¿Qué mensaje manda el presidente Duque cuando, por defender al ex presidente Uribe, en cadena nacional, manifiesta repudio por la presencia en el Congreso de la República de quienes suscribieron los Acuerdos de la Habana o cuando desafía las decisiones judiciales?

Aunque la orden de aprehensión pareciera mostrar que nada alrededor del ex presidente Álvaro Uribe ha estado bien, lo cierto es que se le debe respetar su derecho a la presunción de inocencia. A los ciudadanos nos corresponde poner en práctica la sana crítica, esa que se aleja del fanatismo, que evita los extremos, para que así podamos ver, con objetividad y sensatez, las acusaciones, la defensa y las pruebas. De todas maneras, insisto, los jueces siguen teniendo la palabra.

Reconozcámoslo, el liderazgo del ex presidente Álvaro Uribe es extraordinario y su apego al poder, del mismo tamaño. Se le valora como uno de los presidentes más firmes y corajudos que hemos tenido en la historia reciente de Colombia. Le ayudó mucho a su fama el suceder al desastroso Andrés Pastrana. En aquella época, el país se desmoronaba; el presidente Pastrana no dejaba de viajar por el mundo desde donde, en ocasiones, hacía la pantomima de gobernar. Nunca antes un mandatario acumuló tantas millas de vuelo.

Sin demeritar la gestión de los posteriores gobiernos, lo cierto es que cualquiera que viniera después del nefasto Andrés Pastrana tenía garantizado, por lo menos, la exhalación de alivio de la mayoría de los colombianos, quienes festejaron con entusiasmo su salida del poder.

Álvaro Uribe representaba todo lo opuesto. Mientras el que salía era malgastador de recursos, entregó el país a la subversión y carecía de acompañamiento popular, el que llegaba promocionaba la austeridad, hablaba de mano firme contra los rebeldes y venía precedido de una exitosa gestión como gobernador de Antioquia.

Y no defraudó: lo que se conoció de su administración nos hinchaba el pecho de orgullo. Nos defendió con ahínco dentro y fuera del territorio, fortaleció las fuerzas militares; con él, los insurgentes quedaron al borde de la extinción. Uribe fungía como la respuesta a nuestras oraciones; por fin teníamos un verdadero representante del pueblo en la presidencia, un reconquistador del territorio. Otra vez Colombia volvió a ser de todos.

Esa contundente gestión hacía que los ruidos que sobre él se escuchaban no trascendieran. Un país acostumbrado a que “el fin justifica los medios” no le ponía mácula al personaje que emergía como caudillo y prócer; era el héroe que tanto habíamos esperado. Pero pasó el tiempo y el ruido siguió, cada vez con más fuerza. Entonces el país, poco a poco, comenzó a escuchar y a dudar.

¿Quién era ése que, con tanto ímpetu y sin contemplación, arrasaba con los guerrilleros? El mismo que tenía el corazón roto por lo que el grupo subversivo había hecho con su padre, lo que nos deja suponer que el “corazón grande” que ofreció a los colombianos en campaña estaba inmensamente fracturado por el odio y por la natural sed de venganza contra quienes asesinaron a su progenitor.

Como lo señala aquella frase popular – “faltó un pelo pal moño” – terminó su mandato y, a pesar de los contundentes golpes, no pudo acabar completamente con los guerrilleros, ni tampoco suscribir un acuerdo con ellos que permitiera el fin del conflicto y la dejación definitiva de armas.

Un gobernante actúa también movido por los sentimientos y es entendible que unos puedan sanar heridas y otros no. En el caso que nos ocupa, creo que la opción del acuerdo con los guerrilleros nunca hubiera sido realmente considerada.

Por eso, quizá, estamos estancados con un presidente actual que cuida los huevitos de Álvaro Uribe y preserva la obstinación de su mentor en desconocer la posibilidad de avanzar por el camino de la reconciliación entre los colombianos.

Raro, claro que es raro ver a los ex guerrilleros legislando, participando de debates electorales y articulados a la sociedad, pero díganme ustedes, ¿no es precisamente el costo que nos corresponde asumir para acabar con esa confrontación que nos desgastó por muchísimos años y que lo único que dejó fue a miles de colombianos muertos?

¿Qué mensaje manda el presidente Duque cuando, por defender al ex presidente Uribe, en cadena nacional, manifiesta repudio por la presencia en el Congreso de la República de quienes suscribieron los Acuerdos de la Habana o cuando desafía las decisiones judiciales y las valoraciones que, con independencia, deben acometer las altas Cortes?

Mucho daño le hace al país seguir desconociendo los acuerdos suscritos en Cuba. Lo correcto es proteger y respetar a las instituciones, a nuestro sistema de justicia, que más golpeado no puede estar, precisamente, por acciones como las acometidas por nuestro actual presidente.

Sobre el expresidente Álvaro Uribe, termino diciendo: por el bien de la Patria, esperamos que pueda demostrar que su actuar ha marchado con apego a la Constitución y a las leyes, lo cual juró como servidor público, porque, si no es así, confiamos en que la misma Patria os lo demandará.

*Rodney Castro Gullo, Gerente general de la Sociedad Portuaria Bocas de Ceniza S.A, abogado de la Universidad Libre de Colombia. @rodneycastrog

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