“Todo lo que, en nombre de las mujeres, creó este premio de consolación, este coto de caza, suelen hacer del Día de la Mujer (originalmente de la mujer trabajadora) la antítesis de la lucha feminista.”

Desde hace varios años, he despotricado del Día de la Mujer porque me parece un acto de autosabotaje de las mujeres promovido como un pajazo mental por los hombres. Qué masculino vivir de pajazo en pajazo para encima imponer a todo el planeta la desgracia de verlo en vivo y en directo: la rosa, los chocolates, la felicitación con la que muchos jefes aprovechan para tocarles los brazos o la espalda a sus empleadas, la competencia tan masculina entre los “hombres detallistas” que, aparentemente sin compromiso, compiten por ser los más atentos. Todo lo que, en nombre de las mujeres, creó este premio de consolación, este coto de caza, suelen hacer del Día de la Mujer (originalmente de la mujer trabajadora) la antítesis de la lucha feminista.

Sin embargo, de unos años para acá se ha hecho más y más evidente el gran valor del feminismo. Sería muy estúpido decir que es un renacimiento porque el feminismo nunca murió, pero es claro que ahora está punteando en la agenda como una prioridad de todos. Si esta visibilidad viene o no del acoso que por fin se revela, de la matonería masculina, qué más da, si no hay mal que por bien no venga. Gracias a esta renovada visibilidad, se ha refrescado también el sentido de conmemorar (que no celebrar) este ocho de marzo.

Existe un consenso generalizado en torno a la importancia de la causa por la igualdad de género y son cada vez menos las mujeres que se declaran, de manera gratuita, antifeministas. Por fin está entendiéndose el aborto como un problema de salud pública y no como un capricho de las casquivanas, por fin se entiende que la violencia de género no es normal y se encuentra mucho más allá y más acá de la agresión física. Por fin estamos cuestionándonos sobre el papel de los medios en el establecimiento de una cultura estructural del machismo, por fin estamos pensando en proteger a las niñas para que crezcan como mujeres libres, dueñas de sí mismas a los ojos de todos, que siempre lo han sido y ya lo son.

El riesgo, de hecho, parece ser empalagarnos con el poder del marketing y la sobreexposición que a veces es contraproducente. Ahora tenemos libros de empoderamiento, y libros de cuentos, que son copias de otros libros de cuentos, y revistas y comerciales de televisión. En medio del ruido y la publicidad, que igual cumple un papel válido posicionando temas importantes, se corre el riesgo de perder la perspectiva y de olvidarnos de las mujeres, que son el centro de esta lucha.

Aun así, falta mucho: la lucha por establecer el aborto legal e irrestricto, el posicionamiento de las selecciones femeninas como pares naturales de sus contrapartes masculinas, el fin de la violencia de género y la revictimización de las mujeres a través de la duda y la defensa del victimario, la igualdad en los salarios de forma irrestricta y constante, el fin de los micro machismos y muchas causas más. Tantas que pareciera a veces que no hay esperanza. Pero hay que seguir.

Y claro, está el elefante en el cuarto: ¿cuál es el papel de los hombres en esta lucha? Es una cuestión delicada porque evidentemente necesita de nuestra atención y de todo el apoyo que podamos brindar. Me parece que es un error abordar esta lucha, o participar en ella de manera “masculina”, es decir, buscando guiarla, definirla y llevarla a término, como si fuéramos nosotros los salvadores, los KevinCostners cargando a las mujeres indefensas, pobrecitas ellas, perpetuando esa bobería proteccionista y patriarcal.

El afán de protagonismo, el uso del feminismo como herramienta de cortejo o incluso como un encubridor de formas más sutiles y complejas de opresión de género, son argumentos suficientes para decir que un hombre no puede ser feminista. Es importante que los hombres entendamos que se trata de una lucha de las mujeres, nos despojemos de nuestra necesidad de ser los generales de la guerra y nos pongamos la camiseta de reservistas. Decirle a una persona cómo debe empoderarse es todo lo contrario al empoderamiento. La mejor manera en la que un hombre puede ser feminista es no declararse feminista y más bien actuar con firmeza, pero en silencio, buscando que todos los espacios que habita se conviertan en espacios feministas.

Sobre todo, son los lugares de la comodidad y el privilegio los que nos urge acabar y replantear: los hogares, las oficinas, los salarios y las relaciones afectivas, el sexo y el deporte. ¿De qué sirve deshacernos en discursos feministas, si en nombre de nuestro pipí o qué sé yo, estamos dispuestos a hacerle la vida trizas a la mujer que se supone que amamos? ¿Estamos teniendo relaciones afectivas y sexuales que sean equitativas, igualitarias y que sirvan a la lucha feminista por el placer al que siempre las mujeres debieron tener derecho, pero del que han sido privadas por el egoísmo y el privilegio de los hombres y la pacatería de nuestra sociedad? ¿Articulamos la relación con nuestras mamás como una parte de nuestra reivindicación de la igualdad de género? ¿Qué tan a menudo nos encontramos justificando nuestros errores y actos opresivos, defendiendo el machismo del vecino o del amigo, riéndonos de chistes machistas, innecesarios y flojos? ¿Qué estamos dispuestos a hacer en realidad, para que ahora estemos reclamando nuestro “derecho” a llamarnos feministas? ¿Por qué nos obsesiona tanto el rótulo? ¿Somos conscientes de todos los niveles de opresión a los que se somete a las mujeres?

La discusión está abierta. En este Día Internacional de la Mujer, una vez más, omitamos la rosa. Omitamos el piropo, la alusión a la flor delicada y la creación más hermosa del universo, a la madre y la virgen. Que vengan, en cambio, más mujeres. Y más poder. Más Viejas Verdes, Siete Polas, femintensas, Gorilla Girls, Pussy Riot, Niñas Sin Miedo y también más mujeres sin liderazgo específico, grupo, colectivo ni denominación, si así lo desean. Que no tengan un feliz Día de la Mujer y más bien tengan un furibundo día, un fiero día de la mujer. Que venga más cooperación entre las mujeres y más discusión, más acuerdo en lo fundamental y desacuerdos sanos que enriquezcan su lucha, de la que me declaro admirador y aliado, para cuando se me necesite. Les quiero pedir de todo corazón perdón, porque como la gran mayoría de los hombres, he incurrido en actos machistas a lo largo de mi vida, que lamento y de los cuales he tratado de aprender para nunca repetir; por algún lado se ha de empezar. Por la dignidad, la valentía, la igualdad y la libertad, cuenten conmigo. Soy un reservista más.

1 COMENTARIO

  1. Qué va! No le creo nada a este autor hablando de feminismo y después anda callando a las mujeres y burlándose de su acento para quedar el como el súper inteligente.

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