El país parece atrapado en una tormenta perfecta, con una tripulación abiertamente divida y un capitán en prácticas.

Colombia es una montaña rusa de noticias, emociones y manipulación. Pasamos de la risa al llanto y del llanto a la ira. Depende de quién muera, se cambian las fotos de los perfiles en redes sociales o se redistribuyen imágenes de personas para intentar explicar por qué murió, generalmente a modo de “contexto” para “entender” lo ocurrido. En un país donde el dolor es selectivo, algo va mal, muy mal. Pero no es solo el dolor.  

La labor de la justicia también se mueve en la misma lógica. Depende de quién sea investigado, las instituciones reciben o no apoyo. Se rota información del juez o la persona que esté investigando para sugerir que “hace lo que hace” por su filiación política, sea pública o secreta. La idea es siempre la misma: no dar las explicaciones del caso y, de paso, confundir a la opinión creando zonas grises para instalar la duda. En últimas, la justicia poco o nada importa; todo se trata de moldear la percepción a través del uso del lenguaje.

El país parece atrapado en una tormenta perfecta, con una tripulación abiertamente divida y un capitán en prácticas. Tenemos ante nosotros un oleaje que trae consigo masacres de jóvenes, procesos judiciales en los que se investiga al investigador, unos medios de comunicación fungiendo de abogados defensores, organismos de control enfocados en dar buenas ruedas de prensa y, de fondo, una desazón proveniente de la muerte que gira sobre la incertidumbre generada por una pandemia que mejora sus números con el pasar de los días.

Preocupa la honda herida en una nación como la colombiana que no se asusta con la muerte. Parece que la hemos interiorizado. Se concluye por parte de algunos que la gente merece morir por sus ideas políticas llegando al punto de pensar que Colombia mejorará el día que haya menos de ellos. A ese nivel hemos caído. La muerte de niños y jóvenes se intenta justificar por la puerta de atrás a través de instalar la idea de que el color de la piel y el lugar de residencia harán entender el deceso. El clasismo hace de las suyas cuando se muere en Colombia.

Cuando el dolor por la muerte se relativiza, la eliminación del otro se justifica por la simpatía con determinadas ideas políticas y, cuando el clasismo funciona a manera de filtro, debemos preocuparnos. La cuestión no es fácil. No se trata de hacer discursos invitando a la reconciliación cuando desde los medios se anuncia el apocalipsis si algún juez de la república toma decisiones. Es comprensible el dolor de quien vela sus muertos ante el poco o nulo interés de los medios que prefieren enfocar los reflectores en la pirotecnia política para intentar hacer un juicio paralelo al de las instituciones. Debe ser desgarrador tener que ver a un ser querido muerto y a otros tratando de justificar su muerte.

Y pensar que en las zonas azotadas por el conflicto ganó el Sí en el plebiscito… Claro, una cosa es llamar al demonio y otra es verlo llegar. Al mismo momento, queda nuevamente expuesta la brecha insalvable entre las dos Colombias, la urbana y la rural. Los territorios donde campea el desempleo, el hambre, la poca o ninguna oportunidad de movilidad social, donde los intermediarios se quedan con buena parte de la ganancia de los campesinos, éstos que se arreglan la vida para sobrevivir en medio de la guerra y esa Colombia que la Colombia urbana ve por el noticiero al medio día mientras almuerza. Tal parece que algunos de los “ciudadanos” de la Colombia urbana tienen otros intereses, la justicia, por ejemplo, esa que atacan cuando el copartidario es investigado, lo cual no es exclusivo de una colectividad o partido político. Aclaremos: aquí todo llamado de atención, memorando, investigación y sanción es persecución o un acto de odio.

Hoy, el país se encuentra en una frontera peligrosa marcada por el reciclaje de la violencia, de la cual no sabemos su alcance. La muerte ronda los territorios donde el Estado debería ser garante. Mientras, con los impuestos se pagan los esquemas de seguridad de muchos personajes públicos en Colombia a través de la Unidad Nacional de Protección y, entre tanto, en los territorios, simplemente grupos armados entran y matan. La búsqueda de un cambio parte de la necesaria catarsis que debemos hacer todos y de pensar en qué momento comenzamos a relativizar la muerte, la injusticia y demás lacras que carcomen este país. Observar los problemas sociales con la nevera llena y un buen salario nos hace levantar la voz, juzgando temas sensibles de nuestra Colombia rural desde el sesgo ideológico y soterradamente desde el miedo a perder nuestras posesiones.

El miedo es una emoción muy fuerte y es, precisamente, el principal enemigo del cambio. Necesitamos civilizar la discusión y utilizar la política para ponernos de acuerdo. Un acuerdo mínimo permitiría abrir el camino a escuchar al Otro y sus razones en lugar de recurrir a la etiqueta como es nuestra vieja costumbre, sí, esa que, en lugar de escuchar para comprender, oye para atacar. Usted es esto o aquello. Tiene que escoger; no se haga o usted es uno de ellos. Somos muchas cosas además de nuestra opinión política. La muerte no puede ser el pago por pensar diferente ni tampoco el justificante en la búsqueda de un mejor país. Tanto derecha como izquierda son ideas y las ideas por más eliminación de cuerpos que haya no desaparecerán.

*Juan Carlos Lozano Cuervo, abogado, realizó estudios de maestría en filosofía y es profesor de ética y ciudadanía en el Instituto Departamental de Bellas Artes. @juanlozanocuerv

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