Un cuento de Navidad

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La mirada perdida de Jacinto Martínez, como la de los alucinados, se clavaba sobre la pared de ladrillo, parecida a la de un peregrino que no ha podido cumplir una promesa, la de alguien que ha perdido algo sin saber exactamente qué. Jacinto estaba a punto de comer una rabadilla de pollo flaco, rodeada de trocitos de zanahoria, tomate y cebolla. Por momentos, contemplaba el campanario de la iglesia que estaba a punto de parir las 12 campanadas de la Noche Buena. Un grupo de niños con panderetas artesanales cruza la plaza principal, devorando con ansias un pedazo de torta pobre, adornada con merengue y cereza en la parte superior. Como en el final de un armisticio, se escuchaban tronar esporádicos “totes” arrojados furtivamente por los infantes que reían sin parar, ante la mirada severa de sus padres; la Navidad estaba a punto de llegar. El anciano Jacinto Martínez seguía silencioso, sentado en una silla donada por uno de esos programas del gobierno a los menos favorecidos. Un estrecho pasillo comunicaba con una sala pequeña que hacía las veces de alcoba y, al fondo, una cama destartalada sin colchón apoyada sobre cuatro ladrillos arrullaba un muñeco de pasta, sin brazos, del tamaño de un bebé. Un baño comunitario, dos sillas, un perro flaco, una mesa de noche completan el cuadro. El destartalado televisor mostraba al legendario Jorge Barón vestido de blanco, con mandíbula cuadrada y labios de ventrílocuo, alzar el brazo derecho y decir: ¡entusiasmo!, ¡entusiasmo!

Para Jacinto, serían 81 navidades en las calendas de su existencia. Ésta sería diferente. Desde hace varios meses, con disciplina espartana y abnegación se sienta en la sala del estrecho y pequeño albergue ver pasar la vida por la ventana, cuando un comando paramilitar lo sacó a él y a otras 60 familias campesinas de una de las veredas perdidas del sur de Bolívar. A su lado un grupo de niños con ojos asustadizos contemplan a través de una buhardilla el bullicio de afuera. Un hombre con cara bonachona y vestido de Papá Noel canta villancicos y reparte algunos regalos; un chorro de niños lo sigue y, por la actitud en sus rostros, los pequeños que están al lado de Jacinto no entienden qué está sucediendo – una celebración ajena a ellos -. Otro hombre con cara de bruto o embrutecido por el licor saluda a los niños a través de la buhardilla vociferándoles – ¡Feliz Navidad!- – ¡Feliz Navidad! – ¡Jo¡, ¡Jo! ¡Jo!

Jacinto Martínez sigue sentado en la misma silla mirando a Jorge Barón, que cede el micrófono a una mujer y ésta le envía saludos a su progenitora en algún lugar de la geografía del país; en ese instante, en el sitio donde está Jacinto irrumpe una fornida mujer con un rosario de niños desarrapados y pregunta:

-¿Usted es el que bautiza?

Jacinto, sin dejar de mirar la televisión, le contesta:

-Sí, él es el cura, el que bautiza.

-“Quiero que me bautice a estos pelaos que están ‘moros’” (así se les dicen en estos pueblos a los niños que no han recibido el bautismo).
Los moros seguían ahí, agarrados a la falda de su progenitora. Uno de ellos vestía una raída franela que decía Hello Kitty; miraban con extrañeza a Jorge Barón hacer monerías en la tarima, simulando darle una patada en el trasero al artista de turno.

Al fin las campanas repicaron, dando a luz a la nueva Navidad. El niño Dios había nacido. Los cables de televisión mostraban cómo o con quién la pasaron este año los famosos. Afuera, los voladores surcaban el espacio sideral cual pequeños proyectiles. En la plaza principal sonaba una sirena anunciando que el año expiraba; personas intercambiaban abrazos, regalos y venturas para el año que viene. Jacinto y los ‘moros’ seguían mirando pasar de lo que quedaba de la noche y escuchar en extramuros a un grupo de niños cantar: “Mamá donde están los juguetes”.

*Ubaldo Diaz, sacerdote. Premio APB de periodismo Pluma de Oro 2018 – 2019, Barrancabermeja. Premio Nacional de Cuento y Poesía Ciudad Floridablanca.

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