Cae gota a gota el maquillaje del rostro de nuestra utopía uribista, mostrando así la auténtica distopía orwelliana: concentración de poder, perfilamiento de civiles en favorables o desfavorables, control de los medios y bancos, una fuerza letal que en nombre de Dios y la Patria procede a disparar, torturar, robar y violar. Bienvenidos a la República Bolivariana de Colombia: “la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”.

Días agitados ha vivido nuestra amada democracia. Amanece hoy un país enguayabado con tufo a 1948 que, para bien o para mal, ha significado que muchos conciudadanos salgan a manifestarse en contra del abuso de la violencia “legítima”; sin embargo, estas protestas llegan después del mes de agosto que, de principio a fin, estuvo marcado por masacres en diversas partes del país y con un objetivo claro – los jóvenes – . Estas protestas llegan también luego del cese del confinamiento y la apertura a una nueva realidad, traducido en un pueblo cansado de quedarse en casa y con ganas de vivir más que nunca. La respuesta desde la Casa Estudio de Nariño fue insuficiente, irrespetuosa, indiferente: “rechazamos contundentemente estos hechos, y vamos a llegar hasta las últimas consecuencias” ha sido el slogan preferido del Gobierno. Nuestra miope Colombia se encuentra en cita oftalmológica con su propia realidad, la cual a través de las redes procede a ensayar distintos lentes que le hagan ver mejor su imagen: “¿Así? ¿Y ahora? ¿Qué tal éste? ¿Mejor o peor?”. Con la nitidez, llega también el temor, pues nos damos cuenta lo mucho que nos parecemos a nuestro mayor coco, la vecina Venezuela.

Arranquemos por la cabeza: Iván, the chosen one. El representante de la juventud y el cambio, el ambientalista y el visionario de un futuro común muestra su fétida imagen de mandadero y de, peor aún, subalterno. Tras dos años en la cabeza del Gobierno, nos ha demostrado que no importa lo incompetente que sea “todo lo puedo en Uribe que me fortalece”. Resalta, por encima de todas las cosas, la pésima forma de escoger sus funcionarios y sus candidatos en las ternas que, desgraciadamente, están a su merced. No me malinterpreten; no estoy hablando de errores, pues estos personajes se encuentran en sus posiciones de manera intencional y premeditada, razón por la cual hoy tenemos un presidente con influencia en Fiscalía, Contraloría y, próximamente, Procuraduría. No olvidemos tampoco que la terna para Defensor del Pueblo está también en manos del Presidente, Defensoría que brilló por su ausencia en las más recientes protestas. En este momento, Iván cuenta con un ajedrez político en el que juega con blancas y negras, y acomoda a su beneplácito todas sus fichas en el tablero donde cada espacio representa un ministerio, una embajada, una institución, una complicidad.

Continuando con este análisis del panorama actual, preocupan los medios. Las nuevas generaciones estamos condenadas a crecer con unos medios que son prácticamente lo mismo que nada, que maquillan “ligeramente” la verdad en función de obtener pautas para poder continuar su funcionamiento. Es nuestra labor apoyar aquellas iniciativas que, sin mucho renombre o apoyo económico de grandes empresarios, buscan brindar un poco de realidad a través de redes; nuestra condena es parcial gracias a estas últimas, donde podemos encontrar variedad de denuncias que, en vez de pautas, reclaman justicia. Entre la maldita ignorancia, nos salvará la bendita verdad. No se puede entonces desconocer el malestar, ni intentar desviar el foco de atención con la excusa del vandalismo: esta crisis no se detendrá buscando un mea culpa de los manifestantes, sino exhibiendo problemáticas que son reales y se buscan empequeñecer con eufemismos.

Llegamos finalmente a la Fuerza Pública. Si analizamos desde 1991, no son muchas las cosas que no le hayan hecho – entre Ejército y Policía – a la ciudadanía: robo, extorsión, secuestro, masacres (“asesinatos colectivos” pues), violaciones, y torturas. El problema no es que se esté estigmatizando a una institución completa por culpa de “manzanas podridas”, a pesar de que se ha demostrado la sistematicidad en muchos de estos hechos, sino que las denuncias no son nuevas ni mucho menos pocas. Nuevamente, las benditas redes han permitido exhibir esos hechos que desgraciadamente antes solo se veían a través de los medios. Esto hace tiempo dejó de ser una cuestión de perspectivas entre un vaso medio lleno o medio vacío debido a que muchos de los altos dirigentes de Ejército y Policía, esos mismos que el Congreso asciende, son grandes responsables en la desgraciada violencia que vive el país día a día. El día de hoy, amanecemos con imágenes de policías con chalecos al revés, lanzando piedras a las ventanas de los hogares, disparando indiscriminadamente, linchando ciudadanos desarmados, y ojo a esto, colaborando con bandas criminales. Si para el Presidente esto es estigmatizar las instituciones, no pretendo titubear ni un segundo en hacerlo, así como también estigmaticé a la Guardia Nacional Bolivariana y su complicidad con los denominados colectivos, así como también estigmaticé a altos funcionarios venezolanos relacionados con el narcotráfico, así como también apoyé a los valientes estudiantes que criticaron al régimen de Nicolás Maduro, el paisano. Sea Neomar o Dylan, el hecho es el mismo y lo rechazo con el mismo dolor.

A manera de reflexión personal, concluyo que no puede suceder que, apoyando un proceso de paz por un lado, se incite a la violencia indiscriminada por el otro. Rechazo cualquier falta de humanidad, con o sin uniforme, pues en estos momentos hay muchas familias que lloran y rezan por el bienestar de su familiar policía que no ha hecho nada para merecer una piedra que pinte de rojo su rostro; por ellos, hay que velar, para que cada vez sean más y mejores. Rechazo, además, a todos esos políticos arribistas que fomentan el malestar y se presentan como los abanderados de las clases populares; de ellos no dependemos, con ellos habrá también destrucción. La solución está en respaldar la iniciativa de una urgente reforma en la Fuerza Pública y cada que tengamos la oportunidad salgamos a ejercer la poca democracia que nos queda para quitarle el poder a esa clase que obra por cualquiera menos por quien lo necesita. Reconozcamos el problema, exijamos algo mejor, y preservemos la humanidad, lo único que nos lavará la sangre y lágrimas del rostro. Señor Presidente, nos están matando.

*Santiago Bohórquez Garrott, estudiante de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia.

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