Es el desmoronamiento de golpeadas democracias. Es el egoísmo de mandatarios ensimismados en satisfacer los deseos de sus bases más extremas. Es Black Lives Matter y es Las Vidas de los Colombianos Importan.

Fue la rodilla del policía blanco ahogando al ciudadano negro George Floyd en Minneapolis; fue una pistola Taser usada sin compasión, seguida de unos golpes punzantes sobre el cráneo del próximo a graduarse abogado Javier Ordoñez en Bogotá.

Fueron las más de 3.000 revueltas que, según el conteo de Princeton University, empezaron en Minnesota y se extendieron a 2.000 ciudades en los 50 estados; fueron las protestas espontáneas en Bogotá y algunos capitales departamentales, que amenazan con expandirse en toda la nación.

Fueron las 19 muertes, la mayoría de víctimas negras en manos de autoridades blancas, que, según Forbes, se dieron en los primeros 14 días de movilizaciones en Estados Unidos; fueron los 13 asesinatos en dos noches en Bogotá.

Fue Donald Trump acusando sin pruebas al grupo Antifa, denominado así por asumir como misión la lucha contra el fascismo, que, en su mente binaria, asocia con la “extrema izquierda”; fue el Alto Comisionado de Paz Miguel Ceballos adjudicando las manifestaciones al ELN y las disidencias de las FARC y así desconociendo de tajo un clamor popular.

Fue Donald Trump ignorando a la familia de Floyd y a todos los que le siguieron; fue Iván Duque, en su diario monólogo sobre el Covid, ignorando el dolor de una ciudad.

Fue Donald Trump señalando a los afroamericanos de manifestaciones de odio, cuando uno se pregunta cómo 48 millones aguantaron tanto; fue Iván Duque pidiendo que no estigmaticemos a la policía, cuando uno quisiera saber cuánto más deberán esperar los 44 millones de colombianos para que tantos policías dejen de estigmatizarlos a ellos.

Fue la destrucción de las estatuas confederadas y la intervención de los parques y los monumentos con expresiones de lo que sería una sociedad más igualitaria ; fue la quema de los CAIs y la instalación de una biblioteca popular en una estructura derruida que quedó en pie para dar cuenta de la voluntad de paz de unos vecinos que condenan la violencia del lado que sea y tienen claro que no quieren ver más abuso policial.

Fue Donald Trump aferrándose a los actos de vandalismo, condenables eso sí, pero no suficientes para deslegitimar un reclamo colectivo; fueron el gobierno de Duque y su partido sacando ventaja de una violencia que no debería haber sido pero necesitan para justificar la “mano dura” del caudillo que sigue mandando.

Fue Donald Trump exigiendo el despliegue de la Guardia Nacional, una fuerza de reserva, en las urbes, en un país que, a diferencia del nuestro, todavía diferencia entre ejército y policía; fue el ministro Carlos Holmes Trujillo, movilizando 850 soldados hacia Bogotá y, para todos efectos prácticos, dando un golpe a la autoridad de la alcaldesa de Bogotá.
Fueron los gobernadores y los alcaldes negando la entrada de los militares en sus territorios, en abierta defensa de sus poderes constitucionales en un sistema federal; fue Claudia López gritando “¡no disparen!”.

Fue el alcalde Di Blasio de la ciudad de Nueva York pintando el cartel Black Lives Matter frente a la Torre Trump; fue Claudia López convocando a un cacerolazo.

Fue Donald Trump negando la necesidad de una reforma policial; fue Iván Duque haciendo lo mismo.

Fue la falta de disculpas allá; fue la disculpa vacía de aquí. De nada sirve pedir perdón si seguimos con el discurso de las manzanas podridas, la justicia ejemplarizante, las investigaciones que nunca terminan, los vencimientos de términos.

Es el desmoronamiento de golpeadas democracias. Es el egoísmo de mandatarios ensimismados en satisfacer los deseos de sus bases más extremas. Es Black Lives Matter y es Las Vidas de los Colombianos Importan.

*Laura Gil, politóloga e internacionalista, directora de La Línea del Medio, @lauraggils

1 COMENTARIO

  1. La comparación es necesaria aunque sea molesta. Pero creo que nuestro pequeño Presidente no la entenderá como una acción de crítica sino como un halago. Los colombianos entramos al laberinto del Horror del afascismo y no logramos encontrar la salida.

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