Eso siento. Vergüenza. Propia y ajena.

Hoy estaba en Transmilenio un señor. Hablando. Pidiendo. Es pintor. Trabajaba como pequeño contratista para un colombiano de bien. Lo hizo por ocho meses. Sin PEP (Permiso Especial de Permanencia). Solo con su saber. Y le fue bien.

Pero el colombiano consiguió un contrato mejor y pretendió llevárselo con él. No calificó. No tenía estudios de trabajo en altura ni -como ya señalé- PEP.

Ese paisano no tendría por qué estar aquí. Pero está por su culpa y también por la mía. Y de todo venezolano de buena fe que me lea.

Nosotros facilitamos la llegada de Chávez y también la de Maduro, con votos y abstención. Pero también lo hizo nuestra dirigencia, con su soberbia y mezquindad. Con su  decisión de dirigir -“yo” y después de mí, el diluvio-. ¡Y cómo llueve! 

Pero no estamos solos. La comunidad internacional nos acompaña en nuestra conducta. Ayer y hoy.

Ayer prefirió voltear hacia los lados a sabiendas de lo que ocurría. La era Insulza en la OEA será para nosotros inolvidable. Hoy, esa misma comunidad hace declaraciones rimbombantes de preocupación, pero las mismas no se traducen ni en recursos para los países impactados por nuestra diáspora, ni en medidas internas que faciliten nuestra integración.

Si alguna duda se tiene respecto de lo que afirmo, sirva como recordatorio las decisiones limitantes de acceso de venezolanos a países hermanos, como exigencia de visas o el no otorgamiento durante más de 17 meses de un mecanismo general de nuestra regularización en Colombia.

Ese señor casi lloró de desesperanza mientras hablaba.  Lágrimas de impotencia asoman en mis ojos mientras escribo.

Gonzalo Oliveros Navarro, @barraplural, magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, refugiado en Colombia, presidente de AsoVenezuela

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here