Miranda es el apellido de un nacional peruano que, en la capital de ese país, denigró esta semana de un compatriota venezolano, mientras acontecía que en el Palacio Legislativo limeño el nuevo presidente de ese país – Francisco Sagasti – juraba el cargo.

Las expresiones absolutamente ofensivas utilizadas contra el joven venezolano, su madre y nacionalidad se hicieron virales, consecuencia de la filmación que éste hizo. La reacción no se hizo esperar.

Por una parte, la representación de Guaidó en ese país orientó y acompañó al joven venezolano en las acciones judiciales respectivas, en tanto la alcaldía local donde vive el denigrante le multó con el equivalente a 1.200 dólares americanos por su impropia conducta, todo lo cual originó al siguiente día un video del señor Miranda, excusándose por la misma, mientras las autoridades informaban que las investigaciones judiciales continuarían.

Hemos sostenido en muchas de nuestras columnas que el venezolano que cometa un hecho punible debe responder por ello y, agrego, aún cuando se excuse por su conducta. Ocurre igual cuando contra uno de nosotros que, en esas circunstancias es contra todos, se evidencien conductas sancionables; quien las cometió debe responder por las mismas, dado que la ley es igual para todos.

La excusa pedida no excluye el hecho; pudiera ser en todo caso que atenúa la sanción que del mismo deriva, pero lo cierto es que la responsabilidad subsiste y debe exigirse como en derecho corresponde.

Perú entrará el próximo año en período electoral, tal como Colombia lo hará a fines del mismo. Si no se ataja a tiempo una campaña xenófoba contra los venezolanos que por el mundo estamos, se iniciará una espiral que uno sabe cómo se inicia pero no cómo concluye.

Lo irónico del tema que nos ocupa es que mientras el señor Miranda – por cierto, apellido vinculado a nuestro país a través del precursor de nuestra independencia, Francisco de Miranda – increpaba de manera soez a nuestro connacional, el Presidente de su nación recordaba que el próximo año se celebrará el bicentenario de su independencia, que fue liderada por venezolanos y, al salir del Palacio Legislativo donde prestó juramento, accedió a la Plaza Bolívar – en honor al más grande de los caraqueños – adyacente al cual se encuentra el Paseo Simón Rodriguez, maestro de aquel y también natural de la misma ciudad de El Libertador.

Así las cosas, cuando el señor Miranda denostaba de nuestra nacionalidad, lo hacía entonces también de esos personajes que le permitieron a él ser lo que es hoy, peruano.

De lo ocurrido, hay lección general para la víctima, el victimario, la representación venezolana y el Estado donde los hechos ocurren, pero sobre todo para los que afuera estamos y permanecemos sujetos a ser víctimas de prácticas xenófobas.

*Gonzalo Oliveros Navarro, Magistrado del Tribunal Supremo de Justicia. @barraplural

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