Al ritmo de los algoritmos

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“La razón de que los algoritmos sean políticamente limitados reside en su carácter instrumental. Los algoritmos sirven para conseguir objetivos predeterminados, pero ayudan a poco a determinar esos objetivos, tarea propia de la voluntad política, de la reflexión y deliberación democrática”. Daniel Innerarity. Filósofo y Ensayista Español. El País. Madrid, agosto 6/21.

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Empecemos por decir qué es un algoritmo. Digamos de modo sencillo que es una secuencia de características que se expresan en datos y que permite establecer algunos patrones, por ejemplo, de gustos y comportamientos. Analizando datos de muchas personas, se puede obtener unos perfiles de gente que podría responder a determinadas motivaciones. Cuando usted hace una compra, o va a un espectáculo, o toma un transporte, está dando una información que permite ir reuniendo información sobre usted en una base de datos. En una publicidad de un producto o servicio, es relativamente fácil identificar segmentos de población que podrían responder a un determinado estímulo o motivación. Hoy en día se señala que un componente de la Inteligencia Artificial (IA) es el uso de algoritmos que, al imitar el proceso de los juicios o los razonamientos humanos, permite su predictibilidad . En otras palabras, somos muy predecibles los humanos. Así se perpetúan, consideran algunos, situaciones de inequidad y desigualdad. Pero también no siempre los humanos actuamos con toda la racionalidad, ni siempre optamos por lo que más nos conviene.

Lo que queremos plantear es el uso de los tales algoritmos en política en la medida en que cada vez se emplean más por parte de estrategas publicitarios, a los cuales recurren a su vez más políticos, utilizando los mismos criterios para efectos de impulsar sus candidaturas en una elección cualquiera. Muchos de estos estrategas consideran que es lo mismo “vender” un candidato que vender un producto o un servicio. Es una pobre concepción de la democracia, que termina equiparándola al mercado sin que por ello quiera menospreciar el concepto de mercado sino enfatizar que son cosas distintas.

No se trata de determinar los objetivos políticos mediante la consulta a algoritmos como oráculos ultramodernos. Seguramente habrá quien o quienes lo hagan y, por ello mismo, la política tan empobrecida que vivimos. Una propuesta política no es un producto de Inteligencia Artificial (IA), porque ahí la reflexión humana basada en valores debe actuar para motivar y proponer alcanzar.

La política no se moderniza solamente porque sus instrumentos para hacerla se modernicen. Sigue siendo un campo de deliberación y no de agregación. Estamos hablando de política en un contexto democrático y como ejercicio ciudadano, desde luego. No se puede hacer política democrática de largo aliento con perfilamientos que solamente consagran situaciones vividas; es como congelar la realidad – el status quo omnipresente, para decirlo de otra manera -. Hay desde luego situaciones que queremos conservar, pero también otras que queremos cambiar. Depende de cómo evaluamos las cosas que nos pasan y cómo las apreciamos.

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Quizás los perplejos medios de hacer política en Colombia nos abatan y en buena parte el clientelismo político siga siendo muy fuerte y confirme grandes electores. Pero una convicción democrática no puede amilanarse porque la política en Colombia siga “los algoritmos” del caciquismo político y de las clientelas cautivas y se empleen descaradamente los recursos del Estado con la complacencia gubernamental. La desvergüenza de siempre no termina y cada vez es más descarada; ni siquiera tiene la sutileza del disimulo. Eso ocurre cuando la sociedad no valora los diferentes comportamientos políticos, los mete a todos en un mismo saco y los considera iguales, con el desparpajo de la indiferencia. La política no se hace diferente porque se empleen medios modernos para llevarla a cabo.

Esos “algoritmos” llevan también a situaciones particulares e insólitas. Como parece que sucedió con un candidato a la presidencia actual, que recurrió a una maniobra bastante accidentada para lograr algún respaldo adicional, buscando (sin buscarlo según sus propias explicaciones) insólitos apoyos con base en una promesa de un extraño y etéreo concepto de “perdón social”. Esto contrasta también con otro candidato cuyos “algoritmos” parecen aconsejarle que no plantee nada, no diga nada y simplemente sea con contundencia el “anti-cristo” y así lo perciban los electores.

¿Cómo ver la presentación ante una notaría de un escrito que contenía un juramento bajo el cual el candidato primeramente aludido se comprometía a no expropiar bienes? La expropiación sí está en nuestro ordenamiento legal solo que, con indemnización, y puede ser necesaria para adelantar obras públicas, por ejemplo, en razón de utilidad pública o de interés social (artículo 58 de la Constitución Política). De tal manera, no queda claro si a lo que se comprometió fue a no hacer “expropiaciones temerarias e ilegales”, al estilo de la narrativa que cuenta que el presidente de Venezuela Chávez iba recorriendo las calles de Caracas y ordenando expropiaciones in situ y a discreción. Esto está fuera de todo propósito si se entiende que quien aspira a la presidencia actuará con la Constitución o las leyes o terminaría, en contrario, en la cárcel.

¿Cuál es para concluir el asunto con los algoritmos? Lo que cuestiono es su uso como sustituto de una verdadera acción política para fortalecer ciudadanos libres, vigorizar la democracia, proponer objetivos de cambio y no simplemente a ‘rutinizar’ a los electores con secuencias de procesos en donde simplemente se les da “contentillo” o lo que quieren sin cuestionar si eso sea lo mejor para su propia vida y dignidad. Los algoritmos no crean desigualdad: simplemente confirman y refuerzan las enormes desigualdades sociales existentes y tal vez ayudan a mitigar situaciones negativas.

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*Víctor Reyes Morris, sociólogo, doctor en sociología jurídica, exconcejal de Bogotá, exrepresentante a la Cámara, profesor pensionado Universidad Nacional de Colombia.

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4 COMENTARIOS

  1. Si. La política combina fines y medios. Ambos deben ser éticos. No siempre lo son. El fin puede ser no ético o anti ético, el medio ídem. Los algoritmos como instrumento en la consecución de fines políticos linda las más de las veces con fines non santos al menos cuando su objetivo explícito es manipular la conciencia y el favor del dominado sin que esté lo advierta. El asunto es que los políticos siempre están dispuestos a hacerlo, de ahí la alusión al pacto con el demonio del político a la que hace referencia Max Weber o Maquiavélico quien nos recuerda que para conseguir los objetivos hay medios buenos y malos, mejor utilizar los buenos pero la experiencia enseña que muchas veces por los malos se consiguen buenos resultados !!!

  2. Lamentablemente entraron los publicistas a la campañas políticas y cada vez toma más fuerza volver al candidato (ideas) en un vulgar commodity, no muy diferente a cualquier jabón o comida para mascotas, lamentablemente la sociedad consumidora acoje más fácilmente un producto que una idea

  3. Muy útil el concepto de algoritmo para entender la tecnología como instrumento de manipulación de la opinión ciudadana y por tanto de las decisiones que afectan la democracia. La utilización sistemática de algoritmos ha permitido que las estrategias de comunicación sustituyan las propuestas políticas, la organización popular y la misma identidad de los candidatos, sobre todo de quien ha preferido renunciar a su nombre y apellido para usar un alias, hablar como un Nea de las comunas de Medellín y decirnos que es “el candidato de la gente”… O sea del algoritmo, como sustituto de la ciudadanía.

  4. Buena reflexión para poner en el centro del debate un tema que está haciendo arruinar el debate político y la construcción de Sociedad, porque es tan utilizado el algoritmo en materia electoral, como en el campo mercantil. Los algoritmos están impidiendo buscar, reflexionar, pensar. Están cooptando. Buen texto. Relación interesante.

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