Si Uribe entonces es simplemente un intermediario, ¿quiénes son los que están detrás? ¿Qué tan grande es esa masa sumergida?

La principal particularidad de los icebergs es que lo que se alcanza a ver de ellos es sólo la punta de una inmensa masa sumergida. A mi juicio Álvaro Uribe es esa punta que deja entrever únicamente una pequeña parte de lo que está detrás de él.

El colombiano pasional y desprevenido podrá pensar que el expresidente es un fin en sí mismo, cuando la verdad es que no ha sido más que el interlocutor de una clase política, económica y social que tiembla ante cualquier atisbo de verdad histórica. Uribe es el hombre detrás del megáfono, pero su voz no es más que el medio prestado de un grupo de ganaderos, empresarios y ciudadanos que, en las épocas más cruentas de nuestra historia, vieron la violencia como el único medio de supervivencia.

Muchos dicen que Uribe no es capaz de soltar el poder simplemente porque sufre de megalomanía; muchos otros lo justifican por ser quien enarbola valores y principios sociales con los que el colombiano de a pie “comulga”. La verdad es que el poder es sólo un ropaje que le ha permitido guardar silencio en cuerpo ajeno, el medio perfecto para un blindaje colectivo.

El expresidente senador no se ha opuesto nunca a la idea de un proceso de paz. Uribe se ha opuesto es a un modelo de justicia transicional donde la verdad sea su esencia. Estuvo dispuesto a otorgar las amnistías más amplias que ningún otro presidente haya concedido, pero a un precio enorme para nuestro país. Con el proceso de justicia y paz se perdió la verdad de la violencia paramilitar, porque quienes podían contarla fueron sistemáticamente extraditados y porque ese sistema nunca pretendió incluir a los terceros cómplices y financiadores. Ahora, cuando se tiene por fin un modelo de justicia que previene esta clase de soluciones, el ‘uribismo’ ha enfilado todas sus baterías para evitar que militares, empresarios y demás actores del conflicto cuenten lo que saben sobre la guerra, su financiación y sus aliados.

Algunos sectores de la derecha extrema incluso preferirían ver a los máximos responsables, sin ningún distingo ideológico, ante la Corte Penal Internacional, incluso a pesar de saber que dicho tribunal no tendría la capacidad técnica para investigar más que a un puñado de sindicados. Ellos saben que la verdad en La Haya nunca será la misma de la que tendríamos acá.

Si Uribe entonces es simplemente un intermediario, ¿quiénes son los que están detrás? ¿Qué tan grande es esa masa sumergida? No lo sabremos sino hasta que la verdad salga a la luz, esa misma verdad que con todas las fuerzas están tratando de evitar. Lo que sí es posible intuir, es que una parte muy importante del establishment y del poder económico del país está viendo como cada vez más su anonimato va desapareciendo y, con él, todo el poder que han amasado con su activa o pasiva complicidad violenta.

Yohir Akerman terminó de publicar esta semana una serie de cinco entregas donde, de manera juiciosa, reproduce material judicial sobre lo que se sabe del origen del paramilitarismo. Han sido ya tres décadas donde la clase política y económica de ciertas regiones del país ha sido protagonista silenciosa de una guerra sin reglas que ha dejado millones de víctimas. Hoy sería impensable que quienes participaron en ese sangriento capítulo de nuestra historia reconocieran su responsabilidad y le pidieran perdón al país. A lo mejor en esa lista se encuentren distinguidos empresarios, funcionarios de multinacionales, periodistas, políticos y connotados ciudadanos. Es probable que, al develar su identidad, Colombia quede aturdida, herida de muerte y con un norte moral extremadamente débil. Una violencia tan larga y tan intensa no es posible sin la criminal asociación de todos los estamentos políticos y sociales. Es incierto si estamos listos para conocer una verdad potencialmente aterradora.

Ese muro de contención que se llama Uribe no es, entonces, lo que nos debería preocupar; él es sólo la cara visible de esa mitad del país que nunca será capaz de reconocer que apoyó, financió y promovió una ola inconmensurable de sangre y dolor. Los esfuerzos por conseguir la paz, deberían entonces concentrarse en descubrir esa inmensa masa sumergida. Eso no sucederá mientras sigamos pensando que la causa de todos los males que aquejan a Colombia los encarna un solo hombre.

Gabriel Cifuentes Ghidini, @gabocifuentes, Doctor en derecho penal, Universitá degli Studi di Roma, MPA, Harvard University, LLM, New York University, Master en Derecho, Universidad de los Andes  

Foto: www.laopinion.com.co

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