Los trapos rojos son el ignominioso botón de muestra de la indiferencia de un país que necesitó de la aplastante llegada de una pandemia de dimensiones apocalípticas para enterarse de que el hambre existe.

La lluvia cae con fuerza sobre la ciudad que hasta hace poco estaba desolada y sus aguas diáfanas empapan los trapos rojos que se desprenden de las ventanas más humildes.

Los noticieros de tanto en tanto registran la presencia de estos símbolos del hambre, aunque pareciera ser más importante recalcar por milésima vez que las calles están abarrotadas, que los sistemas de buses están cada vez más llenos, que los gremios económicos le ganaron el pulso a la razón y obligaron al Gobierno a reactivar la economía antes de alcanzar el pico de la pandemia, porque el tiempo en televisión es muy caro para gastarlo en ese tipo de menesteres. Al fin y al cabo, ¿qué va a importarle a la gente el hambre de la otra gente?, si somos un país lo suficientemente egoísta y vanidoso para ocuparse del hambre de los demás.

Aquellos trapos rojos colgados de las ventanas de baja alcurnia son la semiótica de la escasez y la desesperanza que se exhiben como el último recurso con el que cientos de familias se despojan de los restos de esa dignidad perdida en el naufragio y se entregan a la misericordia de una sociedad que siempre los ignoró y los miró por encima del hombro.

Más que un símbolo de la tragedia, los trapos rojos son el ignominioso botón de muestra de la indiferencia de un país que necesitó de la aplastante llegada de una pandemia de dimensiones apocalípticas para enterarse de que el hambre existe, como si la miseria estuviera recién inventada.

Así como también se necesitó del éxodo masivo de los migrantes vecinos para darnos cuenta que en las calles colombianas roban y matan y que el miedo impera en ellas, ahora existe el chivo expiatorio perfecto para lavar nuestras culpas y exculpar la precariedad e ineptitud de los gobiernos, ineficientes a la hora de proveer de justicia social a cada ciudadano y terminamos tomando el camino expedito de culpar a los desvalidos y, de paso, justificar la xenofobia y la aporofobia.

Los trapos rojos se hacen aún más evidentes cuando en los titulares de prensa se muestran la desfachatez y egolatría del Gobierno, en total desconexión con la realidad de su pueblo, despilfarrando miles de millones de pesos en gastos accesorios carentes de toda utilidad (léase compra de camionetas), el mejoramiento y posicionamiento de su vanidosa imagen, de por sí maltrecha, en redes sociales, al mismo tiempo que cientos de empresas sucumben ante la crisis y se declaran en una irremediable bancarrota, aumentando el desempleo y la desesperanza en medio de una crisis que parece no tener un final cercano.

¿Cuántos trapos rojos se habrían evitado con todos estos recursos dilapidados de manera tan grosera e infame si hubieran sido invertidos con conciencia social y empatía hacia los más necesitados?
¿Cuántos trapos rojos se habrían evitado con los miles de millones (o billones) perdidos en el océano de corrupción en el que el país naufragó hace tanto tiempo?

¿Cuántas veces habremos cruzado con nuestras miradas los cerros tutelares de las grandes capitales, desconociendo las afugias, los miedos, la incertidumbre de cada uno de esos hogares que parecen simples luces titilantes en medio de la oscuridad?

¿Cuántas veces habremos tenido, sin saberlo, un encuentro frente a frente con el hambre y la desesperación, personificada en la imagen de un niño hambriento e indefenso que suplica por un poco de nuestra caridad?
En alguna ocasión, leí que la pobreza y la desigualdad en Colombia se habían vuelto paisaje. No obstante creo, sin temor a equivocaciones, que lo que se nos volvió paisaje fue nuestra irremediable indiferencia que nos ha impedido ver desde tiempos inmemoriales aquellos invisibles trapos rojos.

*David Mauricio Pérez, columnista de medios digitales y cronista. Asiduo lector de libros de historia, Twitter: @MauroPerez82

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here