Carta a papá: 24 años después

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En mi caso, los primeros 32 años de vida están llenos de recuerdos de una vida feliz gracias a su usted, a sus enseñanzas, a su amor. Gracias papá y hasta el próximo año, cuando cumpliremos un cuarto de siglo sin su presencia.

Hola papá: hoy es 7 de agosto y, como siempre sucede desde hace 24 años, me siento frente al computador con la pantalla en blanco y pasan minutos eternos en los que no sé como empezar a contarle del último año. Imágenes y recuerdos se acumulan, mientras la tristeza y la nostalgia aparecen al comprobar que un vacío tan grande nunca se llena. Ya casi cumplimos un cuarto de siglo de su ausencia. Eso es mucho tiempo y, a la vez, esos días de agosto de 1997, se sienten muy cercanos en la frágil memoria que tenemos los humanos. Aún recuerdo la felicidad con que salimos ese 7 de agosto desde Atenas hasta el Canal de Corinto, con María Cristina y Daniela, con apenas dos añitos, a pasar unos días de descanso de puente, que se convertiría en el más horroroso de mi vida. La absurda y atroz violencia de esos años, que no se detiene a pesar de todos los esfuerzos, acabaría con su vida y con la alegría de la familia y de una ciudad que lo quiso profundamente y todavía lo añora con verdadero afecto y cariño.

El último año ha sido intenso en el país, con una pandemia que parece no tener final. La crisis social se agravó, la pobreza y el desempleo aumentaron aceleradamente y el gobierno fue tacaño y demorado en las ayudas a empresas y personas para evitar el colapso que vivimos. Por un mal manejo de la pandemia, nos convertimos en uno de los diez países del mundo con mayor número de contagios y muertes. La necesaria vacunación arrancó tarde y muy lenta, pero, en los últimos dos meses, ha mejorado su ritmo, sin que veamos cerca la inmunidad de rebaño, como consecuencia, además, de la aparición de nuevas variantes.

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La ausencia de liderazgo presidencial, el déficit de diálogo social, la nula empatía del jefe de Estado con la gente y su incapacidad de atender y entender las movilizaciones de los jóvenes antes de la pandemia, en noviembre del 2019, nos condujo a un clima de indignación ciudadana que provocó un histórico y prolongado estallido social desde el 28 de abril, con la presentación de una reforma tributaria equivocada e inoportuna, que metía la mano al bolsillo de los pobres y la clase media. En este último año, papá, vivimos la tragedia perfecta: la pandemia más grave y letal que haya afectado a la humanidad en el último siglo, las protestas y movilizaciones sociales más grandes desde las del Bogotazo en 1948 – que usted solía contarme – enfrentadas por el gobierno más incompetente y el presidente menos preparado para semejante responsabilidad. De hecho, hoy se cumplen tres años del mandato Duque y el balance no puede ser peor: tres años con más pobreza, menos empleo, más inseguridad y menos paz.

Con ese panorama nacional, desde hace un tiempo nos comenzamos a reunir un grupo de dirigentes de distintos orígenes y trayectorias para conversar sobre la coyuntura del país, preocupados por su futuro. Encontramos muchas coincidencias, especialmente en la necesidad de superar vanidades personales y aspiraciones para demostrar a los colombianos que si es posible unirnos alrededor de causas y propuestas. Finalmente, conformamos la Coalición de la Esperanza, que se consolida y que se ha convertido en una opción de cambio para los colombianos, alejada de los extremos, con liderazgo colectivo y espíritu de equipo. Con Humberto de la Calle, Angela María Robledo, Jorge Enrique Robledo, Sergio Fajardo, Juan Manuel Galán y el Partido Verde, avanzamos en la construcción de una propuesta programática y ética. Estamos convencidos que las mayorías ciudadanas acompañarán esta alternativa para superar la profunda y dañina división del país en los últimos años. Por cierto, la decadencia de su glorioso Partido Liberal en manos de César Gaviria es lamentable. Esta semana con la justa y oportuna devolución de la personería del Nuevo Liberalismo, se abren caminos de esperanza para el pueblo liberal de Colombia.

En lo regional quiero contarle papá que nuevamente en Cúcuta y el departamento padecemos una ola de violencia parecida a los momentos de su asesinato, en que la guerrilla y los paramilitares azotaron al departamento y causaron tanto dolor. El deterioro de la seguridad es evidente con el crecimiento de los distintos grupos ilegales, que ya reaparecen en los propios barrios de Cúcuta, ante la mirada impotente de la gente y la incapacidad de las autoridades. Quedamos en el peor de los mundos, con un gobierno que no implementó los acuerdos de paz y tampoco fue capaz de combatir con eficacia a los grupos armados. Los graves atentados contra la vida de del Presidente y la Brigada del Ejército demuestran el fortalecimiento de estas organizaciones ilegales. Al mismo tiempo la crisis social se agravó, con cero atención del gobierno nacional y ningún nuevo proyecto de inversión nacional en la región.

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Cada vez que Duque visita la ciudad es para supervisar las obras que dejamos en marcha y con su financiación asegurada en el gobierno Santos: el acueducto metropolitano de Cúcuta y la doble calzada Cúcuta-Pamplona, las más importantes. En este desolador panorama, el gobierno insiste en su torpe posición en las relaciones con Venezuela y los pasos fronterizos legales se mantienen cerrados, perjudicando a los empresarios locales, mientras el crimen crece en las numerosas trochas ilegales.

Como siempre papá, el espacio nunca alcanza para actualizarlo de los principales hechos del último años. En lo personal una noticia triste fue la muerte de su gran amigo, compañero de pupitre en el Congreso y de mil batallas en la política, Horacio Serpa, a quien usted tanto quiso y admiró. También partieron grandes y viejos amigos suyos, fundadores de la Renovación Liberal en Cúcuta, como ese gran líder comunitario Edgar Arenas. Su otro amigo del alma en el Congreso, Aurelio Iragorri, perdió la batalla contra el COVID.

Termino como siempre en estos 24 años papá con imágenes acumuladas que me vienen a la cabeza, al tiempo que el alma se entristece. Pienso en tantos momentos que pasamos juntos. En el interminable viaje que nos llevó hasta Irak para conocer a Arafat y su emoción ese día, en las caminatas por los Inválidos en Paris y su impresionante conocimiento de cada pedazo de la ciudad sin haber vivido nunca allá, en las noches de tertulia en la cafetería El Virrey en el Tequendama, a las que llegaba todas las noches entusiasmado a la salida de la Universidad, en los recorridos por los populares barrios liberales de Cúcuta como Carora y San Miguel, donde nos parábamos en cualquier esquina a tomar una cerveza con sus amigos, en los partidos en el General Santander sufriendo por el doblemente glorioso, en épocas de Roganti, Pupo, el bocha Santín, Iguarán y la bruja Verón, en las celebraciones familiares de Navidad con toda la familia, muy pequeños en la casa del tío Azis y después de Yesmín. Usted disfrutaba en todos los escenarios, ciudades, con su familia y su gente. Esa sencillez era su gran virtud, entre tantas. Ahora todos unidos acompañamos y cuidamos a mi mamá, que está muy bien y disfruta cada vez más de sus nietos, alegría que a usted le quitaron los asesinos que, en forma salvaje y bárbara, acabaron con su vida esa mañana del 8 de agosto de 1997, que jamás olvidaré. Dice Garcia Márquez en una bella frase, que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Nada más cierto. En mi caso, los primeros 32 años de vida están llenos de recuerdos de una vida feliz gracias a su usted, a sus enseñanzas, a su amor. Gracias papá y hasta el próximo año, cuando cumpliremos un cuarto de siglo sin su presencia.

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*Juan Fernando Cristo Bustos, @cristobustos, Exministro del Interior y ex senador.

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