Un día con el Papa Francisco

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sacado de hijasdejesus.org

“A Eduardo Tovar, Luis Fernando Guerra y Eduardo López Hooker quienes me acompañaron en esta travesía”.

Mario José Bergoglio y Regina María Sívori jamás imaginaron que su hijo José Mario Bergoglio, nacido hace 80 años en Flores, un barrio porteño de Buenos Aires iba a conmocionar al mundo y mucho menos paralizar por cindo días el país más católico del hemisferio. Francisco es un hombre que despierta toda clase de emociones, hombre que no pasa desapercibido; para ateos, creyentes o no, es la fuerza del evangelio encarnado en esta frágil persona que estremeció a Colombia en su última visita.

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Habíamos salido de Magangué – Bolívar, un grupo de amigos el día anterior rumbo a Cartagena a ver al Papa, esa expresión “ver al Papa’’ se convirtió en un término que se hizo viral en todos lados. Una lluvia inclemente nos azotó todo el trayecto; era el coletazo del huracán Irma que, con su fuerza devastadora, se acercaba a América del Norte para darle a entender al país más poderoso del mundo que el cambio climático y el calentamiento global no eran cuento chino y menos un embeleco del Papa Francisco, cuando exactamente hace dos años les hizo un fuerte llamado de atención a los líderes mundiales con su encíclica Laudato Sí sobre el cuidado de la casa común. Arribamos a La Heroica entrada la noche y mi pequeño grupo de amigos se dispersó en medio de la alegría, del barullo de la gente que hablaban sobre el Papa. Toda Cartagena estaba en ‘”modo Papa’’. A duras penas logré conseguir hospedaje cerca al barrio San Francisco, donde Francisco pasaría al día siguiente a bendecir una obra social de la arquidiócesis de Cartagena que atiende a niñas en estado de vulnerabilidad llamada “talita kum”, palabra en hebreo que, según el evangelio de San Mateo, significa ‘’niña yo te digo levántate’’, pasaje donde una joven de 12 años, hija de un jefe de sinagoga llamado Jairo, es resucitada por el hijo de Dios. Esa noche caminé por sus andenes y callejones ‘’maquillados’’ como decían sus habitantes. – ¡Pasarán 31 años para que vuelvan a arreglar estas calles! – comentó una anciana sentada en una mecedora. Lo decía porque había transcurrido todo ese tiempo a partir de la última visita del papa polaco Juan Pablo II a Colombia, hoy elevado a los altares. – ¡Cuando venga el próximo papa! – le secundó una mujer corpulenta que revolvía un carbón convertido en llamarada, el cual sostenía un caldero hirviente de donde sacaba empanadas humeantes.

Domingo 10 de septiembre, un día soleado, desde cada televisor se veía a Francisco despedirse de la fría Bogotá. Caminé resueltamente hacia la parroquia San Francisco donde la multitud lo esperaba, pensaba cómo entrar, no tenía entrada a ese evento; en todas las esquinas, las tiendas de barrio, un televisor reunía a un grupo de personas jubilosas que seguían la transmisión, semejante a la selección colombiana de fútbol cuando juega un partido trascendental. De repente se escuchó un estruendoso aplauso; las llantas del Boeing de Avianca tocaban suelo cartagenero. Seguí caminando, casi que trotando, con la preocupación latente de cómo poder entrar. Sentí un poco de alivio al ver a un amigo periodista de Noticias UNO, Eduardo López Hooker, tratando de sobrevivir al acoso de una mujer enfundada en un bombacho naranja que, con radio en mano, le intimidaba exigiéndole que se corriera y apartara sus equipos de trasmisión de donde estaba Eduardo me saludó en la distancia: – ‘’Padre, ¿no ha podido entrar?’’ -. Le respondí: – ¡Nada! -. No alcancé a escucharle lo que dijo porque un hombre de finos y amanerados ademanes que hacía parte del protocolo con un séquito de efebos uniformados que le seguían lo apartó definitivamente del sitio. Son esos protocolos acartonados y medio inútiles que hacen más difíciles las cosas para el ciudadano común y corriente que solo queríamos ver al Papa; en pocas palabras, terminan robándose el show. Al fin, pude colarme; una abuela que estaba al interior, la cual jamás había visto me saludó, me fui acercando pausadamente, hasta que pude sobrepasar la última barrera. Son esos momentos en el que uno mira, calcula cuál es el mejor sitio para apostarse. En una improvisada tarima varios músicos cantaban y animaban la mañana …. A la media hora, se escuchó el ulular de una sirena. La ruidosa avanzada asomaba sus narices; llegaba acompañada por más de 50 motos de la policía que avanzaban a una velocidad endiablada; una voz salió del tumulto, – ¡llega el Papa! -. La multitud corrió sin saber hacia dónde; al fin lo pude ver o mejor lo pudimos ver. Se bajó de su papamóvil, saludó a un grupo de niños, caminó con esa sonrisa indulgente que jamás se borra de la mente de los mortales que hemos tenido ese privilegio de estar cerca de él. No puedo describir con palabras lo que se siente porque sería inútil. Ahí lo teníamos a escasos 50 metros, ahí estaba, pasó frente a nosotros, nos bendijo y nos volvió a sonreír a todos. Ése era Jorge Mario Bergoglio, aquel niño nacido en el pequeño barrio porteño de Flores de la ciudad de Buenos Aires hace 80 años. Se subió a su ‘’batimovil’’ como lo sentenció la periodista panameña. Todo tenía que salir de ahí como fuera, rumbo a Contecar, el emblemático puerto por donde ingresa parte de la riqueza a Colombia, representada en importación de vehículos. Al frente de ese puerto están asentados los barrios Ceballos y Santa Clara, una de las zonas más deprimidas y pobres de la ciudad, con profundos problemas sociales por resolver. En esa parte habían colocado la valla de la discordia, que excluía a esos barrios la posibilidad de ver al Papa, según lo manifestó uno de sus habitantes. A esa hora ya no había transporte, solo “motos verdes” de la policía nacional que transitaban por doquier de un lado a otro y las últimas personas que se dispersaban por las callecitas ‘’maquilladas’’ del barrio San Francisco.

Doce del día: el calor era agobiante, el sopor intenso empapaba mi camisa, con el firmamento cartagenero amenazado de lluvia; mientras el huracán Irma tocaba tierra en el sur de la Florida, los cables internacionales mostraban la imagen casi que apocalíptica de sus autopistas repletas de carros, avanzando lentamente en el plan de evacuación masivo jamás visto en la historia de los Estados Unidos, solo comparable con la película 2012. Me acerqué a un vendedor de raspados para refrescarme; éste no daba abasto con su máquina trituradora de hielo y, revolviendo la manivela del molino dijo – ‘’Dios da para todos, padre’’ -. No sé por qué pensé en los detractores, los que se oponían por los costos económicos de la visita de Francisco a Colombia. La manivela del despachador de raspado me tenía hipnotizado y no había mirado los muchos “tuits” de un amigo que desde Contecar me escribía: – ¡pilas que te vas a quedar por fuera! – Lo decía porque desde la noche anterior había personas ingresando a ese centro; como último recurso, me tocó sacarle la mano a una de esas motos pintadas de verdes que seguían movilizándose enloquecidas y el conductor de una de ellas, en un gesto de solidaridad que admiré mucho, me dio un ‘chance’ hasta la avenida Pedro de Heredia. Desde ahí a Contecar en un recorrido de 10 minutos me sentí “atracado” por un taxista que me cobró 20 mil pesos y al final terminó sonriendo en el colmo del desparpajo cartagenero – “usted ha contado con suerte al viajar conmigo, los demás cobran 30 mil” -. Ante esa frasecita cínica y la impotencia de no poder reclamar, pensé mucho en san Uber.

Me enfrenté a Contecar y al desorden de Cartagena, ríos humanos avanzaban sin cesar, logré entrar por la puerta número 3. Al final, unas barandas contenían a un tumulto de personas que portaban las entradas ‘’blancas’’, las VIP, las exhibían y reclamaban reiteradamente al personal de logística. El conato era inminente; por sus gestos daban a entender que eran personas importantes y que no podían esperar; de la muñeca de algunos de ellos sobresalían manillas que nunca supe para qué eran. Yo apretaba la arrugada boleta “amarilla” en mi sudorosa mano como un salvoconducto, una señora que lideraba la trifulca se despachó contra uno de la logística vociferando: ‘’por eso tengo la boleta blanca, y mire que no es amarilla, mire….” Le señalaba reiteradamente al joven de la logística que ya estaba nervioso y sin saber qué hacer desestimaba las amenazas desviando la mirada hacia otro lado. La boleta amarilla, según dijo alguien, eran para el ‘’populacho’’.

La noche había arropado por completo Contecar. De regreso después de esa eucaristía, donde Francisco hizo una fuerte condena a la corrupción y al narcotráfico, fenómenos a los que llamó “lacras”, nos conmovió a todos; el río humano que horas antes entraba sin conocerse salía como hermanos, casi que en procesión, en silencio, algunos con el rostro resplandeciente, otros meditando las palabras de Francisco que nos llegaron al corazón. Una abuela venía en sentido contrario rematando a mil pesos los últimos afiches que le quedaban del Papa. Un joven que iba a mi lado dijo – ¿para qué afiches…. si ya lo llevamos en el corazón?

*Ubaldo Diaz, sacerdote. Premio APB de periodismo Pluma de Oro 2018 – 2019, Barrancabermeja. Premio Nacional de Cuento y Poesía Ciudad Floridablanca.

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