El poder obnubila la razón y, con esto, la capacidad de análisis. La erótica del poder y el líder erotizado son características clásicas del poder enceguecido. La decadencia, hasta ahora sin reacción del caudillo uribista, es producto de ese poder sin posibilidad de análisis.

La carrera política de Álvaro Uribe permite suponer muchas cosas como, por ejemplo, una fuerte vinculación con el narcotráfico y una identificación con el militarismo de derecha. Eso no fue impedimento para que, en el año 2002, Álvaro Uribe Vélez se haya convertido en presidente de Colombia. Por el contrario, fue un factor fundamental para contar con el apoyo unificado de los poderes fácticos económicos colombianos. La presidencia de Uribe, que comprendió el periodo entre el 2002-2010, representó, sin lugar a duda la edad de oro del proyecto uribista. La asunción al poder máximo del ‘joven con cara de seminarista’ o, dicho de otro modo, le permitió convertirse en “amo y señor” del país.

Hacia finales del 2001 e inicios de 2002, existía un acuerdo tácito entre los poderes fácticos colombianos respecto al camino a seguir en la lucha contrainsurgente, especialmente, contra la guerrilla de las FARC-EP. Ese contexto hizo de Uribe Vélez el ‘perro guardián’ necesario, el vigilante de la “Hacienda ‘República de Colombia’”. Dicho más claramente, Álvaro Uribe fue ese peón necesario, para mantener a raya y hacer retroceder a la insurgencia de las FARC en su afán por captar y cercar las grandes ciudades de Colombia. Los poderes fácticos en su conjunto le apostaron a una victoria militar -que nunca llegó- y la cara visible de esa guerra fue Álvaro Uribe Vélez. 

Álvaro Uribe no habría sido huésped de la Casa de Nariño sin el apoyo decidido -por acción u omisión- del conjunto del poder fáctico colombiano. Esa verdad es una que Uribe Vélez conocía y decidió ignorar. La erótica del poder representada en su rol de caudillo alabado y admirado lo convenció de ser el elegido y de tener la posibilidad de detener ‘el avance del terrorismo de las Far’. Pero, en el 2010, la situación es otra.  Santos es el dueño de la “Hacienda” y él no necesita a ningún vigilante: “el dueño” llega para mandar en su casa. Pronto le hizo saber a Uribe Vélez que ya no era necesario, que los reales dueños del país apostarían por una nueva metodología: el acuerdo de paz con las FARC. 

Es el 2018 y hay una nueva elección presidencial. Herido en su ego y envalentonado por su autoconcepción de caudillo, Uribe luchó por ser nuevamente la figura decisiva y, en cierta medida, fraccionó al poder fáctico en Colombia: el medioevo rural vs el (pseudo) capitalismo industrial. El resultado de esa fractura fue la aparición de Fajardo, en tanto apuesta del (pseudo) capitalismo industrial y la ascensión de Petro, producto de la división. Frente a Petro y el miedo a las FARC, Uribe contó, una vez más, con el apoyo de los poderes fácticos colombianos. Ellos lo llevaron nuevamente a la presidencia de Colombia, esta vez en cabeza de Iván Duque (quien, por lo demás no tiene ni el interés ni el trasfondo para tirarle a Uribe la puerta en la cara). Iván Duque fue una muy mala apuesta; se intentó un regreso al pasado, al cual, por ahora, solamente el medioevo político-económico nacional le apuesta.

Es el 2019 y cada vez más se evidencia un distanciamiento entre Uribe Vélez y los poderes fácticos colombianos. Los poderes fácticos cada vez lo abandonan más y no tienen la intención de jugarse su reputación por él. Él quizás lo intuye. El hecho de que, luego de cientos de investigaciones, termine en una indagatoria, le provoca temor; la reapertura del juicio en contra de su hermano y una marcada oposición en Senado de sectores, que lejos de ser de izquierda, representan a los poderosos que no ven futuro en el proyecto uribista le confirman ese temor. Estos hechos, sin lugar a duda, en el 2008 no habrían tenido lugar.

Uribe Vélez, estoy seguro, conoce la historia y se ve reflejado en la figura de Pinochet, quien terminó en el basurero de la historia abandonado por sus otrora amigos y partidarios. Al parecer, empieza a entender que no ha sido más que una marioneta de los poderosos. De ahí su actitud condescendiente y su deseo de retiro.

Juan Camillo Castillo, M. A. Philosophie.Ph. D. Student Universität Leipzig, @bi_bitte


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