Los areneros de Montería

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Foto sacada de Séptima Opinión

La fila de hombres que emergen de las aguas del río es interminable. Avanzan silenciosos a lo largo de la playa llena de candentes guijarros, caminan jadeantes, uno tras otro, a paso lento sin ningún aspaviento, se detienen a vaciar sus baldes sobre la faraónica pirámide de arena que sobresale por encima de dos embarcaciones pintadas con colores primarios: “La Niña y La Santamaría”.

Foto sacada de Séptima Opinión

En varias tablas tendidas sobre rusticas estacas, con un brazo tapándose el rostro permanece Pedro. Lleva puesta una camisa amarillenta, que hace juego con el descolorido pantalón de una reconocida empresa estatal. Las viejas y remendadas abarcas le dan una apariencia de penitente. Desde hace dos días observa trabajar a sus compañeros mientras su cuerpo arde en fiebre.

El ronroneo lejano del ritmo de una “champeta” parecido al mugido de un cerdo envalentonado interrumpe el silencio de la tarde. Un grupo de hombres reunidos hablan animadamente debajo de un kiosco de zinc perforado por el óxido. A su lado, otra cuadrilla juega una partida de dominó sobre una mesa coja. La animada conversación se interrumpe ante la presencia de una fornida mujer de traje escandaloso, con un maquillaje barato en sus mejillas. La acompaña una joven silenciosa de mejillas rosáceas que siempre mira al piso. Ésta última desenfunda un teléfono movil que tenía ahogado en su pretina y comienza a chatear; uno de los hombres hace un stop al juego y la escruta con la mirada lascivamente de arriba abajo. La mujer, indiferente, mira hacia otro lado. Un silencio se apodera del ambiente, sin apartar la concentración de la ficha, uno de ellos susurra: – ¡llegó la Dian! -.

No hay que hacer ningún esfuerzo para adivinar el oficio de celestina de la recién llegada. Celestina hace un gesto con la mano y llama a uno de los jugadores a un lugar aparte; hablan, cotorrean, gesticulan en voz baja; finalmente, el hombre manotea y se aleja. La mujer masculla varias palabras de grueso calibre, lo amenaza. El hombre le da la espalda, enciende un cigarrillo y se aleja a grandes zancadas, cruza la polvorienta avenida transitada de lado a lado por un collage de motos, ciclas y carros y, finalmente, llega a una caseta de apuestas a probar suerte. Una mujer regordeta con nariz de hechicera manipula una pequeña máquina parecida a un datáfono, lo atiende sin mirarlo. El hombre sigue fumando y observa salir del pequeño aparato interminables papeles blancos; los recibe con indiferencia, introduciéndolos en uno de sus bolsillos, echa su última mirada hacía el río que corre silencioso. En la distancia, se escucha una salsa de Richy Rey que ha desplazado el ruido de la champeta.

Desde hace más de 80 años, se levantan a las dos de la madrugada; por el trabajo que hacen, se podría pensar que buscan algún metal precioso: oro, plata, cobre; no, solo la arena que arrastra el río Sinú. Carlos es arenero desde hace diez años, camina con el torso desnudo, portando sobre su hombro una pala. Por hoy ha terminado la jornada; inclinándose se introduce en su humilde aposento construido de bahareque y tabla donde hay una pequeña sala con una mesa forrada de hule. Al final del pasillo, un perro adormilado lanza dentelladas a unas moscas que lo molestan; sobre la pared cuelga un crucifijo negruzco y doliente de la villa de San Benito. Más abajo un arrume de cachivaches completan el cuadro: una vieja atarraya, una pala y la infaltable herramienta de trabajo de estos hombres – un magullado galón -.

La madrugada que lo acompañé a su oficio, el reloj marcaba las 2 y 30. Nos había levantado su compañero con un tenue silbido de bruja. Luego de tomarnos un ardiente café negro, caminamos hacía la orilla del río. Afuera en un firmamento negro titilaban algunas estrellas. La medialuna parecida a un cuerno dorado se asomaba tímidamente en la aurora. A esa hora todo era más tranquilo, las calles desiertas, los carniceros con sus mandiles manchados de color púrpura, los borrachos saliendo de los prostíbulos. En la orilla una canoa esperaba a Carlos y a su socio; los vi alejarse como fantasmas en ese horizonte negro y suave. Había en estos hombres algo misterioso, ancestral, que guardan como tesoro. Sin saberlo se han tomado muy a pecho aquella frase célebre del Inca: “pobrecito del Perú si se descubre el Sinú” … no sin antes tener la certeza si hoy sacaran los cinco metros de arena que se colocaron como tarea.

Ismael, nombre bíblico derivado del desliz amoroso entre Abraham y una esclava árabe, hacía gala del hombre de 50 años que está frente a mí, sentado en un pequeño desierto de arena. Su rostro y cuerpo tostado por el sol semejan un turista mediterráneo, con una anatomía musculosa y articulada parecido a un muñeco chino. Me saluda y siento sus manos callosas; es arenero hace 27 años. “Estos hombres tienen pulmón de hierro, son capaces de sumergir diez metros, cinco bajando y cinco subiendo, con un promedio de inmersión de más de un minuto” comienza el relato Ismael; “en el fondo del agua, con una rodilla doblada llenan el balde y con la otra lo sostienen, es todo un arte”, sentencia este hombre curtido por el sol y la arena. “Cada metro de arena equivale a unos 40 o 45 baldes, en cada viaje traen a la playa cuatro o cinco metros”. Con una elemental matemática dice el viejo: “Cada viaje son más de 200 sumergidas”.

Nuestro diálogo es interrumpido por el griterío de una horda de hombres y mujeres que corren detrás de un ladrón que acababa de hurtar algo en los polvorientos kioscos de la avenida. Ismael sonríe, esperando encontrar en mi algún gesto; su tenue sonrisa es acompañada por la de su hijo, un cachorro enjuto, taciturno, que desde hace una hora seguía el curso nuestra conversación. No articulaba palabra alguna, ahora esbozaba una tímida sonrisa que dejaba ver un reluciente diente forrado en platino. El concierto de las cien palas que llenaban los destartalados volcos o volteos es impresionante.

El impulso de navegación de estos ribereños, inspirado en los Esenios, los vikingos, mezclado con ese olfato de explorar los ríos que viene de los conquistadores. El río más que un medio de navegación y subsistencia para ellos es signo de vida, de veneración; la cosmología Zenú lo confirma.

“El trabajo de los areneros comenzó hace más de 80 años por iniciativa de Carlos Fabra y José Cuadros – ambos fallecidos – ; las embarcaciones de esa época eran artesanales, hechas con balsas y en la playa esperaban diez burros que cargaban la arena a su destino final”. Un planchón lleno de personas cruza lentamente el río Sinú, atraca silenciosamente sobre un puerto de almendros polvorientos y mesas llenas de frutas llamada “puerto platanito” por la cantidad de gajos de bananos, desechos que quedaron de las importaciones de la tristemente célebre Chiquita Brand.

Una imponente canoa divide el agua como cuchillo, arriba lentamente al puerto cargada de arena. Es La Pinta.

Los areneros del Sinú son más de 2.000 hombres desperdigados a lo largo de la ribera, provenientes de los estratos bajos de la ciudad. En la actualidad, algunos están asociados a ASOMAN – Asociación de Areneros y Material de Arrastre de Montería – .

En este oficio, hay una larga cadena. Están los que la sacan del río – a esos les pagan el metro a 13.500 pesos -, luego están los paleros que la descargan de la canoa y, finalmente, se encuentran los que la palean a los volcos. “Cuando yo inicié como arenero me pagaban el metro a ocho pesos”, interrumpió Bernardo Genes, octogenario, que a lo mejor no entiende de lo que se habla porque ha perdido el oído en este oficio hace 50 años. Un hombre moreno y musculoso al que sus amigos le apodan con acierto ‘el burro’ le grita al oído al anciano preguntándole por el tiempo de su oficio. Este último se aturde por la voz de trueno y solo alcanza a mostrar la palma de su mano con sus cinco dedos de rana.

Según Ismael, la mayoría de estos hombres carecen de seguridad social y no tienen seguro médico que los ampare; lo que más les afecta son los hongos y rasquiñas. Hoy se encuentran enfrascados en un rifirrafe con la alcaldía de Montería, porque el puerto está dentro de la licitación de una megaobra llamada la ronda del Sinú; le exigen a la administración municipal que no los saquen a las patadas y les den una alternativa de supervivencia en la que han vivido por más de 80 años.

Me acerco a Pedro que se ha incorporado un poco y le pregunto por qué no va al médico, esquiva la mirada y la fija en la distancia sobre la celestina que ha entrado al juego de dominó y animadamente habla con un grupo de hombres. La joven ya no la acompaña. Con cierta ironía me dice: – ¿para qué? ¿para que me receten lo mismo de siempre: ibuprofeno y diclofenalco?

Ismael Osorio es portavoz de sus compañeros. Le piden al gobierno que no los olvide; me dice algo que me puso a pensar: “estamos condenados a la soledad y al abandono, faltan veinte para que sean cien años de soledad y olvido”. Parece muy curioso que, en esos dos días que estuve con los areneros del sSnú, no vi a ningún político haciendo campaña en medio de ellos: seguramente por lo auténtico y honrado que tiene el ejercer este oficio.

Acabo de ver a Carlos y su compañero que arriban en su canoa y, por la sonrisa en el rostro quemado por el sol, intuyo que sí cumplieron con la tarea del día de hoy.

*Ubaldo Diaz, sacerdote. Premio APB de periodismo Pluma de Oro 2018 – 2019, Barrancabermeja. Premio Nacional de Cuento y Poesía Ciudad Floridablanca.

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