En “Siempre demasiado y nunca suficiente”, Mary, la sobrina de Donald Trump, revela el significado de un puré de patatas.

El Washington Post publicó este domingo 11 de octubre una encuesta que muestra a Donald Trump 12 puntos atrás de Joe Biden – 42 vs 54 -. No sorprende que el electorado manifieste algo de sensatez, pero sí resulta curioso que un hombre tan autoritario como Trump todavía cuente con más de un tercio de los apoyos en una de las democracias más antiguas del mundo.

Soy de las que cree que, más allá de las políticas, el talante de los líderes importa. En esa medida, lamento que los liderazgos de las derechas en el mundo se estén convirtiendo en caricaturas. Toda democracia necesita una alternativa de derecha moderna y dialogante comprometida con la defensa de las libertades fundamentales.

Donald Trump encarna lo contrario. La lectura de “Siempre demasiado y nunca suficiente” de Mary Trump deja claro que el egocentrismo, la mezquindad, la ignorancia y la bajeza de Trump no están diseñadas para la galería. Así es él.

“No tengo problemas en llamar narcisista a Donald ya que cumple con los criterios del ‘Manual de diagnóstico y estadística de los trastornos mentales’, pero la etiqueta no lo explica todo”, escribe Mary, PhD del Derner Institute of Advanced Psychological Studies. Ella se propuso ir más allá.

Y, claro, nos entrega un relato desde el resentimiento. Si nuestros tíos se hubiesen confabulado para dejar a nuestro padre fuera de una herencia de cientos de millones de dólares, supongo que también nos pasaría de hablar desde el rencor. Este sentimiento se convirtió en venganza cuando una periodista del New York Times le tocó la puerta para preguntar sobre las finanzas familiares.  Mary, que tenía acceso a un buen número de documentos acumulados para la demanda que entabló, terminó conduciendo un furgón con 19 cajas de papel derecho de la oficina de los abogados hasta el punto de entrega. Los impuestos de Donald Trump habían sido uno de los secretos hasta entonces mejores guardados del mundo occidental.

Fred Trump, el padre de Mary e hijo mayor del patriarca fundador de la empresa inmobiliaria, estaba destinado a heredar las riendas de la fortuna. Pero pronto fue descartado como sucesor. Mary Trump describe el desdén de su abuelo por la educación y la ciencia: “A Fred (padre) le preocupaba que Freddy se pareciera más a su propio hermano, John, el profesor de MIT: blando, y aunque no poco ambicioso, interesado en las cosas equivocadas como la ingeniería y la física, que Fred encontraba esotéricas y sin importancia”. Fred padre nunca entendió por qué su primogénito eligió una carrera de piloto de aerolínea comercial, por qué no le interesaba presionar a los inquilinos por los arriendos, por qué había crecido como un tipo bonachón. Así, Freddy comenzó a beber y cayó en la depresión y, poco a poco, se convirtió en objeto de abuso emocional de Donald y su padre.

No hay espacio para los valores en el universo Trump. “Las creencias fundamentales de Fred acerca de cómo funcionaba el mundo – en la vida solo puede haber un ganador y todos los demás son perdedores (una idea que esencialmente excluía la posibilidad de compartir) y la bondad es debilidad – eran claras”, manifiesta Mary. ¿Podríamos estar aquí ante el origen sicoanalítico de America First?

Para Mary, el Donald Trump que conocemos encarna las privaciones de su crecimiento. De niño, vio a Freddy humillado día a día por no cumplir las expectativas y sintió que él había sido elegido de reemplazo. Su padre nunca lo criticó, nunca lo regañó, nunca lo castigó. “Donald es el hombre más inteligente que conozco”, decía y así creció el presidente de Estados Unidos, sin desafíos, sin frustraciones, sin opositores, ni en el hogar ni en la escuela, que se acomodaba a los dictados del dinero . Por eso, sostiene Mary, “Donald es hoy como a los tres años: incapaz de crecer, aprender o evolucionar, incapaz de regular sus emociones, moderar sus respuestas o captar y sintetizar información”.

Donald Trump, este hombre que, durante una década, “se tambaleó arrastrado por las bancarrotas y quedó reducido a ser la fachada de unos productos fallidos, desde filetes hasta vodka” hasta que un productor de televisión lo rescató para convertirlo en la estrella del ‘reality’ El Aprendiz, este hombre, que luego llegaría a la Casa Blanca, no ha logrado superar un incidente de infancia tan trivial como una pelea entre hermanos.

“Cuando Freddy, a los catorce años, volcó un tazón de patatas en la cabeza de su hermano, que en aquel entonces tenía siete años, hirió tan profundamente el orgullo de Donald que todavía le molestó cuando Maryanne lo mencionó en su brindis en la cena de cumpleaños en la Casa Blanca en 2017”.  Donald sabía, a su corta edad, que su padre lo había elegido para triunfar y Freddy no pasaría de fracasado. “Que Freddy, de todas las personas pudiera arrastrarlo a un mundo donde la humillación pudiera sucederle a él hizo todo mucho peor”.

Maryanne es una de las hermanas mayores de Donald y es esta visita a la Casa Blanca, en la que se celebraba su cumpleaños, que Mary utiliza como el punto de partida para desenredar el ovillo de los recuerdos. La autora se sentó a esa mesa con la convicción de que casi 63 millones de votantes “habían elegido convertir este país en una versión macro de mi maligna familia disfuncional”. No deja duda al afirmar: “un segundo mandato sería el fin de la democracia estadounidense”.

Y, así como Freddy expresó su rabia contra Donald con una travesura infantil, todo indica que los estadounidenses están listos para mostrarle la de ellos lanzándole otro platón de puré en la cabeza este 3 de noviembre.

*Laura Gil, politóloga e internacionalista, directora de La Línea del Medio, @lauraggils

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