Las 25.000 gallinas de Repelón que llegaron para Navidad

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Rodney Castro, columnista de La Línea del Medio, recrea el robo de las 25.000 gallinas que, en medio de la pandemia, le devolvieron la Nochebuena a un pueblo del Atlántico.

Aquel 23 de diciembre, Rubén había salido con Daniel y Álvaro sus dos amigos de siempre, en busca de aventuras y algo de comer para traer a casa; tenían la misma edad, 14 años; igualados en su aspecto, con ropas cobrizas, fruto de tierras viejas que el accionar de las aguas del Canal del Dique, con el jabón de perro, no habían podido arrancar.  Y qué decir de sus zapatos, llenos de imperfecciones y huecos estratégicos, que ayudaban a disipar un poco el mal olor que producía el utilizarlos sin medias; a pesar de los esfuerzos con jabón, champú, detergente, y cuanta mata aromática, su hedor a mortecina persistía en ellos. También los tres llevaban el resultado de su dedicación: caucheras pulcras y habilitadas como garantía del éxito de la jornada en el monte. Habían pasado toda la tarde anterior acicalándolas. El viaje en bicicleta desde el corregimiento Villa Rosa, su terruño, hasta el casco urbano de Repelón, había valido la pena; encontraron en la tienda del pueblo las tiras de caucho necesarias, para que, en sincronía con las pulidas horquetas y los recortes de cuero ceñidores de los proyectiles, pudieran funcionar con implacable perfección.

La marcha inició a las 2 de la tarde; todos habían almorzado. En su tránsito notaron lo desoladas que estaban las calles; no obstante, en algunas terrazas, debajo de campanos, mangos o tamarindos, adultos mayores columpiaban sus mecedoras con la intención de fabricar pequeños soplos, que les permitieran hacer frente a los 42ºC de ese ardiente medio día. 

Pasaron por la casa de uno de los políticos del pueblo; se podía escuchar el estridente sonido de un pickup con una canción de Farid Ortiz y la algarabía de quienes se encontraban al interior del patio, lo cual  evidenciaba el parrandón con banquete incluido, pues los vasos de icopor sucios de sancocho estaban por todas partes frente a la casa y el  aroma a carne asada abarcaba a todo el caserío.

Lo que se vivía allí era contradictorio con lo que el resto del pueblo experimentaba, pues la pandemia tenía pasando trabajo a la mayoría. Si antes no había empleo, ni oportunidades para salir adelante,  ahora con la cuarentena todo se hacía más difícil. En la casa de Rubén, por ejemplo, el almuerzo había sido arroz con huevo y agua. Vivía solo con su madre, quien por mucho tiempo fue empleada del servicio en una casa de Barranquilla y por el coronavirus había quedado sin trabajo hacía ya ocho meses.

Adentrados en el espesor de  los potreros de la zona, le dispararon a tortolas, tierrelitas y a dos conejos, pero a nada le atinaron. Buscaron yuca, ñame, guineos e inspeccionaron árboles frutales y tampoco encontraron qué tomar. Tres horas y media después, dieron por concluida la faena; era otro día más de fracaso. Decidieron regresar para que no los cogiera la noche. 

Al pasar por una vieja y semiderruida edificación, a Rubén le llamó la atención un lobito pollero de mil colores, que caminaba por un tramo de una de las  paredes inconclusas de lo que sería la parte trasera del inmueble.  Llegó hasta la pared, y de un salto se trepó para asomar su mirada al otro lado, y vaya sorpresa… no tendrían que regresar con las manos vacías a casa. El lugar estaba tapizado de verdes y enormes hojas de ahuyama, de las cuales sobresalían algunas flores amarillas y debajo de las plantas, apretadas a la tierra,  las más hermosas y robustas ahuyamas.  

Con sus resorteras en el cinto, se dispusieron a realizar la inspección del espacio. Estaban pletóricos por el hallazgo; por lo menos tendrían un 24 de diciembre con algo garantizado qué comer. Sus camisas terminaron convertidas en costales; cada uno escogió las frutas que pudo. Empero, tendrían que volver, pues quedaban algunas por recoger.

Daniel era el último por salir del patio para seguir el camino a casa; sin embargo, arriba de la pared, antes de dar el salto al exterior, se quedó concentrado en el horizonte, como alelado y dijo: 

– Ey pelaos,  vengan a ver esto…

Desde ese lugar se podía observar a una multitud entrando y saliendo de una finca ubicada en el sector de Guayepo. Algo raro estaba ocurriendo, hombres, mujeres y niños corrían con sacos repletos por los potreros. En la vía principal, la concentración de jóvenes en bicicletas, motos y motocarros era notoria.

Entonces, Rubén dijo,

– Vamos a ver qué es lo que es…

Cargados de ahuyamas caminaban con ansiedad, más por curiosidad, que por otra cosa.  Pero, a mitad de camino vieron cómo se aproximaba un viejo campesino lleno de decrepitud, de rostro maltratado por interminables adeudos bajo el sol  y atiborrado de arrugas; llevaba una gorra amarillenta y deshilachada que ocultaba su cuero cabelludo y marchaba presuroso con dos sacos al hombro abriéndose camino en medio de maizales, matorrales y chamizos.

Al encontrarse se detuvieron un momento, el hombre los saludó con una ampulosa sonrisa,

– Estamos coronaos, voy y regreso…

En ese momento, apareció otro muchacho quien, ignorando la presencia de los jóvenes y sin detenerse le dijo al viejo:

– ¡Pilas! Hay que aprovechar… la finca está abandonada …

Todos siguieron su camino. Los tres no entendieron nada; solo sabían que debían llegar raudos a aquel sitio.

“Las gallinas se estaban ahogando en los galpones y como que las soltaron a comer. Se escuchó que los dueños estaban presos y que, por eso, las gallinas estaban sin comida. La cerca de la finca no tiene ninguna barrera, cientos de gallinas se salían para la carretera para cruzar en busca de sombra, la gente pasaba y las cogía. Luego iban al pueblo e informaban y venían otros a coger. Así se fue regando la bola. Y como en el pueblo lo que hay es necesidad… es que la carretera era pura gallina… la gente con hambre hace lo que sea… los vigilantes estaban armados con rulas, pero ante el gentío, nada pudieron hacer… los de la finca son culpables porque debieron tener más cuidado con esa cuestión…”, se le escuchó decir a  Alexander, uno de los motaxistas de Repelón.

Cuando Rubén y sus amigos se aproximaban, advirtieron que el frenesí de la gente era descomunal. De Repelón eran la mayoría, pero también notaron la presencia de  vecinos de Villa Rosa. Entraban a la finca por todos los flancos, nunca por la entrada principal  y salían con costales, bolsas, y cabuyas cargadas del animal.

Adentro, el caos era generalizado, gallinas por todas partes; las personas en su desespero las estrangulaban, pateaban y golpeaban con lo que tuvieran a la mano para facilitar su recolección. El tumulto cada vez se hacía mayor. Rubén, Álvaro y Daniel  absortos veían el tétrico espectáculo. Se miraban entre sí sin acometer ninguna acción, pues no sabían si lo que ocurría estaba bien y, además, en sus manos y brazos posaban inmensas ahuyamas.

Entonces decidieron que uno de ellos sacrificara su cargamento para recoger gallinas por  todos. En la camisa desvencijada de Álvaro, lograron acumular unas ocho gallinas, y, como pudieron, se acomodaron dentro de sus pantalonetas algunas más.

En el pueblo, se esparcía el rumor de que a los dueños de esa finca los habían metido presos y que, en breve, llegarían a decomisar todo, es decir, los galpones que contenían unas 25 mil aves. 

Lo cierto es que esas gallinas para los habitantes de Repelón y sus alrededores fueron como maná caído del cielo. Gracias a ese suceso, muchos pudieron tener garantizado un alimento digno en su mesa para Nochebuena. 

Rubén llegó a  casa a las ocho de la noche, encontró a su madre en el patio lavando ropa ajena para ganarse unos cuantos pesos y puso sobre la mesa de madera, llena de rayones de cuchillos, que fungía de mesón y comedor, seis gallinas y tres ahuyamas. 

– Mamá, ya tenemos la comida del 24…

El brillo en los ojos de la mamá de Rubén se asimilaba a dos resplandecientes luceros. El corazón se le apretujó y una fuerza descomunal quiso salir por su boca y por los ojos, pero ya no tenía lagrimas y un impresionante nudo en la garganta le impidió pronunciar palabra alguna. Solo miró con serenidad y amor a su hijo.

Puso a hervir a esa hora agua para desplumar y despresar las gallinas; debía conservarlas en la ennegrecida y magullada caja de icopor que funcionaba como nevera y donde tenía algunos pedazos de hielo. 

Cuando la madre de Rubén se halló respuesta del golpe emocional, le dijo, 

– Ay hijo, ojalá esos pollos de Guayepo no sean pa’ problema. En el barrio todo el mundo estaba alborotado con eso.

Y remató con un: 

– Papi, ve a bañarte que estás hediondo, dejas los zapatos allá debajo del guayabo y te lavas bien los pies.

A la mañana siguiente, a Rubén lo levantó la música de la calle. En medio de las dificultades, había llegado otro 24 de diciembre.  Encontró a su mamá en el patio conversando con Magali, una amiga vecina, mientras ella seguía en la batea limpiando ropa ajena. Les dio los buenos días y se sentó en la mesa; allí encontró el café con leche de toda su vida, con un platico encima que lo libraba de moscas y a un lado, en otro plato tapado, huevo revuelto con bollo limpio.

Se entretuvo con la conversación de las dos mujeres; Magali señalaba:

“Eso fue un acto vandálico, no debió suceder… primero porque este es un pueblo sano, y segundo por que, con un hecho como éste, se pone la imagen del pueblo por el suelo. Quedamos muy mal con esa gente extranjera… imagínate me llamó un sobrino de Barranquilla para decirme que la noticia le estaba dando la vuelta al mundo… no debieron abusar de esos galpones… los empleados decían que cogieran las gallinas que estaban afuera, pero la gente se metió en el predio y arremetieron contra las cosas de la finca… No hay ninguna justificación para meterse en un espacio ajeno y dañar una cosa que vale tanto dinero… En el barrio Marco Lopera están de fiesta, muchos llenaron sus patios con las gallinas ponedoras que se robaron…. Yo no estoy de acuerdo, creo que las cosas ajenas hay que respetarlas… las autoridades no deben apoyar eso, porque después se vuelve costumbre, mañana pueden entrar en una finca para llevarse el arroz… “

La mamá de Rubén asentía con la cabeza y  miraba a su hijo de reojo. Cuando éste terminó de desayunar, sin ningún tipo de abatimiento se acercó a la caja de icopor, quería apreciar el triunfo de su día anterior y encontró sólo dos gallinas despresadas. Miró entonces donde estaban las ahuyamas y divisó solo una.  Nunca le cuestionaría a su madre lo que hacía con los alimentos.

Álvaro y Daniel ya lo esperaban en la puerta; esta vez, además de la Honda, cada uno llevaba un saco para acumular tesoros. Emprendieron una vez más el recorrido. Mientras se alejaban se escuchó una voz de madre preocupada:

– Rubén, hijo, no vayas a llegar tarde.

*Rodney Castro Gullo, Gerente general de la Sociedad Portuaria Bocas de Ceniza S.A, abogado de la Universidad Libre de Colombia. @rodneycastrog

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