Al igual que en Macbeth o en Ricardo III, el pasado acaba por ser una carga demasiado pesada para la integridad del personaje Uribe.

Dos de las tragedias más populares y representadas de William Shakespeare, Macbeth y Ricardo III, comparten a grandes rasgos el mismo arco narrativo que puede sintetizarse así: un personaje asciende a la cima del poder, haciendo muchos enemigos en el proceso, y cae por su propio peso hasta encontrar un final violento.

El primero, motivado por las brujas que le profetizaron el trono y por su mujer que deseaba ver cumplidas tales predicciones, mata al rey Duncan, se convierte él mismo en rey y más adelante ordena la muerte de su amigo, Banquo, a quien las brujas también le dedicaron una profecía según la cual sus hijos habrían de ser reyes.

El segundo, motivado en cambio por su deformidad de nacimiento, urde una red de asesinatos que incluyen, entre otros, a su hermano Clarens y a sus sobrinos y de traiciones, como el desaire a su primo y esbirro, Buckingham, por no acceder a matar a los niños, que finalmente lo llevarán al trono de Inglaterra.

Ambos, sobrepasados eventualmente por los muchos enemigos que crearon con su ambición y crueldad desmedidas, acaban derrotados y su legado vituperado.

Este “camino del antihéroe”, en oposición al teorizado por Joseph Campbell para los protagonistas de las épicas clásicas, parece repetirse una y otra vez en la ficción y en la realidad, así como la muerte de Julio César, a su vez otro personaje trágico shakesperiano, evocada por Borges en su cuento La trama:

“Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; 19 siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena”.

Walter White encaja en este camino tanto como Pablo Escobar; Francis Urquhart, al igual que su versión americana, Frank Underwood, se ciñe a él tanto como Alberto Santofimio; Michael Corleone y Al Capone; el Canciller Adam Susan o Sutler y Adolf Hitler… la lista se podría extender bastante, con mucha repetición, variación y simetría.

En Colombia, puede haber un caso paradigmático de un antihéroe que se dirige inexorablemente a su destino. Si bien para muchos puede ser considerado un héroe e incluso, para los más fanáticos, una deidad, para otros, los numerosos y sistemáticos señalamientos en su contra hacen pensar en una historia que calza perfectamente con el molde que acabo de describir. Yo me incluyo en esos otros.

Su historia es la de un hombre que ascendió rápidamente al poder, comenzando su carrera como reemplazo de un muerto: el asesinado director de la Aeronáutica Civil. Luego llegó ser alcalde, senador, gobernador y, finalmente, presidente de la República; es la historia de alguien que ha logrado evadir con habilidad innumerables acusaciones por múltiples delitos, incluyendo el supuesto homicidio de su antiguo mejor amigo y colaborador por medio del saboteo al helicóptero en que se movilizaba, y que, con su inteligencia, ambición y buena estrella, logró forjar un camino de éxito en un contexto difícil rodeado siempre de polémica.

los numerosos enemigos que hizo en su carrera, como su sucesor y mayor némesis – al menos en lo que delata cuando habla de él -, así como magistrados de las altas cortes, políticos, periodistas, líderes de opinión e incluso antiguos aliados, parecen no temer ya – o, al menos, no tanto como antes – a ese poder oscuro que muchos de ellos denunciaron cuando este personaje ascendía vertiginosamente. Y es que hoy muchas de las acusaciones que pesaban en su contra parecen haber revivido, muchos más testigos parecen estar dispuestos a declarar, surgen más pruebas, aumentan los señalamientos y aún los medios más cercanos ideológicamente a él parecen no tener forma de ocultar esta avalancha. Al igual que en Macbeth o en Ricardo III, el pasado acaba por ser una carga demasiado pesada para la integridad del personaje.

El giro irónico en este caso sería atestiguar su debacle lenta en los estrados judiciales por uno de los delitos menos impactantes en su presunto haber y que quizá no tenga más violencia que la de algunos pocos que se opongan a su captura, legal y legítima, entre los que se incluya, quizá, él mismo. En su caso, la muerte que vendrá tal vez no sea física sino política, menos violenta que la de sus predecesores pero quizá más amarga dado el personaje y sus áulicos. Shakespeare puede contarlo como uno más entre los epígonos de sus personajes.

Creo pertinente acabar esta columna con la profecía de la que Macbeth descree cuando afirma, sin saber que sus enemigos disfrazados de árboles se acercan, que la inmutabilidad de la naturaleza está de su lado:

Ahora que los procesos que parecían tan inmóviles como los árboles de Birnam parecen empezar a moverse, quizá el curtido senador deba temerle a ese bosque que parece venir a por él.

*Andrés Sastoque, profesional en Estudios Literarios, expresidente de la Sociedad de Debate de la Universidad Nacional, bicampeón internacional de debate en Viña del Mar, Chile (2014, 2016).

1 COMENTARIO

  1. Hace comparaciones desde lo que quisiera que le pasara a un hombre que dedicó su vida entera al servicio de la patria, en esos tiempos difíciles en que estuvo en el poder tuvo que tomar decisiones que no a todos les gustó y/o perjudicó y ahora arman tramoyas para intentar tomar venganza ..asi que nuestro libertador uribe cuenta con el masivo apoyo del pueblo colombiano

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