El 8 de octubre de 2019, Aida Victoria Merlano, hija de la excongresista fugada Aida Merlano, dijo con una voz llorosa a la salida del juzgado en el que recuperó su libertad: “Mi mamá no tiene que ser el cordero que limpie el pecado del mundo y a todos los políticos corruptos que tienen ese tipo de práctica. Mi mamá no es la redentora”.

Y de políticos corruptos sí que sabe Barranquilla. Los ha padecido con todo el peso de una maldición en por lo menos los últimos 50 años. Se incubaron en la década de los años sesenta, cuando Barranquilla era un pueblo grande que había vivido décadas de prosperidad y progreso de la mano de dirigentes y urbanistas estadounidenses que, en la primera mitad del siglo XX, le dieron a la ciudad un aliento de ciudad cosmopolita, un impulso del primer mundo.

En los años setenta surgieron como hienas hambrientas que huelen a lo lejos la sangre caliente de sus potenciales víctimas. Entonces, Juan Slebi, José Name Teherán y Roberto Gerlein Echeverría, entre otros políticos menores, se tomaron la administración pública de la ciudad. Se repartieron como zafios piratas el botín de los cargos y los contratos.

La ciudad comenzó su más oscura decadencia. A comienzos de los años ochenta, cada año morían decenas de niños pobres por una cíclica epidemia de polio, el hambre acechaba en las covachas del sur de la ciudad, sobre todo en la denominada Zona Negra, el agua salía amarillenta y con sabor a barro por las cañerías, el tono de los teléfonos caseros demoraba unos quince minutos en sonar para poder hacer una llamada, en el caño de la Ahuyama y en Puerto Mocho semanalmente aparecían hombres decapitados y los votantes ingenuos creían que si votaban por alguno de ellos obtendrían una ‘corbata’, como llamaban a un cargo público sin puesto ni horario, pero con remuneración a costa del erario.

El carnaval de cada año con su goce ayudaba a olvidar y a sobrellevar esta agonía a los habitantes de la ciudad, a cuya mayoría se les dañó el alma y se volvió indolente e indiferente.

Todos los que entonces vivíamos en la ciudad nos preguntábamos cómo hacían esos politiqueros palurdos para reelegirse o para hacer elegir a sus compinches. Sabíamos que montaban maniobras infames y criminales para obtener los votos de la gente común, sin la educación suficiente para oler la perfidia; las imaginábamos en las esquinas y cerveceaderos, y escuchábamos que los días de las votaciones movían buses repletos de votantes desde diferentes puntos de la ciudad o desde pueblos cercanos hacia los puestos de votación, y que a ellos unos hombres comunes con mochilas terciadas repletas de dinero les compraban los votos por unos pocos miles de pesos. Incluso, en los años setenta, cuando apenas nacía Aida Merlano, en la ciudad se acuñó una frase para identificar y burlar a uno de los mayores electoreros con estas nefandas prácticas: “Name mil” por “Dame mil (por el voto)”.

En todos estos años se habían presentado denuncias, escándalos parroquiales y algunas capturas de personajes de baja estofa. Hasta que el 11 de marzo de 2018 estalló la madre superiora de los escándalos electorales en la ciudad. En un cuartel de campaña de la representante conservadora y aspirante al Senado Aida Merlano, llamado la Casa Blanca, las autoridades encontraron aún tibios todos los recursos del fraude electoral (grandes cantidades de dinero, armas sin salvoconductos, certificados y planillas electorales, cédulas de votantes, calcomanías con códigos de barras, letras de cambio, 18 computadores y cámaras de video, entre otros). Entonces conocimos en detalle cómo funcionaba esa empresa criminal que todos sabíamos que existía desde hace décadas y que en los últimos años se había sofisticado.

En el país no se conocía su nombre. Hasta entonces era una gris representante de provincia, que en el vacío de su cargo y la falta de rumbo había presentado el célebre proyecto de ley de elevar el agua de panela a la nominación de bebida nacional.

En la investigación iniciada por las autoridades se supo el entramado detrás de ella, los vínculos con un empresario como Julio Gerlein Echeverría (hermano del longevo senador Roberto Gerlein), políticos menores y el senador Arturo Char Abdala, miembro del clan empresarial y político de los Char.

Los periodistas y las autoridades han rastrillado el pasado de Aida Merlano y se ha conocido su origen social en el barrio Buenos Aires, en la Barranquilla más pobre azotada en estas últimas décadas por los políticos que la cooptaron inicialmente como mochilera (promotora de candidatos y compradora de votos), y su irresistible ascenso como aspirante al Congreso en 2014. Dicen que cuando no se puede explicar algo lógicamente hay que pensar en que allí hay o hubo sexo. La periodista María Jimena Duzán, en su columna La ida de Aida, de la edición 1953 de la revista Semana, lo dice de forma general de la siguiente manera:   “(Aída Merlano) …logró ascender a los círculos más exclusivos del curubito barranquillero gracias a que supo mezclar el poder y el sexo (…) Primero se metió al rancho de la familia Gerlein y los sedujo (…) pero luego, en las pasadas elecciones al Senado, decidió meterse con la casa Char y también los sedujo…”.

Por otro lado, cuentan que el eterno senador conservador Roberto Gerlein no quería retirarse del Senado y aspiraba a otro periodo más como legislador a partir del 20 de julio de 2018, incluso alcanzó a inscribir su nombre, pero su hermano Julio, su eterno mecenas, promotor y financiador de sus campañas electorales con los vicios mencionados, al que le gestionaba y conseguía contratos de obras públicas en el Atlántico y departamentos cercanos, la especialidad empresarial de Julio, con lo que le devolvía el favor con creces, le impuso la candidatura de Merlano al Senado.      

El exsenador Gerlein, a pesar de su evidente vejez, no quería renunciar a encerrarse en su casa de Barranquilla a esperar la muerte, sino a recibirla durmiendo en el Salón Elíptico con la corbata de senador puesta.

Por esto, en Barranquilla corre el rumor, desde marzo de 2018, de que el soplo divino que llevó a las autoridades hasta la Casa Blanca pudo surgir del entorno de Roberto Gerlein. Pero también hay otro de que pudo ser lanzado desde la orilla de los Char, distanciados y peleados con Julio Gerlein por diferencias personales, políticas y burocráticas, que además tenían de su lado al Fiscal general de entonces, Néstor Humberto Martínez, miembro de su partido Cambio Radical.

Ahora, con respecto a la sorprendente fuga de Aida Merlano hay conjeturas dignas de la mayor credibilidad. Es sabido que cuando se descubre un escandaloso entramado como el revelado tras la captura de ella, todos los posibles implicados corren, como en un naufragio, a esconderse y a borrar o minimizar su participación. Ante esta circunstancia, Merlano se quedó sola. Nadie apareció a respaldarla. Los jueces no le reconocieron su condición de madre cabeza de familia, de bipolar y no le concedieron la casa por cárcel. Encarcelada en la distante Bogotá sufrió de depresión y hasta intentó suicidarse. Además del triste rigor de estar presa, seguro también temía que en medio de su defensa legal, si mencionaba a los poderosos que la promovían como política y que medraban tras ella, una tarde cualquiera la asesinarían en un patio de la cárcel para callarla.

Hasta que a mediados de septiembre pasado se conoció el fallo de la Corte Suprema de Justicia que la condenaba a 15 años de prisión por los delitos cometidos. El mundo se le terminó de cerrar encima. Los planes de fuga los venía preparando y los ejecutaría si recibía una condena alta, como efectivamente sucedió. De esos planes, quizás hizo parte el recurso desesperado de un cambiazo, es decir, que su hija se cambiara su nombre y tomara el de la madre, que adecuara su apariencia (por ejemplo, el color de su cabello) no es casual, sino que lo hizo para reemplazarla en un día de visita carcelaria y permitir que su madre saliera a la calle y se fugara. Al final ganó la fuga de hospital psiquiátrico de tira cómica. Solo reemplazó las sábanas amarradas por la sofisticada cuerda roja. El resto es igual.

Aida se les fugó a la justicia y a sus probables asesinos. La una la busca para recapturarla y obligarla a cumplir su condena y los otros también para terminar con el riesgo que implica. Tal vez no sepamos más nunca de ella, tal vez aparezca asesinada en cualquier camino enmontado, como la mafia liquida a sus eslabones débiles, a sus soplones. Y si llega a ser recapturada, sabe que su vida corre de nuevo más peligro. Será de nuevo el cordero que con cuya sangre expiará los delitos de una clase política desalmada. O quizás no morirá así, sino que la condenarán al olvido y al silencio, como también dice la historia que sucede en estos casos.

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