La tecnología hace parte de las necesidades básicas de las personas y los gobiernos están obligados a facilitar su acceso. Pero los políticos tradicionales entendieron que, a través de ello, la ciudadanía puede dejar de tragar entero.

Conozco personas que no usan celular y otros que no tienen redes sociales en Internet. No obstante, a esos mismos los he visto absortos, sumergidos en el uso de teléfonos y redes de quienes están en sus círculos más cercanos. Por lo tanto, aunque no tener aparatos o perfiles propios en la web es una decisión respetable, en muchos casos, no se trata de desprecio a las herramientas o ignorancia de sus usos. Lo que se asoma está más bien relacionado con la obstinación y la tozudez.      

En cuarentena, es normal vivir una montaña rusa de sensaciones. Como no podemos salir, buscamos otras iniciativas que nos den la ilusión de estar libres, por ejemplo, los libros, la música, la televisión, o la navegación por Internet. En un pequeño móvil conectado, encontramos lo anterior y mucho más; eso hace que supere a cualquier otro dispositivo tecnológico. En la repartición de gustos y adicciones, el celular lleva la delantera. Claro, además de las llamadas de voz, el hecho de que uno allí encuentre todo el entretenimiento que desee o que, en tiempo real, esté informado y pueda interactuar inclusive con el que produce la noticia hace que nos embelesemos en su rutina. Cada huella digital que dejamos se entiende como la oportunidad de reclamar un espacio y legitimar nuestra condición de punto en la humanidad.

De acuerdo con el estudio realizado por investigadores del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra sobre bienestar y uso de la tecnología, se pudo establecer que las personas han utilizado durante la pandemia, en promedio, cada día, 9.1 horas los dispositivos electrónicos, es decir, hemos pasado la mayor parte del día durante este confinamiento frente a una pantalla. 

Nos volvimos esclavos de los teléfonos inteligentes; después de resinas, amalgamas y prótesis, el teléfono inteligente se constituye en el cuerpo extraño que más tiempo pasa en contacto con nosotros. Dejarlo por pocos segundos puede incluso producir ansiedad y estrés, todo ello, debido a que permanecemos como El coronel no tiene quien le escriba, prestos a que llegue la llamada o el mensaje de quién sabe dónde, que siempre hemos esperado, para que mejore nuestro modo de vida. Esa expectativa de solución de los padecimientos se trasladó a ese artefacto, el mismo que poco a poco nos mengua la visión y que abiertamente nos secuestró la mayor parte del tiempo.

Sé que a mis hijos les resultará vacuo este artículo; ellos nacieron con el chip de lo virtual y, para ellos, el mundo siempre ha sido interconectado. Conmigo hay una generación que no termina de superar el impacto de esta arropadora revolución tecnológica que ha llegado para cambiarnos la vida para siempre. La pandemia terminó de acelerar el proceso.

Por eso, queridos amigos, el asunto no puede ser de: “Necesito que me pagues la luz por Internet”, se trata más bien de “Enséñame a pagar la luz por Internet”. Mientras más rápido lo entendamos, sin importar la edad, más pronto podremos adaptarnos y evitar amarguras y frustraciones.

Hoy, la tecnología hace parte de las necesidades básicas de las personas y los gobiernos están obligados a facilitar su acceso. Pero esto no está tan cerca porque los políticos tradicionales han entendido que, a través de ello, la ciudadanía puede dejar de tragar entero.

Así que a ponernos en sintonía y no nos quedemos rezagados porque ya todo o casi todo, está atado a lo digital. Aprendamos su hábito y control, pues no queremos hacer parte del 38% del estudio referido, que presenta patrones de uso problemático o adictivo del celular, lo cual termina afectando nuestras actividades cotidianas.

*Rodney Castro Gullo, Gerente general de la Sociedad Portuaria Bocas de Ceniza S.A, abogado de la Universidad Libre de Colombia. @rodneycastrog

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