Arrojo y determinación en el amor

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El testimonio de amar a toda costa por una mujer que nunca enviudó pese a contar cuatro fallecimientos entre quienes fueron sus parejas.

Otra perspectiva en el relato de Juan Alfredo Pinto Saavedra, en el “mes comercial del amor y la amistad”   

Dialogaba con María Concepción sobre estos duetos del lenguaje que están más allá de los dualismos triviales tan propios de la literatura comercial y de los seriados televisivos. Es agradable conversar con Concha, una señora de vida intensa, tanto en plenitud como en sufrimiento, llena de sabiduría no libresca, que se ocupa de la limpieza de nuestro modesto refugio en el Puerto de Mazarrón de la Costa Cálida.   

Alfredo dijo que todas esas historias de amor y odio, riqueza y pobreza, éxito y fracaso, amores de amos y cenicientas, son fantasías de comadres o de oficinistas en atardeceres de viernes. No nacen de la vida sino del temor a vivirla, porque, si quieres vivirla, debes poseer la determinación plena para hacerte con la alegría sin par del amor y con el dolor que dejan la pérdida, la partida, la emancipación o el abandono.

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Concha tiene 54 años de edad, la segunda de tres hermanas. Ha completado treinta y ocho de trabajo, cuatro ex maridos fallecidos, una hija, múltiples actividades profesionales. Nunca ha sido viuda; cree que nadie las tiene todas consigo, pero considera la condición maternal y los ciclos de construcción familiar como sus estímulos e inspiración. A su vez, sostiene, la compasión nos deja conocer la solidaridad. Esos dos factores, familia y solidaridad, llevan a vivir con determinación, a encontrar en esa colcha de retazos que es el destino cuadrículas de plenitud y color, según sus palabras.

María Concepción González Yepes cursó la escuela primaria en La Milagrosa, el plantel regentado por las monjas de la caridad en Totana, la reputada ciudad de la cerámica donde su padre Rodolfo, nacido en Alhama de Murcia, profesor de francés, formó la empresa corredora de seguros de alto reconocimiento local. Su madre, Ana María, de ancestros portugueses, nació en Mazarrón y entregó su vida a la crianza de las tres mujeres. De su tío Matías, escritor, vino su afición por la literatura. Desde niña fue muy fuerte. Aunque sufrió un grave accidente vehicular a los quince años, con severos traumas articulares y musculares, su organismo respondió. Culminó su bachillerato en el prestigioso colegio privado Juan de la Cierva y Codorniú. Continuó su preparación como tecnóloga en seguros en el Instituto de Formación Profesional mientras se desempeñaba desde los diecisiete años como asistente general de la empresa familiar y, luego, ya graduada, como responsable del área comercial por espacio de una década. 

Alta, fornida, de gran porte, aún conserva rasgos de su belleza juvenil. Afirma siempre que no fue su apreciada figura lo que la llevó a los predios del amor, sino su vocación de amar siempre con todas las letras, dando lo mejor de sí, amando a los que necesitan y prodigan amor. Casó por primera vez a los veintiuno con Lázaro de Borda, con quien tuvo a su hija Mariana.  Su esposo pertenecía a una familia franquista de San Javier y presentó esa tendencia al repliegue en sí mismo tan propia de los esquizoides. Vividor, vago e irresponsable, Concha le toleró, ayudó y sostuvo durante siete años, hasta que una serie de incidentes culminó con la destrucción de la casa y la agresión, todo lo cual trajo consigo el divorcio. Lázaro terminó enajenado en un siquiátrico donde murió algunos años después, a sus 42, como consecuencia de un infarto de pared a pared.

La vida de oficina y su entorno confortable agotaron a Concha. Quería beber mundo, confrontar su capacidad física. Había amado y sufrido al tope. Conoció a un transportista de tractomula a quien le vendió seguros de carga. De origen portugués, nacido en Braga, Martán Mirande la persuadió para tomar el curso de conductora de tráiler y trabajar con él recorriendo el eje norte – sur del continente europeo. Nuevamente y, como siempre, ella lo dio todo. La felicidad duró cuatro años hasta cuando Martán entró en la droga hasta la adicción. La degeneración fue muy veloz; apareció un día con la noticia de que iba a tener un hijo con una brasilera vinculada al tráfico para hacerse rico en muy corto tiempo. Concha suspendió su relación y solicitó el divorcio. Poco tiempo después, el chofer cayó con más de un kilo de cocaína en Napoles. Desde la prisión, envió una carta donde advertía que, si en un mes no era liberado, se suicidaría. Así ocurrió. Desde el momento de su separación, Concha manejó su agencia de carga, pero la cartera se tornó irrecuperable y liquidó el negocio.

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Una década en los seguros y un lustro en el transporte de carga fueron experiencias meritorias y fuente de ingresos para asegurar la educación de su hija Mariana quien se preparó en administración y mercadeo hasta vincularse con una cadena de artículos deportivos. La hija es todo para Concha quien suspira por ella, aunque respeta su vida en pareja guardando distancia e independencia. Encontró un trabajo local administrando un negocio de hostelería donde se encargó del manejo de la pizzería a sus treinta y siete años de edad. Obtuvo buenos resultados y recaló en una rada amorosa, esta vez movida por la compasión. Le pregunté entonces:

No será que confundes la compasión con la piedad peligrosa, esa de la cual nos hablara tan profundamente Stefan Zweig. Y ella me contestó. La compasión es lo opuesto a la indolencia, es una virtud. La piedad peligrosa nace de mentirse a sí misma, encubriendo con un paño de consuelo lo que es una existencia sin conciencia del sufrimiento ajeno. En mi experiencia, encuentro a otro que es capaz de dar amor y vive un deseo que a la vez es carencia. Yo me doy entera, plena de arrojo, muy firmemente persuadida y, cuando lo reformo en algún grado, para su bien, al menos eso creo, se va o se descarrila del todo.

Esta vez fue un español de Aragón. Trabajaba en obra pública como topógrafo. Gracioso, muy amoroso, intenso e inesperado. Fuimos felices tres años y medio afirma Concha y asume el relato por su cuenta: tan inesperado que aún no hallo razón para explicar cómo un día llegué a la casa y se había marchado con ropa, algunos muebles y objetos personales. A los tres meses llamó para declarar que no tenía explicación alguna para su proceder. No había otra mujer, mucho menos fatiga. En fin, pedía perdón y planeaba un retorno. Le manifesté que había sufrido lo indecible; las autoridades lo habían declarado desaparecido a las seis semanas de búsqueda y yo había solicitado el divorcio por abandono de facto. Manifestó que en todo caso regresaría para trabajar en la construcción de un embalse en un pueblo cercano y yo le envié el certificado de divorcio. A los quince días de estar trabajando en la construcción de la presa, rodó por un barranco y falleció inmediatamente. 

Había padecido este abandono hasta casi destruirme. Nunca pensé volver a enamorarme, aunque sé perfectamente que contra el amor no vacunan, dijo Concha. Y me contó su última experiencia. Fue con un fontanero de Lorca, el más reconocido en la región. Verdaderamente apuesto, sentenció. Mansa paloma en el idilio y machista enfermizo en la vida conyugal. Bebedor consuetudinario, un día llegó borracho, trató de golpearme y yo le respondí. No le fue bien. Lo saqué de la casa y una semana después se configuró el divorcio por mutuo acuerdo. No obstante, apareció a los pocos días embriagado y nos amenazó a mi hija y a mí. Lo denuncié y fue detenido durante catorce días.  Sufría problemas vasculares. Seis meses después una embolia cerebral le causó la muerte.

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Con la hija organizada y disfrutando su independencia económica, Concha ha encontrado a los 54 años otro escenario para su determinación en el amor. Es auxiliar socio – sanitaria. Asiste adultos mayores como contratista del ayuntamiento y acompaña en forma privada a algunas personas de edad. Dice tener el ímpetu amoroso de pareja guardado a buen recaudo al menos por ahora y explica con propiedad su alta motivación en relación con el momento actual de su vida.

Concha dedica su gran capacidad afectiva y sanadora a los que quieren ser escuchados y no simplemente abastecidos. Están necesitados de amor y lo brindan sin contraprestación. Son los viejos que saben tanto y no pueden siquiera decirlo porque la febrilidad de la sociedad del rendimiento y la juventud informada los declararon inservibles. En la posmodernidad, está casi prohibido formular cualquier crítica a los jóvenes, no siendo pocos los que habitan sociedades del bienestar llenos de ignorancia vital y esclavos de los instrumentos. Una juventud eugenésica, depredadora, coleccionista de pasatiempos y juguetes modernos, obsolescentes, que hace del amor objeto de consumo y de éste satisfacción instantánea.

El amor por los mayores también necesita determinación. Vamos a quedar en cierto tiempo con centros geriátricos a media ocupación. Sus carteleras tendrán copiosas listas de fallecidos y de familiares que dejaron de ir, practicaron el distanciamiento definitivo y colocaron a muchos viejos en la fila de los moribundos o de sobrevivientes que tienen la doble querencia: tal vez vivir o, mejor, tal vez morir.

*Juan Alfredo Pinto, escritor, economista, @juanalfredopin1

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