Ana y El Quijote

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Sobre una mesa donde una de mis hermanas delineaba costuras abrí la cartulina y comencé a plasmar los primeros bocetos de lo que más tarde se llamaría el caballo del Quijote.

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Era una tarde lluviosa, había oscurecido lloviendo cuando hizo su aparición por uno de los corredores que daban a mi casa, en sus manos llevaba una cartulina enrollada en forma de cilindro. Esta vez sí me miró a los ojos (casi nunca lo hacía). La última vez que la vi fue en la tienda de la esquina donde “Pedro”, en esa tienda se podía conseguir desde un alfiler hasta el más fino Whisky, por lo general en ese sitio los fines de semana permanecía un grupo de hombres la mayoría de ellos obreros y trabajadores de los talleres de mecánica del vecindario departiendo y tomando cerveza, casi siempre desde el fondo sonaba una tenue música. Solo se escuchaba el murmullo entre ellos, que se ahogaba en medio de la tonada musical y el tintineo de los envases de vidrio cuando brindaban entre sí. Ese día, fui a comprar algo y Pedro me hizo señas que buscara en uno de los cajones y rocé su mano de manera involuntaria la cual permanecía helada. Retrocedió un poco casi horrorizada. Me disculpé y sonrojada salió de ese sitio inclinando hacia delante su cabeza y largo cuello de cisne. Apurando el paso se abrió en medio de los presentes. Recuerdo que ese día llevaba un sencillo y corto vestido de flores el cual trataba de sujetar sobre sus piernas por la acción del viento que trataba de desnudarla. Era verano, y las brisas estivales del mes de agosto eran muy fuertes. Uno de los hombres que tenía una cerveza en la mano la miró de manera lánguida cuando se perdió al final de la calle.

−Hola.

−Hola- le respondí. La leve llovizna seguía cayendo sobre la calle donde un grupo de niños jugaban y correteaban al lado de un perro.

– ¡Por favor sigue que te vas a emparamar! – Le dije.

Recelosa echó una ojeada hacia todos lados y se acercó al porche donde había una poltrona solariega en la cual mamá se sentaba casi todas las tardes a bordar y hablar de la vida con una de mis hermanas. Esa era su devoción diaria cuando el crepúsculo emergía por encima de inmensas palmeras plantadas en la avenida, parecidas a maltrechos mástiles después de haber regresado de una batalla.  Esa avenida que llevaba el nombre de un prócer era circulada por uno que otro carro que pasaba raudo, los ecos de los motores quedan en el ambiente por unos segundos. Ella seguía de pie, indecisa hasta que finalmente se sentó en la vieja poltrona. – ¿Tu mamá no está?  – preguntó, y después apoyó una de sus manos en el marco de la puerta, curioseando con la mirada hacia el interior de la casa. Cuando hizo esa pregunta, hubo un silencio en la sala interrumpido por el gong del reloj cucú heredado del abuelo. – No, no se encuentra, está de viaje – le respondí.

−Es que vine porque quiero que me haga un favor. – musitó trémula. Yo la miraba en silencio, no la miraba con deseo, me había fijado en su abundante cabellera que le caía sobre los hombros. Siempre he pensado que el cabello abundante de una mujer se convierte en una especie de obsesión o fetiche para cualquier hombre. La cartulina permanecía atravesada sobre sus piernas. Llevaba puesto una especie de jardinera color caqui que dejaban ver sus contorneadas pantorrillas; las trenzas que surcaban su cabeza dejaban ver como una pequeña epifanía sus ojos negros aindiados. Uno de esos días que la había encontrado en la tienda de Pedro, sonaba “ojos indios” de Alfredo Gutiérrez. Empecé a canturrear esa canción mientras la miraba de reojo; Pedro quien permanecía de espaldas sé que sonreía mientras limpiaba y guardaba varios refrescos en una nevera la cual exhalaba un aliento glacial. Ella estaba de espaldas escogiendo unas cebollas y cuando notó que la miraba casi que salió disparada, Pedro le alcanzó a gritar: “joven espere los vueltos”. El hombre repitió en el viejo equipo de sonido ojos indios y me destapó una cerveza la cual apuré de varios sorbos mirando furtivamente hacia mi casa. Era impensable que a esa edad pudiese tomar licor, más cuando en mi casa Baco y Dionisio habían sido desterrados para siempre por el matriarcado, ya que una de ellas se había separado del esposo por borracho. Esa fue la primera cerveza que me tomé en mi vida y me supo a ajenjo repugnante.

(Texto relacionado: Coloquio en la taberna)

−Es que su hermano Gabriel me dijo que usted dibujaba y estoy buscando a alguien que me dibuje el Quijote, ya que es una tarea que tengo para mañana.  -Me dijo- Yo sonreí porque siempre fui muy torpe para el dibujo, tal vez mi hermano le había contado esa infidencia porque en esos días me había visto con el ejemplar de Miguel de Cervantes debajo del brazo andando para todos lados. Era una edición pirata que mi profesor de español y literatura de buena gana me había facilitado. Me di a la tarea de leerlo porque todo el mundo citaba y menciona a ese libro sin al menos haberlo tocado; las primeras páginas me supieron a la primera cerveza de la tienda de Pedro. Luego lo abandoné, no encontraba placer, deleite en sus páginas. En esos días Santuario de Fitzgerald había ganado todo mi interés. Diluviaba en la calle y una intempestiva ventisca roció el mueble donde estaba sentada. ¡Por favor pasemos a la sala que aquí nos vamos a mojar! – le dije – al fondo de la sala había encendida la perpetua lucecita sobre un altarcito organizado por mi madre donde aparecían imágenes de varios santos, entre ellos la de un hombre con alas ataviado como general de un poderoso ejército quien blandía una espada y pisoteaba la cabeza de un dragón o demonio con cara de sufrimiento. La lluvia crepitaba sobre los cristales, me acordé de oda a la lluvia de Neruda y comencé a susurrar esos hermosos versos, ella me miraba desconcertada y me preguntó de quién era esa hermosa poesía, ¿qué si eran de mi autoría? me quedé en silencio mirando hacia la calle las enormes palmeras de la avenida que eran vencidas por la tormenta, me di vuelta y miré fijamente sus oscuras pupilas, le recité “me gustas cuando callas”. La campanada del reloj cucú está vez no se escuchó porque fue silenciada por un fuerte trueno que había estallado cerca. A los lejos se seguían escuchando los rayos de Zeus de manera intermitente.

Sobre una mesa donde una de mis hermanas delineaba costuras abrí la cartulina y comencé a plasmar los primeros bocetos de lo que más tarde se llamaría el caballo del Quijote, desde la distancia me miraba en silencio bajo la tenue luz y se acercó cuando daba los últimos trazos al dibujo, que terminó con su nariz y perfil parecido a un caballo de felpa de esos que guardan en los desvanes de las guarderías. Después de un largo tiempo en medio de la tempestad por fin había terminado mi obra maestra con trazos, pinceladas parecidas a una obra cubista. Ella me miraba entre sorprendida e incrédula por la imagen que había plasmado sobre esa cartulina. La lluvia había hecho una tregua, pero seguía cayendo de manera leve. Por los efectos del diluvio, el fluido eléctrico se había ido. Me aventuré a acompañarla a su casa, nos separaban unas diez cuadras, caminábamos en silencio en medio de la oscuridad casi que chapaleando por sus calles inundadas. Su mano de vez en cuando rozaba la mía. Cuando ya nos acercábamos a nuestro destino se paró abruptamente en medio de la oscuridad y me susurró: “quiero darte las gracias” y sujetándome hacía su cuerpo me rodeo con sus manos el cuello y me estampó un profundo beso, yo cerré los ojos y di las gracias a mi hermano Gabriel por haberme elevado a la categoría de pintor. Y al alcahuete de Pedro por haber repetido una y otra vez desde su vieja radiola “ojos indios”. Estos dos últimos habían hecho el milagro. En adelante serían santos de mi devoción y se llamaran San Gabriel y San Pedro. Ahí nos estuvimos acurrucados por largo rato iluminados desde el firmamento por los rayos de Zeus. En la distancia, en las tinieblas un perro ladraba.

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*Ubaldo Díaz. Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB 2018- 2019. Especialista en intervención comunitaria.

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