Algunas conclusiones electorales

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Es evidente que el país quiere un cambio, pero no le cree a cualquiera que dice dárselo, exige propuestas y rutas medianamente claras.

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Luego de prácticamente 4 años de campaña ininterrumpida, al fin tenemos nuevo presidente: Gustavo Petro Urrego, quien ha propuesto el camino para un nuevo país. Claro está que faltará ver si el sendero será correcto o no; solo el tiempo lo dirá. Pero más allá de esto, e independientemente de por quien voto el lector, creo que podemos extraer ciertas conclusiones electorales que nos servirán a todos para entender el país en el que hoy vivimos.

En primer lugar, la conclusión más evidente es que, después de 20 años, se acabó el uribismo en el poder, y con él se va una buena parte de la política tradicional. Claramente, no es su fin existencial, pero al menos no detentaran el poder que hoy está a nombre de “los otros”. Seguido a lo anterior, tenemos una nueva mayoría en el país, aglomerada alrededor del progresismo, de las izquierdas; cosa inédita en Colombia.

Esta nueva mayoría, que no llega al 55% de los electores, tiene ciertos pilares estructurales. Las mujeres en general, las mujeres feministas en particular, las minorías racializadas, los más pobres y los jóvenes. Es interesante ver que los obreros y sindicatos no son la pieza fundamental que antaño eran en la izquierda.

Por otro lado, los conservadores parece que van a tener a futuro a un candidato medianamente digno con Enrique Gómez, quien, aunque quisiera, no se compara a su tío y, por momentos, perdiendo su comprobada lucidez, se acerca más a su abuelo. Veremos qué le depara su futuro político, que a mi juicio puede ser muy prometedor.

Otra gran conclusión es que el denominado “centro político”, el ni aquí ni allá, ya no se encuentra en ninguna parte, desapareció. Todo por cuenta de que se volvió evidente que tomar partido es necesario, y que ser independiente no es no tomar posiciones, sino defender ideas sin esperar réditos burocráticos a cambio, el claro ejemplo de esto es Alejandro Gaviria.

También presenciamos como al centro se le cayó la idea de la polarización. En los últimos cuatro años, o incluso desde antes, vimos cómo “la polarización”, que había sido pintada como el mayor problema de Colombia, resultó no ser otra cosa que la politización de la sociedad. Y esta no es más que el medio por el que las personas se educan en temas políticos, discutan sobre el país que quieren y deciden según esta preferencia. Entre otras cosas, esto ha obligado a que el discurso político, en términos generales, se cualifique, y sea necesario discutir sobre propuestas argumentadas y posibles.

Como resultado de lo anterior, y por su evidente ineficacia, podemos decir que hay una crisis en las ideas neoliberales en Colombia, que han sido la base del manejo del Estado los últimos 30 años. El electorado ya no cree en el “menos impuestos, más salarios”, los colombianos saben que es necesario la reconstrucción del aparato productivo y la creación de una industria fuerte y que cree empleos. Es evidente que el país quiere un cambio, pero no le cree a cualquiera que dice dárselo, exige propuestas y rutas medianamente claras.

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Otra conclusión, que es en sí misma lamentable, es que el periodismo está en crisis. Desde la campaña de hace 4 años, pero con más fuerza en esta, vemos como muchos periodistas se han convertido en relacionistas públicos a favor, no de un conjunto de ideas, sino de un grupo de personas y sus intereses. Nada más ver las trasmisiones en vivo en las que las caras de descontento y las palabras de desagrado al anunciar el nuevo presidente fueron las protagonistas. Entre otros pocos, y recordando sus buenos tiempos, El Espectador hizo un papel silencioso, pero fundamental, de periodismo juicioso y real.

En contraposición a los periodistas que controlan sus medios y dicen lo que quieren, las redes sociales se presentaron como zonas de disputa y discusión política, donde, sin censura, se expusieron diversas ideas de todos los sectores políticos. De hecho, los últimos en entrar a la campaña, o al menos los menos conocidos, tuvieron voz primero en las redes sociales que, en los medios tradicionales, es el caso de Luis Gilberto Murillo, John Milton Rodríguez, Enrique Gómez e incluso, al inicio de la campaña, el mismo Rodolfo Hernández.

Asimismo, las redes sociales demostraron ser indispensables en una campaña política. Recordemos que Hernández, casi como si fuera por diversión, limitó su campaña a redes sociales y así pasó la primera vuelta. Pero el resultado de la segunda vuelta nos muestra que, aunque muy efectivo el tik tok, la calle sigue siendo el factor fundamental. No se puede ganar sin debatir las ideas y haciendo videos desde Miami mientras tu contrincante está recorriendo el país a sol y lluvia, a pie y en lancha, hablando con mineros y cafeteros, escuchando a sus futuros gobernados.

Aparte de lo anterior, me parece que es importante reconocer un elemento que fue muy reiterado en la campaña de Hernández: el “yo no sé”. Creo que un presidente no tiene que saber todas las respuestas, sí, debe estar comprometido con adquirir conocimientos, pero debe tener la capacidad de permitir que los que saben manejen los temas sobre los que han estudiado. Gestionando, por supuesto, la aplicación y “la chequera” de cada programa, pero reconociendo que un presidente no debe microgerenciar ni gobernar según sus opiniones, que seguramente son sesgadas, sino que debe escuchar a los que saben, a la ciencia, a las investigaciones, a lo que los datos dicen, sin desconocer, obviamente, sus posiciones políticas. Un presidente no es omnisciente y no debe ser omnipotente; ojalá, Petro hoy no se crea ninguna de las dos.

La campaña también nos dejó dudas como sobre la flexibilidad alrededor de que los alcaldes participen en política, o sobre si las encuestas atinan a los resultados o influyen en estos, a modo de profecías autocumplidas. También sobre si debemos escandalizarnos con las tácticas y estrategias que usan las campañas, pues, incluso la “política de la vida”, así como cualquier otra política electoral, parece ser sucia.

Por último, para descanso de muchos, más que poner en peligro a Colombia, la victoria de Petro legítima el sistema democrático y las instituciones en que este se basa. El mismo Álvaro Uribe reconoció esto en el tuit de felicitación a la victoria de Petro. Incluso me parece tan institucionalista, especialmente luego de ver sus primeras acciones como presidente electo, que creo que corre el riesgo de ser tachado en unos años como un traidor de la izquierda, tal como le sucedió a López Pumarejo. En todo caso, Petro parece tener claro que, más que unir al país, debe aprender a administrar y conciliar las diferencias que en él existen. Debe mantener una posición más cerca al centro, cosa con la que todos podemos estar de acuerdo.

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*Camilo Andrés Delgado Gómez, estudiante de ciencia política, Universidad Nacional de Colombia/sede Bogotá, @CamiloADelgadoG

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