontación.

La disputa se da entre “paracos”, “mamertos”, “uribistas”, “santistas”, petristas”, “duquistas”, de derecha, de izquierda, de oposición, en un país donde la gran mayoría de sus habitantes dice ser de centro. Lo anterior, de acuerdo con estudio hecho por el Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes y USAID, a partir del Barómetro de las Américas 2019, demuestra que el lenguaje conflictivo y violento está más en los políticos que en la ciudadanía.

La popularidad de los políticos hace algún tiempo se viene midiendo por los triunfos en los juzgados en donde pasan gran parte de su tiempo; de lo que se trata es de devastar a los rivales y una buena forma de hacerlo es anulándolos a través de los fallos judiciales. Este camino se hace cada día más notorio en razón a los shows mediáticos alrededor de los procesos y porque efectivamente muchísimos de nuestros honorables representantes tienen vínculos con la ilegalidad, un comportamiento tan recurrente que parece que la palabra “corrupción” actuara como sinónimo de “política”.

Por el bien del país esperamos que la terrible noche pase pronto; que la salud, la educación y el trabajo para la gente se conviertan en la principal ocupación de nuestros elegidos; que nuevamente la nuestra sea una democracia de partidos políticos fortalecidos. Es tal la ausencia partidista que los colombianos forman su opinión política no por ideologías sino por actitudes de las elites políticas. Es, entonces, cuando afloran las perversas máximas que orientan a la hora de sufragar. “Es mejor malo conocido que bueno por conocer” y otra, de similar calaña, “no importa que robe, siempre y cuando haga”.

*Rodney Castro Gullo, Gerente general de la Sociedad Portuaria Bocas de Ceniza S.A, abogado de la Universidad Libre de Colombia. @rodneycastrog

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