Anfiteatro (consolación de la pornografía)

Sandro Romero Rey

Alfaguara

473 páginas

Sandro Romero Rey es una de las mentes artísticas vivas más deliciosas que tenemos en Colombia. Teatrero, guionista, productor audiovisual y escritor. Tiene cuentos, ensayos, crónicas y novelas. “Anfiteatro (consolación de la pornografía)”, el libro que hoy dejamos en la Biblioteca Diaria de La Línea del Medio, es la más reciente.

Estuve en la presentación del libro en la librería La Tornamesa de Bogotá. Se trató de una conversación muy interesante entre Romero y el también escritor Guido Tamayo. Hablaron de la vida, de la literatura y, por supuesto, de “Anfiteatro”. Para hacer esta reseña me pareció que lo mejor era contar un poco lo que se habló ahí. Aquí va.

Se dijo que esta obra era un remanso en medio de esa escritura de tono tan solemne, grave y hasta doloroso que se ha convertido la literatura colombiana, que aquí había un cambio de registro que le apostaba al humor; es, de hecho, una novela que podría ser, sino un homenaje, una referencia y un reconocimiento, a la influencia que sobre Romero ha tenido Guillermo Cabrera Infante, especialmente con esa suerte de memoria lúdico-erótico-ficticia que es “La Habana para un infante difunto”.

Contó Romero Rey que “Anfiteatro (consolación de la pornografía)” es la historia de un escritor que está condenado a escribir novelas pornográficas; es el testimonio de un gran perdedor, de un derrotado, porque al que busca que sea su público no le interesan ni las novelas pornográficas ni, mucho menos, los libros. Pero también, dijo, es una saga de aventuras: aventuras por todas las disciplinas por las que transitó el héroe protagonista: la literatura, la música, el cine y el teatro. Esta novela es, en ese sentido, un campo minado de referencias cultas que, si se quiere, emplazan al lector como una pirámide reta a un arqueólogo: hay que leerlas con cierta lupa, encontrar la llave para penetrar en ellas, mirar cada arista como una grieta para penetrar en sus entrañas.

En esa conversación de escritores también nos contaron que “Anfiteatro (consolación de la pornografía)” podría ser una historia no oficial de una generación: la que creció en la Cali de los años sesenta; de ahí esa primera parte del título: ‘Anfiteatro’. Resulta que ‘Anfiteatro’ es la manera como se conoce el tercer nivel de palcos del Teatro Municipal Enrique Buenaventura, de Cali, donde Romero pasó muchos momentos de su vida, como espectador y luego como director de teatro; la palabra, pues, es una evocación del pasado, pero también de sus compañeros de formación y trabajo, entre ellos Carlos Mayolo, Luis Ospina y el mismo Andrés Caicedo; por otro lado, el anfiteatro es el sitio en que se disponen los cadáveres antes de su sepultura final. He ahí otra clave de este libro: es una reflexión sobre la muerte.

Al final de la charla, un espectador, un muchacho, le preguntó a Sandro Romero Rey por qué alguien como él debería leer su novela. Lo que le respondió en maestro fue muy bello. Le dijo que, como todos los libros de cualquier librería, el suyo era una criatura en busca de lector, de ese complemento que le permitiera ser, por fin, un ente completo. Que era un libro divertido y que, si no lo leía, iba a perder el curso de teatro que, casualmente, él le estaba dictando en ese momento. No recuerdo exactamente las palabras de la respuesta de Romero, pero mientras él hablaba yo me imaginaba que todos los escritores son, a su modo, arañas, bichos solitarios tejiendo una telaraña exquisita, un artilugio delicado cuya finalidad es atrapar su alimento. La araña necesita a su presa para poder seguir existiendo; a su vez, la presa – es decir, el lector- nunca volverá a ser el mismo después de ese encuentro. 

*Mauricio Arroyave, periodista, lector caprichoso y frustrado librero, @mauroarroyave  

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