Aún nos queda todo por hacer y mucho por lograr, pero es innegable que el año pasado fue uno en el que las voces de los pueblos se levantaron y marcaron un nuevo camino de ilusión.

Cuando revisamos y estudiamos con detenimiento la historia de Colombia, cuando la volteamos al revés para verle las costuras, encontramos que el actual paro nacional se queda corto en peticiones y que es poco lo que se exige comparado con el precio que la sociedad colombiana ha tenido que pagar por tanta ignominia.

En una historia tan plagada de atropellos, abusos y desmanes por parte, no solo de las clases dirigentes al tratar a la ciudadanía como pasajeros de segunda clase, sino también por parte de las clases empresariales y corporativas, quienes se han tomado el derecho de sobreexplotar a la población generadora de mano de obra, perfectamente podríamos darnos por bien servidos por no matarnos unos a otros en una guerra civil al peor estilo de las sangrientas guerras de los países africanos.

Pero ese no es el caso de Colombia. La sociedad colombiana ha sido por momentos demasiado permisiva e incluso indiferente frente a los embates de los poderes hegemónicos que la gobiernan y ha demostrado históricamente no tener una amplia tradición de protesta y actitud contestataria.

Por el contrario, la sociedad colombiana entró durante el siglo XX en una especie de letargo, un estado de anestesia frente a las innumerables tragedias que a diario nos golpean, cayendo así en el reprochable pozo de la costumbre. Una sociedad que se acostumbra a ser dominada y atropellada en su dignidad solo puede generar indefectiblemente una dirigencia que igualmente se acostumbre a pisotear a su propio pueblo. Tal vez sea ésta la peor tragedia que le haya ocurrido a este territorio de riquezas infinitas: acostumbrarse a la ignominia del verdugo y aceptarla como un destino manifiesto, como una forma de vida, como una misión inaplazable por cumplir.

La sociedad colombiana se acostumbró a vivir o sobrevivir en medio de la precariedad de la pobreza y la desigualdad, al punto de romantizar el hambre y la adversidad convirtiéndolos no solo en un mérito sino en un atributo o virtud. Nos acostumbramos a matar y a que nos maten por unas cuantas monedas, a intentar sobrevivir ante la infamia y los horrores de la guerra y a padecer la descarnada y desleal competencia laboral en la que nos disputamos los unos contra los otros la promesa de llevar un bocado a la mesa.

Por eso, la necesidad de aplaudir la esperanzadora llegada de la protesta pacífica a un territorio en el que sus gentes resignadas habían convivido por décadas con la sumisión. Por eso, puede llegar a ser tan inspirador el retumbar de las cacerolas invadiendo ese silencio cómplice y atronador que nos acompañó por décadas, demostrando que por fin ha llegado la ciudadanía a ocupar su lugar en un mundo que le había sido ajeno y lejano desde siempre.

Estamos por fin, ante una juventud que ha perdido el miedo, convirtiéndose tal vez en la primera generación que opta por renunciar a la violencia como método infalible de resolución de conflictos y decide por sí misma exigir una democracia, unaa verdadera democracia, entendida ésta no sólo como la posibilidad de elegir un candidato en un tarjetón, sino vista como la posibilidad inalienable de acceder democrática y equitativamente a los derechos que la carta constitucional prevé para todos, sin tener que acudir cada tanto a la necesidad de exigirlos a las calles.

Muchos analistas adeptos y defensores del establecimiento han sugerido con un gesto muy parecido al cinismo que las marchas de las últimas semanas de alguna manera son injustificadas: legítimas dentro del Estado de Derecho, pero injustificadas.

Puede incluso que la lista de peticiones del comité del paro sea algo extensa y hasta pueda llevar una carga utópica en sí misma, pero más injustificado y, además, imperdonable sería seguir guardando silencio frente a la burla y mezquindad con que el gobierno trata a su propio pueblo.

No obstante, estas marchas no son suficientes. Por el contrario, deberían ser tan sólo el primer paso para adoptar un verdadero cambio en la manera cómo interpretamos y entendemos a nuestra propia sociedad y la forma de relacionarnos con nuestro entorno en términos sociales, políticos y ambientales.

Es imperativo entender que la ciudadanía siempre tendrá que estar por encima de sus clases dirigentes y es éste el momento clave en la historia en que podemos y debemos revertir esa perversa ecuación en la que son los dueños de la riqueza y los grandes capitales, económicos y políticos quienes dominan los destinos del país a su antojo y beneficio.

Aún nos queda todo por hacer y mucho por lograr, pero es innegable que el año pasado, a pesar de tener un balance sombrío por el despertar de los fantasmas más infaustos de la guerra, el resurgir de las políticas criminales de las desapariciones forzadas y la desconexión de un gobierno que aún no logra entender la realidad de las calles, fue uno en el que las voces de los pueblos se levantaron y marcaron un nuevo camino de ilusión, cuyo primer paso es justamente una ciudadanía que,mediante su legítimo derecho al disenso, sea capaz de detener las injusticias y arbitrariedades de un Estado ausente.

Es precisamente este balance negativo que deja este año que termina que podría derivar en esa esperada oportunidad de empoderamiento ciudadano que por tanto tiempo ha estado ausente en nuestra agenda social. Una oportunidad en la que el ciudadano de a pie exija con vehemencia pero de manera pacífica sus derechos y se convenza de que la miseria y el hambre no necesariamente deberán ser su destino. Una sociedad que pueda encontrar los hasta hoy improbables caminos de la equidad y la justicia social y le dé un espacio a las minorías excluidas por décadas.

Así que una vez más, bienvenida la protesta pacífica; bienvenido el retumbar de los cacerolazos, sin importar a quién puedan incomodar; bienvenida la esperanza de construir un país mejor.

*David Mauricio Pérez, columnista de medios digitales y cronista. Asiduo lector de libros de historia, Twitter: @MauroPerez82 Facebook: David Mauricio Pérez

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