6.402 y aquí no pasa nada

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Sacado de Periódico la tribuna

6.402. En otras latitudes, esta cifra daría para un escándalo de dimensiones estratosféricas.

Sacado de Periódico la tribuna

La cifra es escalofriante, inadmisible, intolerante. Es dantesco el solo pensar que nuestro territorio pueda albergar tanta ignominia. Pero lo más escalofriante, intimidante y no menos indignante es la pasividad con que la ciudadanía ha recibido la noticia de los 6.402 asesinatos a manos de fuerzas del Estado. Lo recibimos así, sin más, como una simple estadística, como si se tratara de un número de lotería que muchas personas jugaron al mismo tiempo para desafiar a la miseria. Es ciertamente aterradora esa capacidad de adaptación a la ignominia que ha sufrido nuestra sociedad por cuenta de esta violencia de marras, en lugar de causar una indignación capaz de tumbar regímenes de odio. Tal vez es esa la parte más sombría que nos ha quedado de vivir en un país en permanente estado de guerra y confrontación, un lugar en el que la muerte se volvió paisaje y la vida vale menos que nada. En otras latitudes, esta cifra daría para un escándalo de dimensiones estratosféricas y caerían las cabezas responsables de semejante atrocidad, pero aquí, por el contrario, no solo adolecemos de una sanción penal ejemplarizante, sino tampoco existe el valor ciudadano de imponer una sanción social contundente ante tales delitos de lesa humanidad. 

Me aterra imaginar que en algunas décadas los libros de historia relatarán los hechos que hoy vivimos y escribirán en sus páginas esta cifra execrable y con la lejanía de los años quienes lean esas páginas de la infamia nacional sabrán que quienes hicimos parte de esa época aciaga y siniestra de la historia del país no hicimos nada para torcerle el rumbo a ese destino atroz al que le tocó resignarse a este territorio sin dolientes. 

¿Qué podremos responderles a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos cuando nos cuestionen sobre nuestro actuar mientras esto ocurría? ¿Con qué cara podremos admitir que mientras el país se desbarrancaba por el más ruin de los abismos nosotros seguíamos viendo el reality de moda o esperábamos con fútil expectativa la llegada del fin de semana para emborracharnos? La respuesta tal vez la encontremos en la hipocresía inocultable que mostramos cuando nos conmovemos ante la ignominia de dictadores y regímenes en territorios lejanos y de alguna manera inexplicable nos sentimos enardecidos ante la barbarie perpetrada fuera del alcance de nuestra mirada. Pero ante el genocidio sistemático y aterrador en nuestro territorio, ese que se nos presenta en nuestras narices, tal vez en algunos casos a la vuelta de nuestra esquina o incluso más cerca, en nuestra propia familia, muy poco hemos tenido el valor de condenarlo con la firmeza necesaria para cambiar el rumbo de esta historia fratricida.   

6.402, ese número fatídico e infame que representa el mismo número de madres que vieron un día cualquiera salir a sus hijos de sus casas, seducidos por una oferta de trabajo en días de afugias, el cual prometía alterar el destino de hambre y pobreza de su familia.

6.402 familias que se tropezaron de frente con la crueldad de un establecimiento arbitrario y egoísta que se afanaba tan sólo por mostrar unos resultados mentirosos a cambio de dinero, medallas, felicitaciones públicas y permisos de salida.

Siempre he creído que el principal y más grave problema de Colombia es precisamente el no tener una ciudadanía capaz de sobreponerse a tantas infamias que a diario vemos y vivimos. Nuestra pasividad de alguna manera se convierte en cómplice cuando, ante los más graves atropellos, adoptamos esa cruel actitud de indiferencia y tolerancia frente al crimen y miramos hacia otro lado, como si la cosa no fuera con nosotros, como si lo que aquí ocurre no nos afectara de manera directa. Somos tan insensibles ante el dolor que va prodigando la guerra que se necesita que sea un cercano, un familiar, un amigo, la víctima de algo tan escabroso e insensato como es una ejecución extrajudicial.   

¡Qué infame es ese mismo establecimiento, ruin y despiadado, al pensar tan solo en su propia perpetuación en el poder y acariciar de manera grosera y dantesca la idea de incrementar sus réditos políticos sobre las tumbas gélidas de miles de inocentes! ¡Qué infame es ese Estado y sus fuerzas oscuras que nos ha tocado en desgracia padecer, el cual solo posa su mirada sobre esos sectores de la población para levantar su mano alevosa y sacrificarles sin remordimiento alguno! ¡Qué infames fuimos y somos nosotros, porque sin nosotros, esa sociedad indolente y fallida, esos mismos jerarcas de la infamia jamás habrían llegado al poder!

Infames, usted y yo, amigo lector, amiga lectora, por permitir tanta atrocidad.  

*David Mauricio Pérez, columnista de medios digitales y cronista. Asiduo lector de libros de historia, Twitter: @MauroPerez82

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